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Columnistas
Martes 09 de junio de 2026 - 01:00 AM

En política, cuando el otro se convierte en enemigo

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La política basada en la deliberación racional de argumentos y evidencias ha sido sustituida progresivamente por una confrontación electoralista reducida a falsos dilemas y espectáculos mediáticos de identidades ideológicas que alimentan tribus en busca de pertenencia. En ese proceso hemos dejado de lado objetivos de la vida democrática, como convivir en sociedad, resolver pacíficamente los conflictos y administrar de responsablemente los recursos compartidos.

Desde distintos espacios de opinión he llamado la atención sobre la degradación del debate público en las últimas contiendas electorales. La ausencia de discusiones sobre propuestas y soluciones ha dado paso al miedo, la difamación y el ataque personal como principales herramientas de confrontación política.

Sin embargo, quienes creen que la polarización terminará una vez concluya la segunda vuelta están equivocados. Las elecciones presidenciales son apenas la punta del iceberg de un fenómeno más profundo: la creciente incapacidad de reconocer al otro y respetar la diferencia. Se trata de una crisis que trasciende fronteras y dificulta la construcción de ciudadanía a través del diálogo, tal como lo planteaba el filósofo Jürgen Habermas al sostener que la legitimidad democrática surge de la conversación entre ciudadanos libres e iguales.

Para quienes creemos en las democracias liberales, con sus virtudes y limitaciones, tras años de procesos de innovación social que han generado importantes avances, resulta preocupante observar cómo resurgen discursos de exclusión y rechazo hacia quienes son diferentes. Volver a tiempos que normalizaban la estigmatización por preferencia sexual, color de piel, capacidad económica o ideologías, trasciende cualquier modelo de poder, política económica o preferencia partidista; es la pérdida del humanismo.

Según Edelman Trust Barometer, una amplia mayoría de colombianos desconfía de quienes piensan o viven de manera distinta. Se confía únicamente en quienes comparten los mismos valores, creencias o fuentes de información similares. Esta dinámica, atizada por las redes sociales que confirman creencias y reducen la exposición a perspectivas distintas, dificulta el diálogo entre diferentes. Como explica el profesor Cass Sunstein a través de la teoría de la polarización grupal, cuando nos encerramos en comunidades que funcionan como monólogos grupales, nuestras posiciones tienden a radicalizarse. Cuando personas con ideas afines deliberan exclusivamente entre sí, sus posiciones tienden a volverse más extremas.

El problema no es solamente político. Es una cuestión cultural y humana. Cuando desaparecen la escucha, la amabilidad, la ternura, el respeto y la disposición a comprender al diferente, la polarización deja de habitar exclusivamente en las urnas y comienza a permear las familias, las amistades y la vida cotidiana. Las democracias no se debilitan únicamente cuando fallan sus instituciones; también lo hacen cuando dejamos de ver en quien piensa distinto a un contertulio legítimo y empezamos a verlo como un enemigo.

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