El Mundial de Norteamérica, que arranca hoy y que será el más largo de la historia, con 38 días de fútbol, en el que seguramente Trump buscará acaparar la atención, me recuerda las Olimpiadas de Berlín, en las que Hitler quiso demostrar la supremacía aria y el poder de Alemani
Sin haber comenzado, este Mundial ya tiene varias polémicas abiertas. No se trata solo de los escandalosos precios de las boletas, que nos muestran la manera en que Infantino está decidiendo, sin que nos demos cuenta, quiénes tienen derecho a habitar los estadios. El pueblo construyó el fútbol; las élites lo vendieron, como denunciaban los afiches de hace unos días en los alrededores del estadio El Campín con el rostro del reelecto presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Ramón Jesurún, otro “espantajopo”, como dicen los costeños.
Todavía no sabemos si sus organizadores ya resolvieron el mal estado de las canchas, del que se quejó Bielsa hace dos años en la Copa América, pero lo que ya es un hecho son las repugnantes muestras de racismo en la antesala de este Mundial.

En primer lugar, está la detención y el interrogatorio de siete horas al que fue sometido el delantero estrella de la selección de Irak, Aymen Hussein, en el Aeropuerto Internacional O’Hare de Chicago, apenas pisó suelo estadounidense.
También las autoridades estadounidenses en el Aeropuerto Internacional de Miami negaron la entrada al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, el mejor árbitro de África, deportándolo por presuntos vínculos con organizaciones terroristas. Hay que recordar que desde el año pasado el discurso racista de Trump ha puesto como blanco a los migrantes.
Al equipo iraní, le tocará jugar sus partidos en Estados Unidos y hospedarse en Tijuana, México, por decisión de las autoridades gringas.
Y como si todo esto fuera poco, están las selectivas e indignantes requisas, como ocurrió con la selección de Senegal en Carolina del Norte, sumadas al miedo por las redadas del ICE, la hipertrófica policía antinmigración de Trump.
Espero que alguna genialidad en el Estadio Azteca, ese templo en donde se entronizaron Pelé y Maradona, pueda redimir este Mundial que va camino de ser el del racismo y las deportaciones. Ojalá la humanidad en las piernas de Dembélé, Yamal o Hussein derrote para siempre al señor naranja, como Jesse Owens lo hizo con Hitler.











