Europa tiene miles de desafíos geopolíticos, pero el más importante, desde mi perspectiva, es la pérdida de su capacidad estratégica y su autonomía en el actual escenario internacional. Sobre esto ver mi columna en este periódico del 01-02-2026.
El orden internacional construido tras la Guerra Fría (basado en el multilateralismo, la seguridad garantizada por EE. UU. y la OTAN, y la integración de mercados globales) ha cambiado radicalmente y en muy poco tiempo, lo que obliga a Europa a cambiar su estrategia política conjunta, para seguir ejerciendo una posición privilegiada en el mundo. Este cambio debe analizarse en estos tres ámbitos.
El primero es la seguridad continental, especialmente frente a la amenaza rusa. Rusia no es únicamente una amenaza para Ucrania, sino para todo el continente europeo. Europa no puede permitirse que la amenaza rusa llegue a sus fronteras, por lo que intenta detener a Rusia financiando a Kiev, máxime dada la inactividad del gobierno de Trump ante este asunto. Además, esta amenaza ha puesto en evidencia la gran dependencia que tiene de EE. UU. en todos los campos, lo que es una debilidad porque Europa queda así sometida a la volatilidad de los intereses del presidente de turno de EE. UU., como se está viendo ahora con Trump, quien trata despectivamente a sus socios europeos. También, Europa acaba de darse cuenta, y de la peor manera, de su debilidad militar, pues durante décadas se confió tanto en su socio estadounidense que no invirtió en el campo de defensa. Europa tiene que liderar su propia seguridad, lo que implicará tomar decisiones difíciles: tendrá que fortalecer su gasto militar (para disuadir así a Rusia) en desmedro de muchas inversiones sociales y tomar distancia de EE. UU. para que este la vuelva a tratar con mayor dignidad.
El segundo ámbito es cómo relacionarse con China, sin que eso genere reacciones negativas por parte de Washington. Además, Europa debe evitar quedar atrapada en las luchas por la supremacía entre EE. UU. y China. Trump ha dejado de ser un aliado confiable, pero acercarse a China tiene sus riesgos. Muchos pensarán que este es el momento en que Europa debe perfilarse como una tercera vía para el resto de los países del Globo, pero no es fácil. ¿Cómo hacerlo cuando económica, política, tecnológica y militarmente ha dependido de EE. UU.? Europa está en una profunda encrucijada.
El tercer ámbito es su mayor debilidad. Europa solo es una unidad en el papel. En la práctica, hay una profunda fragmentación interna que conlleva a la parálisis o a una extrema lentitud en la toma de cualquier decisión, pues las principales jugadas que haga Europa en los ámbitos anteriores exigen el consenso de todos los países miembros. Tampoco hay unidad en cada uno de ellos; todo lo contrario, las disputas políticas al interior de cada país se exacerban, especialmente entre partidos proeuropeos y antieuropeos. Cada vez que un país miembro entra a elecciones nacionales, Europa respira con miedo. Ese equilibrio en las organizaciones centrales europeas es tan delicado y complejo, que así es muy difícil tener una unidad de criterio sobre qué hacer con su seguridad continental y con sus relaciones con EE. UU. y China.
En síntesis, el dilema de fondo de Europa es sobre cómo seguir siendo un actor de poder real en el mundo, mostrándose cada vez más dura, marcando distancia con EE. UU., asumiendo su propia seguridad y sin enemistarse con China, dentro de la profunda fragmentación interna fruto de ser una asociación de países donde cada uno es, a su vez, volátil en sus decisiones políticas.











