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Jueves 21 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Del peligro de mezclar política y apreciaciones sexuales

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El feminismo es un movimiento consolidado, plural, casi universal, en la medida en que las mujeres del mundo rechazan las desigualdades, injusticias y discriminaciones que las mantienen como subalternas responsables de las vidas de los demás, sin tener completamente las riendas de su propia existencia. Lo anterior, por fortuna, no es la situación de todas las mujeres en todas las naciones y culturas.

Sin embargo, y con todo y hoja de vida limpia de sangre ajena y reacciones violentas, el feminismo espanta y muchas mujeres prefieren evitar el calificativo de feministas. La candidata Paloma declara respetar y defender derechos de las mujeres —no “los” derechos, que serían todos, incluyendo el de decidir si ser madre o no— y manifiesta no poder ser feminista porque “el feminismo es de izquierda”. ¿Será? Ahí sí el machismo le lleva una ventaja: esta forma de ser es tanto de izquierda como de derecha, de centro, de arriba y de abajo. Basta ser hombre cómodamente instalado sobre sus privilegios atávicos, sordo a cuestionamientos perturbadores. Una excepción es nuestro presidente, quien trata de que no lo veamos así y se ufana de ser un “feminista moderado”.

Mientras tanto, en varias partes del mundo, se observa y analiza con inquietud la emergencia del llamado “masculinismo”, saturado de sexismo y agresividad por parte de hombres que dicen sentirse amenazados por las mujeres “liberadas”. Ellos consideran que sus roles de jefe y dueño estarían en peligro si los tuvieran que compartir con el otro 50 % de la población. Esta angustia machista reafirma la justificación de discriminaciones hacia las mujeres y desencadena actos de agresión y violencias sexuales de gran crueldad contra ellas, con incitación a difundirlos en redes. Preocupa porque no son siempre prácticas individuales aisladas, sino que corresponden a una adhesión ideológica colectiva que legitima violencias y violaciones.

Así las cosas, inquietan ciertas respuestas y afirmaciones de algún candidato y del presidente; ambos faltándoles al respeto a las mujeres con comentarios abusivos y lo que un periodista independiente califica como “exhibicionismo verbal”, con “precariedad intelectual y moral”. Polos políticos opuestos se encuentran en la vulgaridad machista: uno, “macho alfa” de una manada de tigres, se alinea con afirmaciones desenfocadas del ocupante de la Casa de Nariño, en el sentido de que el liderazgo está entre las piernas y que las mujeres votan por los recuerdos que el líder deja en la cama o por el tamaño de su pene. Este supuesto de que las mujeres votarían por el candidato “mejor dotado” insulta a todas. Es una ofensa a su inteligencia y capacidad de participación y desempeño político, por parte de hombres que equiparan su valor electoral al tamaño de su pene y se quedaron en la adolescencia apagando la fogata con su meada.

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