El viernes anterior, presuntamente al caer la noche, un cuerpo sin vida apareció en el barrio Cabecera del Llano de Bucaramanga, generando estupor entre los vecinos y muchas preguntas entre los ciudadanos que conocimos la noticia en redes y contactos. Algunas voces reconocidas informaron que un ocelote (más conocido como tigrillo) cayó desde un apartamento y terminó su vida al lado de un arbusto en el antejardín contiguo a su lugar de cautiverio.
La autopsia determinó múltiples fracturas, seguramente generadas por el impacto, pero un buen estado de alimentación y limpieza, impropio en este tipo de individuos de fauna silvestre. No hay muchos detalles, solo se informa que la investigación avanza y que existen videos que muestran un eventual salto mortal, sin razón aparente.
Inicialmente, un código de silencio parecía tejerse entre los vecinos. Nadie quería informar quién mantenía en su casa un individuo que requería condiciones específicas de alimentación, espacio y comportamiento que difícilmente pueden ser replicadas en cautiverio y que puede sufrir enfermedades, alteraciones físicas y conductuales que, con el paso del tiempo, disminuyen sus posibilidades de regresar a la vida silvestre.
Un poseedor de fauna silvestre puede estar cometiendo un delito. El Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana establece que la tenencia de animales silvestres como mascotas constituye un comportamiento contrario a la protección de la fauna y puede derivar en multas y decomiso inmediato. A su vez, el Título XI del Código Penal, que trata los delitos contra los recursos naturales y el medio ambiente, establece que pueden ser investigados y sancionados con prisión quienes los capturen y mantengan en cautiverio.
El ocelote es una especie de felino de mediano tamaño, con gran sentido auditivo y ojos grandes y expresivos, uñas afiladas y completamente retráctiles. Su comportamiento es nocturno y crepuscular. Son depredadores oportunistas y solitarios. Pasan la mayor parte del día durmiendo, escondidos en las ramas de los árboles para emboscar a sus presas. Aunque no podemos decir que es una especie en vías de extinción, investigaciones recientes indican que su población es decreciente, especialmente por la destrucción de su hábitat que amenaza su supervivencia. Algo le ocurrió a este ocelote que lo hizo saltar y me pregunto si iba tras alguna presa.
Independiente de cualquier consideración legal o ecológica, convivir con un animal salvaje implica asumir el riesgo de su comportamiento, generar un peligro potencial para los vecinos, especialmente bebés y mascotas, y afectar la supervivencia del mismo individuo. Lo sucedido no puede considerarse un accidente y no lo debemos normalizar ni evadir las responsabilidades. No podemos confundir una mascota con una criatura silvestre, pues mientras unos son apoyo y compañía, otros implican riesgo y cautiverio.











