Seguramente, el presidente Donald Trump aspiraba a llegar fortalecido a su histórica reunión con Xi Jinping en Pekín, después de haber asestado dos golpes geopolíticos a China: el control de Venezuela e Irán.
Y aunque nuestro vecino, poseedor de la mayor reserva petrolera del planeta, funciona desde enero como un protectorado subordinado a Washington, el trasfondo geopolítico de la cumbre mostró a un Estados Unidos enfangado en la guerra que desató en Irán, arrastrado por el régimen genocida de Benjamín Netanyahu.
China, por su parte, ya no es la potencia de los años noventa y comienzos de los 2000 que se limitaba a ser “el taller del mundo”. Hoy le plantea a Estados Unidos una nueva relación estratégica en condición de potencia global, sustentada en sus avances económicos, políticos, científico-tecnológicos y militares. De allí que impulse una red comercial al margen del dólar, apoyada en foros como los BRICS y en la Nueva Ruta de la Seda, convertida desde 2013 en la punta de lanza de su política exterior.

Por eso, Pekín manejó la puesta en escena, los tiempos y el relato de esta cumbre, celebrada en el emblemático complejo de Zhongnanhai, corazón del poder político chino. Lo dejó claro desde el primer momento, cuando Xi lanzó a Trump una advertencia inédita para un presidente estadounidense: “La cuestión de Taiwán es el tema más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos (...) Si se maneja mal, las dos naciones podrían chocar o incluso entrar en conflicto, empujando la relación bilateral a una situación muy peligrosa”.
El balance de la cumbre muestra que Trump no consiguió que China ayudara a reabrir el estrecho de Ormuz y debió conformarse con la promesa de compra de 200 aviones de Boeing y con un aumento en las importaciones de soja estadounidense para no regresar con las manos vacías.
Mientras tanto, China parece haber logrado mantener bajo control el tema de la independencia de Taiwán —estratégica para su proyección de poder en el Pacífico— y el congelamiento, por parte de Trump, de un paquete de armas para la isla valorado en unos 14.000 millones de dólares.
Los preacuerdos alcanzados en Pekín en materia de cooperación, diálogo político, comercio e inversiones —de los que aún no se conocen mayores detalles—, sumados a la continuidad de la disputa arancelaria y a las restricciones chinas sobre minerales críticos para Estados Unidos, evidencian un intento de gestionar la rivalidad estratégica entre ambas potencias dentro de un escenario de fuerte interdependencia económica.
Así las cosas, Xi sigue ganando tiempo y estabilidad para alcanzar su gran objetivo histórico: el “Sueño Chino”. Y todo indica que podría lograrlo antes de 2049.










