En las pasadas elecciones presidenciales surgió una polémica sobre salud mental que hoy conviene retomar. Durante un debate televisado, la candidata Íngrid Betancourt se refirió a la depresión del entonces candidato Gustavo Petro. Las críticas fueron vehementes contra ella. Sin embargo, más allá del tono, Íngrid expuso una situación que no debió estigmatizarse; fueron quienes lo vieron como algo que debía ocultarse los que reforzaron el tabú en el debate público.
A cuatro años de ese debate, y a puertas de una segunda vuelta presidencial, sorprende que la psicología siga siendo un territorio inaccesible para la política, cuando debería ser un requisito para quienes aspiran a gobernar. Las constantes controversias del presidente Petro en su cuenta de X, como la reciente sobre un supuesto fraude electoral en primera vuelta vuelve a confirmarlo.
La propia Íngrid ha sido blanco de críticas; sus pronunciamientos suelen desatar un hostigamiento mediático que amplifica sus declaraciones, ignorándose que pocos líderes en el país han vivido tan de cerca las heridas del conflicto, lo que le otorga una sensibilidad única para aportar a la construcción de paz. Así como afirmó ante la Comisión de la Verdad en 2020, el secuestro no termina con la liberación: “En el secuestro hay un descuartizamiento de la dignidad, una anulación del ser humano. El peso que deja se vive en la confrontación de lo cotidiano, al relacionarse con los seres queridos, con la realidad y el mundo...”.

Agradezco a Ingrid que haya puesto este debate sobre la mesa, también su transparencia y honestidad. Su postura nos invita a entender que la paz no es solo un acuerdo de papel, sino un proceso que requiere madurez emocional para sostener debates complejos. Esta conexión entre lo público y lo íntimo es la que explora el filósofo Sam Keen en el libro “Encuentro con la sombra”, donde en su artículo “El creador de enemigos” plantea una reflexión necesaria para pensar nuestra realidad al reconocer que:
“La guerra es un problema complejo que no puede afrontarse desde un solo punto de vista... Cualquier reflexión fructífera deberá, pues, tener en consideración al psiquismo individual y a las instituciones sociales... Esto supone la doble tarea de emprender un viaje heroico hacia el yo y ensayar un nuevo estilo más compasivo de hacer política. No será posible reducir la belicosidad mientras no tengamos en cuenta todos los factores que sostienen un sistema basado en la violencia” (293).
Al final, la salud mental de quienes nos lideran no es un chisme de campaña ni un arma de ataque; es el requisito indispensable para que la paz deje de ser un cálculo político y se convierta en realidad en una Colombia que la anhela con urgencia.









