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Columnistas
Sábado 06 de junio de 2026 - 01:00 AM

Los mensajes claros del electorado colombiano

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Las elecciones del pasado 31 de mayo marcaron un hito en la dinámica social y política de Colombia. El 57,8 % de los ciudadanos que acudieron a las urnas enviaron un mensaje contundente al país y al mundo: el agotamiento frente a la polarización encarnada por el petrismo y el uribismo abrió paso a una tercera opción que fue capaz de sintonizarse con el anhelo mayoritario. Este resultado es, ante todo, un rechazo explícito a un modelo progresista cuyas promesas verbales contrastan con una deficiente ejecución presupuestal, transformando la emoción inicial en una profunda frustración colectiva.

La jornada también arrojó derrotas definitivas. Por un lado, el debilitamiento del uribismo evidencia que las bases tradicionales ya no siguen directrices dogmáticas. Por el otro, el retroceso del petrismo refleja el repudio a una visión polarizante y al evidente fracaso de la denominada Paz Total, la cual se ha traducido en el fortalecimiento de grupos armados ilegales. Asimismo, el desplome de las encuestadoras, especialmente una que, con sesgo constante, mostraba a Cepeda casi como ganador en primera vuelta. Y el rechazo generalizado hacia los partidos tradicionales confirma que el electorado reclama liderazgos nuevos, auténticos y libres de maquinarias obsoletas, sin convocatoria alguna.

El escrutinio realizado desmintió categóricamente las narrativas oficiales sobre un supuesto fraude electoral en el preconteo. Este discurso de desconfianza institucional, promovido irresponsablemente desde la jefatura del Estado, parece anticipar la reactivación de estrategias para un nuevo estallido social en caso de perder el poder, buscando perpetuar la división entre los colombianos para afianzar un mesianismo inane.

Geográficamente, el mapa electoral revela marcados contrastes. Mientras la periferia reflejó el dominio del Pacto Histórico, factores como la inseguridad, el auge de cultivos ilícitos y la presión armada del ELN y las disidencias sugieren que dicho voto fue más coaccionado que voluntario. En contraposición, la Región Andina votó coherentemente en defensa de la estabilidad institucional y la seguridad, apostando por un giro urgente frente al rumbo actual.

Y no es que no sean necesarios los cambios que el pueblo soberano reclama legítimamente; al contrario, pueden realizarse siguiendo los procedimientos establecidos en la Constitución, sin ceder ante el espectro de un populismo falaz; solo falta voluntad política y un liderazgo que actúe buscando consensos —con privilegio del interés social— que fortalezcan la institucionalidad y no impongan reglas de un sistema fracasado universalmente.

Si el mensaje inicial fue el de rechazar las pretensiones de los dos extremos, el próximo 21 de junio, en la segunda vuelta, deberá ocurrir su ratificación con una decidida y masiva votación que le dé mayor legitimidad al elegido para que pueda desarrollar las propuestas acogidas. Solo con unidad y voluntad inquebrantable se podrán lograr los mandatos ordenados por el elector.

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