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Miércoles 03 de junio de 2026 - 01:00 AM

Cuando la fiesta termina en tragedia

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La muerte de Alexander Avendaño, el joven de 22 años que falleció en el embalse de Guatapé, ha causado dolor e indignación. Más allá de los hechos que las autoridades deberán esclarecer, esta tragedia nos invita a reflexionar sobre tres aspectos fundamentales: la amistad, la cultura de la fiesta entre los jóvenes y la responsabilidad de los adultos frente a actividades que implican riesgos evidentes.

Las redes sociales se han encargado de mostrarnos los paseos, reuniones en fincas y fiestas en cuerpos de agua como escenarios de diversión sin límites. Sin embargo, pocas veces se habla de la responsabilidad que debe acompañar estos encuentros. Es cierto: la juventud es una etapa de exploración y búsqueda de experiencias, pero también de una menor percepción del riesgo.

Por eso resulta inevitable preguntarnos cuál es el verdadero rol de los amigos. La amistad no consiste únicamente en compartir momentos agradables; también implica cuidar, advertir e intervenir cuando alguien está tomando decisiones que pueden poner en peligro su vida. Decir “no”, insistir en una medida de seguridad o evitar una conducta riesgosa puede ser una de las mayores demostraciones de afecto.

No obstante, sería injusto trasladar todo el compromiso a los jóvenes. Como sociedad hemos normalizado actividades con riesgos significativos sin garantizar medidas mínimas de prevención. Los peligros siempre estarán presentes donde haya agua, fuego, alturas o vehículos en movimiento; ninguna fiesta los elimina, simplemente los hace más fáciles de olvidar.

La ausencia de adultos responsables o de personal capacitado para responder a emergencias agrava aún más la situación. En accidentes relacionados con inmersión, caídas o quemaduras, los primeros minutos son decisivos. La diferencia entre la vida y la muerte puede depender de la presencia de alguien preparado para actuar.

No se trata de limitar la autonomía de los jóvenes ni de impedirles disfrutar. La libertad es necesaria para crecer, pero la libertad sin prevención puede convertirse en vulnerabilidad. Una sociedad madura entiende que la diversión y la seguridad no son enemigas.

La lección que nos deja esta tragedia es clara: la prevención no debe verse como una exageración. Detrás de cada accidente hay una cadena de decisiones, omisiones y advertencias ignoradas. Ojalá este doloroso episodio nos recuerde que el cuidado mutuo, la responsabilidad compartida y la presencia de adultos preparados siguen siendo herramientas indispensables para proteger la vida.

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