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Domingo 26 de julio de 2026 - 01:00 AM

Seamos mejores que los que se van

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Mucho nos hemos quejado del gobierno que va de salida. Y con sobradas razones. No solo por su desastrosa gestión, la corrupción rampante, el deterioro de la seguridad y el favorecimiento a los delincuentes, sino también por su estilo pendenciero, que gobierna solo para “los suyos”, que gradúa de enemigo a quienes no se someten sin titubeos a sus demandas y que, en su propósito de forzar la aprobación de sus reformas, desconoce y violenta permanentemente a las otras ramas del poder.

Quienes votamos por Abelardo De La Espriella (ADLE) lo hicimos deseando un cambio en ese sentido. Ese cambio requiere resultados claros, tangibles y rápidos en muchos frentes, procurando impactar positivamente a todos los colombianos. Sin embargo, jamás se puede perder de vista que esa titánica tarea se debe ejecutar respetando las reglas de la democracia, el Estado de derecho y la independencia de poderes. De lo contrario, nos estaríamos convirtiendo en aquello que tanto criticamos.

Es en virtud de esta lógica que resulta difícil de entender la pretensión que tenía el gobierno electo de presionar el nombramiento de Alfredo Deluque como presidente del Senado. No solo por el confuso mensaje que eso enviaba, al ser Deluque militante de un partido que no se ha declarado como de gobierno y por haber apoyado casi todas las nefastas iniciativas de la administración Petro (sí: las mismas iniciativas que ADLE prometió corregir), sino porque ello implicaba maltratar al Centro Democrático (ese sí, declarado ya partido de gobierno), al que, de manera natural, le correspondía esa designación, contraviniendo así la costumbre de que la presidencia del Senado la asume un senador perteneciente al partido más votado, dentro de aquellos que se hubiesen declarado de gobierno.

A ADLE, a quien necesitamos que le vaya bien, le hizo falta mejor asesoría. El costo-beneficio de esa jugada aconsejaba claramente no acometerla. Primero, porque no era necesario: en el CD tenía un partido disciplinado y coherente que tramitaría con juicio las iniciativas gubernamentales (y sigo confiando en que, en efecto, así lo haga). Segundo, porque, a la luz del respeto requerido por la independencia de poderes, era lo correcto. Tercero, porque promover la presidencia de Deluque era un mensaje muy difícil de digerir, máxime si se ha insistido en no gobernar con “los de siempre”. Cuarto, porque implicaba empezar a quemar un capital político que no garantizaba ningún resultado positivo a cambio. Y quinto, porque corría el altísimo riesgo de perder ese pulso (como, en efecto, sucedió).

No fue un buen comienzo, pero pareciera que ADLE ha enviado los mensajes correctos para enmendar la equivocación. Estamos a tiempo de aprovechar las condiciones favorables para afrontar el gran reto que tiene el próximo gobierno por delante. Pero ello implica que este comprenda plenamente que la gobernabilidad en el Congreso se logra cohesionando las bancadas afines y construyendo con ellas.

Seamos mejores que los que se van.

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