En una reunión social alguien hace un chiste sobre el contrato que logró “mover” en una alcaldía. Otro sonríe mientras cuenta cómo un conocido “frenó” una investigación gracias a un amigo influyente. Otro presume sus contactos políticos y alguien más habla de una licitación amañada como si fuera apenas una jugada inteligente. Nadie se indigna. La conversación continúa como quien oye llover.
Quizás una de las tragedias más profundas de Colombia no sea solamente la corrupción, sino la manera en que hemos aprendido a convivir con ella. Los delincuentes de cuello blanco dejaron de parecer delincuentes. Se mueven en reuniones, donde muchas veces son admirados por su poder y capacidad de “resolver”.
Nos quejamos de las elecciones amañadas, de la compra de votos y de las presiones para favorecer candidatos. Pero con frecuencia toda la culpa recae sobre quien vende su voto por una ayuda económica o una promesa de empleo. Y aunque allí existe responsabilidad individual, pocas veces cuestionamos a quienes, desde posiciones de poder político, económico o institucional, se aprovechan de la necesidad de otros para comprar voluntades y torcer la libertad democrática. Así funciona esta y otra formas de corrupción, que ya hacen parte del “aire que respiramos”, de hecho “camina” a nuestro lado con la “inmunidad” que, en primera instancia, le damos como sociedad al permitirle mimetizarse en forma de conocidos, “amigos” y referidos, mientras que por debajo de la mesa orquestan distintas formas de apropiarse de lo público.
Hay una profunda desigualdad ética cuando condenamos al ciudadano vulnerable que cede ante la necesidad, mientras normalizamos a quienes usan recursos públicos, amenazas laborales o influencias para manipular elecciones. No toda corrupción nace de quien vende su conciencia por dádivas; muchas veces se diseña en oficinas y círculos sociales donde el abuso de poder se disfraza de estrategia política.
Colombia no solo enfrenta una crisis política; enfrenta una crisis cultural y ciudadana. Resulta más fácil señalar a los gobernantes (con sobradas razones) que revisar las pequeñas complicidades cotidianas que sostienen el deterioro institucional.
Por eso el verdadero desafío de estas elecciones no será únicamente escoger quién gobernará el país, sino decidir qué tipo de sociedad estamos dispuestos a seguir tolerando desde el legítimo ejercicio de la ciudadanía. Porque las democracias no se destruyen solamente por los grandes escándalos, sino por la lenta costumbre de convivir con ellos.
Por: María Ximena Mantilla Macías.












