Las comisiones económicas del Congreso aprobaron esta semana el monto del Presupuesto General de la Nación para 2027, $634,9 billones. Con esa cifra en firme, empieza la pelea de siempre: cuánto le toca a cada región.
Hay que decirlo con claridad: el Gobierno heredó unas finanzas públicas maltrechas y apretarse el cinturón es una obligación, no un capricho; nadie con sentido común pediría gasto irresponsable en medio de esta estrechez.
Pero apretarse el cinturón no debería significar que Santander siga siendo tratado como una región menor. El departamento recibiría $2,75 billones para inversión, buena parte destinada a proyectos ya en ejecución. Eso lo ubica séptimo entre las regiones, pese a ser la cuarta economía del país.
Santander aporta el 6,4 % del PIB nacional, según el DANE, mientras la inversión regionalizada propuesta equivale apenas al 0,43 % del presupuesto nacional. El peso económico no se refleja en el peso presupuestal.
Hay otra realidad que tampoco puede ignorarse: Santander fue uno de los departamentos donde el presidente Abelardo De La Espriella obtuvo mayor respaldo. Ganó en 85 de los 87 municipios en primera vuelta y, en la segunda, obtuvo casi el doble de votos que Iván Cepeda.
El Presidente ha manifestado su gratitud con Santander; por eso debemos insistir en que no solo nos lleve en el corazón, también en el bolsillo.
No se trata de pedir favores regionales, sino de reclamar con respeto un trato proporcional a lo que somos y a nuestras necesidades. Durante años, muchos santandereanos hemos sentido que esa importancia económica no se ha correspondido con la inversión nacional.
Ahí están los proyectos que mueven la aguja. La vía Bucaramanga-Bogotá recibiría $111.843 millones, cifra corta para un corredor que reclama inversiones como los cerca de $400.000 millones para los carriles de adelantamiento; Bucaramanga-Pamplona sigue esperando una solución estructural, tras una fallida concesión que terminó liquidada con una ínfima ejecución; mientras tanto, proyectos estratégicos como la PTAR de Río Frío y el transporte masivo no aparecen ni en las curvas.
El problema no es solo cuánta plata llega, sino cómo llega. Financiar grandes proyectos únicamente con presupuesto ordinario, en medio del ajuste fiscal, es apostarle a la escasez; Bucaramanga-Bogotá, hoy en manos del Invías, demuestra las limitaciones de ese modelo.
Por eso, el aporte de la Nación no debería limitarse a una partida más, sino incluir la voluntad de estructurar concesiones que atraigan inversión privada para Bucaramanga-Bogotá, Bucaramanga-Pamplona y la navegabilidad del río Magdalena, entre otros.
Es sencillo: que el Gobierno estructure los proyectos y establezca las reglas; que los privados aporten lo que el presupuesto ya no puede poner. Así, aunque los recursos escaseen, Santander podrá empezar a pesar en la inversión como pesa en la economía.











