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Miércoles 17 de junio de 2026 - 01:00 AM

El rostro invisible del dolor

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En el cuidado paliativo existe un concepto que resume la complejidad del sufrimiento humano: el dolor total. No se trata únicamente del dolor físico, sino de la trama inseparable de sufrimientos emocionales, espirituales y sociales que acompañan al paciente en su tránsito.

Con frecuencia olvidamos que los dolores más difíciles de aliviar son los del alma. Los medicamentos pueden modular el dolor corporal, pero no alcanzan a sanar la herida que deja la ausencia, el miedo o la soledad. Sanar, en estos casos, exige vínculos humanos: la presencia de los seres queridos, la palabra que consuela, el abrazo que sostiene.

Un ejemplo dolorosamente común es el de una madre con un hijo pequeño enfermo de cáncer o de una enfermedad terminal. Ella sabe, en lo más profundo de su corazón, que no estará para acompañar su crecimiento. Duda de que su familia pueda cuidar de esa criatura con la misma entrega que lo haría ella. A esa angustia se suman los dolores físicos de la enfermedad, que se entrelazan con los emocionales y hacen más arduo el tratamiento.

También he visto pacientes que, contra todo pronóstico médico, prolongan su vida unos días más, esperando la llegada de un hijo o un ser querido que vive lejos. Solo cuando lo ven, cuando sienten que esa despedida se ha cumplido, descansan y se permiten partir.

Recuerdo especialmente a un paciente que atendí durante mis estudios de especialidad en San Diego, California. Tenía cerca de 70 años y llevaba más de quince días en estado agonizante. En nuestra opinión, estaba sin conciencia y sin mayores dolores físicos aparentes. Cada mañana nos sorprendía sobreviviendo un día más a su avanzado cáncer. Nadie tenía una explicación clara, hasta que llegó su hijo, militar estadounidense destacado en Oriente Medio. Ese día, el paciente recuperó un instante de conciencia, reconoció a su hijo y le apretó la mano. Solo un par de horas después, partió en paz.

Suelo decir a las familias: del dolor del cuerpo me encargo yo, porque en un 95% es modulable o controlable; pero del dolor del alma, que suele ser el más lacerante, deben encargarse ustedes, con su amor, su compañía y su presencia.

“El dolor compartido se divide, el amor compartido se multiplica.”

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