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Miércoles 05 de agosto de 2026 - 01:00 AM

¿Desde cuándo un cuerpo necesita explicación?

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Hace unos días, Georgina Rodríguez publicó un mensaje que decía más sobre nuestra sociedad que sobre ella misma. Sintió la necesidad de aclarar que se siente orgullosa de su cuerpo y que Cristiano Ronaldo la apoya tal como es.

La pregunta no es por qué lo dijo. La pregunta es por qué creyó que debía decirlo.

Vivimos en una época que presume haber ampliado la conversación sobre la diversidad corporal. Hablamos de aceptación, de amor propio y de salud mental. Sin embargo, basta recorrer las redes sociales para descubrir que el ideal de belleza parece haberse estrechado otra vez. La extrema delgadez ha regresado, ahora envuelta en un lenguaje de disciplina, bienestar y éxito. Ya no se presenta como una imposición, sino como una aspiración.

Y cuando el estándar se vuelve tan estrecho, cualquier cuerpo que recuerde que una mujer también puede ser madre, cumplir años, atravesar cambios hormonales o simplemente vivir, empieza a parecer una excepción.

Lo inquietante es que esta conversación no pertenece únicamente a las celebridades. También ocurre en Colombia.

Una investigación publicada recientemente en la Revista Colombiana de Psiquiatría, realizada con mujeres que buscaban procedimientos estéticos, encontró cifras que deberían preocuparnos más que cualquier tendencia en redes sociales: el 98,1 % manifestó sentirse insatisfecha con su figura, el 98,9 % expresó el deseo de tener un abdomen plano y ocho de cada diez confesaron miedo a aumentar de peso. No son simples preferencias estéticas; son señales de una relación cada vez más conflictiva con el propio cuerpo.

Quizá por eso la historia de Georgina resuena tanto. Porque, en el fondo, muchas mujeres han sentido la necesidad de justificar su apariencia. Unas porque subieron de peso. Otras porque bajaron. Porque fueron madres. Porque envejecieron. Porque no encajan en la talla que alguien decidió convertir en referencia del éxito.

Lo más preocupante es que esta presión ya no proviene únicamente de la publicidad o de las pasarelas. Hoy llega disfrazada de consejos de salud, rutinas de bienestar y estilos de vida aparentemente inofensivos. Se instala en los algoritmos que consumen nuestras hijas, en las conversaciones entre amigas y en ese hábito silencioso de medir nuestro valor frente al espejo antes que frente a nuestras capacidades.

No se trata de romantizar el sobrepeso ni de negar la importancia de cuidar la salud. Se trata de recordar una verdad que parece haberse vuelto incómoda: la salud no siempre tiene la apariencia que dictan las tendencias, y la delgadez tampoco garantiza bienestar.

En un país como Colombia, donde la imagen femenina sigue ocupando un lugar desproporcionado en la conversación pública, quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta distinta. No si una mujer tiene el cuerpo “correcto”, sino por qué seguimos creyendo que cualquier mujer debe ofrecer explicaciones sobre él.

Porque el día en que un cuerpo deje de ser un argumento para defenderse, tal vez habremos dado un paso mucho más importante que aprender a aceptarlo: habremos aprendido, por fin, a respetarlo.

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