Para transformar la parálisis que congela el dialogo sobre el Páramo de Santurbán, es necesario sanar la amnesia colectiva que hoy divide el pensamiento. La discusión suele estructurarse bajo una premisa equivocada: la idea de que la defensa del ecosistema exige una ruptura radical entre la identidad urbana y la vocación de la alta montaña y sus habitantes milenarios. Como se planteó en la primera entrega de esta serie, el diseño de políticas públicas desde la distancia del asfalto reduce el territorio a una cartografía sin piel, sin rostro humano.
Desde una perspectiva simplificada, la provincia de Soto Norte es vista como una realidad ajena, una cultura distante cuyas dinámicas socioeconómicas amenazan la estabilidad hídrica de la ciudad. Sin embargo, una mirada profunda a la biografía territorial revela que esta aparente contradicción es una paradoja histórica: el desarrollo de la ciudad fue posible, originalmente, gracias a los excedentes de la montaña.
La red del oro colonial en Santander se tejió con hilos de interdependencia territorial que conectaba espacios. Tras el descubrimiento de los yacimientos en el siglo XVI, la Corona Española comprendió que la explotación de la alta montaña requería plataformas logísticas y demográficas estratégicas. Mientras que en 1551 el hallazgo de las vetas profundas dio origen al asentamiento de Vetas —una de las poblaciones más antiguas del país—, la necesidad de administrar el metal extraído y controlar el oro de aluvión de las cuencas bajas impulsó la fundación de San Juan de Girón en 1631. Girón se consolidó como la villa señorial, el centro político y residencial de los dueños del capital y de las grandes cuadrillas de mineros. El oro fue el motor que estructuró el ordenamiento del territorio.
La fundación de Bucaramanga cobra sentido en este engranaje minero colonial: el 22 de diciembre de 1622, bajo la supervisión del oidor Melchor de Carvajal, se estableció la congregación de un “pueblo de indios” adscrito a Real de Minas. La meseta, elegida por su proximidad al Río de Oro y a la cuenca del Suratá, reunió población nativa para trabajar en los lavaderos auríferos y cultivar los alimentos que sostenían la labor en los socavones de la alta montaña. Durante más de un siglo, ciudad y cumbre compartieron un mismo cordón umbilical. Hacia finales del siglo XVIII, al agotarse las minas de aluvión, Bucaramanga transitó hacia el comercio, el tabaco y el café, transformándose en 1778 en Parroquia de Blancos y Mestizos. Sin embargo, el vínculo con la montaña nunca se disolvió: en el siglo XIX, el oro de Vetas y California financió las primeras casas comerciales, impulsó las exportaciones y sostuvo la infraestructura de la urbe en crecimiento. Hasta el XIX: Oro para el desarrollo, sí.












