En primer lugar, debo disculparme con Vanguardia. En un poco más de 40 años de escribir mi columna y durante más de 15 años, no había dejado pasar una semana sin enviarla, estuviera donde estuviera. No sé si esta vez fue por el cansancio de los años, por la pereza o simplemente porque me concentré demasiado en Netflix y dejé pasar el tiempo, entretenido con una corta serie de la que no podía salir. Si no la ha visto, se llama Lo encontraré y trata sobre un padre condenado injustamente por la muerte de su hijo. Después de cinco años en prisión, recibe por primera vez la visita de su cuñada, quien le muestra en una fotografía que su hijo está vivo. Intriga, suspenso y un final que seguramente lo sorprenderá.
Para estar actualizado, empiezo por recordarles que estamos en un mundo que está pagando las consecuencias de los daños que le hemos ocasionado. La historia ya nos ha mostrado plagas, hambrunas y pestes; no olvidemos el COVI, y residentemente un terremoto que castigó injustamente a muchas familias. Ahora la naturaleza nos está pasando una nueva factura: la Tierra se recalienta poco a poco y estamos poniendo en riesgo uno de los bienes más preciados: el agua. Los ríos se secan y, de paso, nuestra generación de energía hidráulica puede verse afectada. Como nos estamos calentando, vamos camino a convertirnos en el famoso sapo al que le van aumentando lentamente la temperatura del agua hasta que ya es demasiado tarde. Y, seguramente, morirá sin darse cuenta.
Y esperamos, como siempre lo hacemos: “ya lo resolverán”. Pero, como decía mi abuelo, ahí nos quedaremos mirando un chispero.
Todos tenemos que formar parte de la solución. El agua es bendita y debemos utilizarla solamente cuando sea necesario. Quienes puedan reutilizarla deben hacerlo. Aquí dependemos en buena medida de nuestros páramos, de donde recibimos ese precioso líquido, pero no podemos pensar que estarán allí para abastecernos indefinidamente si no los protegemos.
Hay que pensar en soluciones diferentes. París, por ejemplo, cuenta con fuentes de abastecimiento de aguas subterráneas, y son muchos los lugares del mundo que han buscado alternativas para garantizar el suministro. Los paisas, los caleños y los costeños tampoco se salvan de este desafío; en las zonas costeras, la desalinización puede ser una posibilidad que debemos estudiar. Los habitantes del Área Metropolitana también tenemos que buscar alternativas y explorar seriamente las posibilidades de las aguas subterráneas, sin descartarlas de antemano.
Y en materia de energía, vale la pena recordar las decisiones que en el pasado se tomaron alrededor de su generación y distribución, y cómo algunas de ellas terminaron favoreciendo determinados intereses regionales. El debate no debe quedarse en buscar culpables: debemos aprender de esas decisiones y pensar en cómo garantizar energía suficiente y confiable para el futuro.











