La compasión ha atravesado buena parte de estas columnas: desde una lectura pacifista de las obras griegas hasta la urgencia de redefinir la política desde la solidaridad como fundamento de la democracia.
Basta volver a un episodio histórico fascinante. En el 472 a.C., Esquilo presentó Los Persas, la primera de sus tragedias que se conserva y la única basada en un hecho real y contemporáneo al autor. La obra aborda la batalla de Salamina, ocurrida ocho años antes en el marco de las Guerras Médicas entre Grecia y el Imperio Persa (490-449 a. C.). Esquilo había sido uno de los guerreros victoriosos en esa contienda. Sin embargo, el foco de la tragedia no está en celebrar el triunfo, sino en humanizar el dolor del enemigo derrotado.
Esa capacidad de abstenerse del triunfalismo y de reconocer la dignidad del enemigo solo es posible en una sociedad verdaderamente grande: allí donde la dignidad humana es el cimiento todo lo demás viene por añadidura. De esa misma convicción es testimonio la vida de mi “Mamá Pina”, como le decíamos a mi abuela materna, Josefina Luque de Beltrán.
Dio a luz a 22 hijos, aunque solo pudo criar a 17 en medio de adversidades. Fue víctima de la violencia ejercida por grupos armados al margen de la ley en El Carmen de Chucurí y, pese al entorno hostil que la rodeó, nunca perdió la fe; fue guía para quienes tuvimos la fortuna de conocerla. Rezaba más de cuatro rosarios al día y en cada uno encomendaba distintas causas y personas. De todas sus intenciones, la que más me llamaba la atención era cuando pedía por la paz de Colombia y del mundo entero, por el bienestar de los amigos y aun por el de los enemigos.
Nunca la vi celebrar ningún acto de guerra. Para ella no había gloria en el sufrimiento ajeno. Esa postura de neutralidad compasiva se traducía en gestos cotidianos: en su casa siempre fueron acogidas todas las personas, y para todos siempre hubo un plato de comida, sin preguntas sobre su origen, su bando o su pasado. Para ella importaban las personas y sus circunstancias.
Mucho se ha estudiado la hospitalidad en los griegos y la indulgencia hacia el adversario, valores que debían honrarse y cultivarse. Al mirar atrás, comprendo que mi Mamá Pina me había mostrado, mejor que mis lecturas sobre los griegos, que la compasión se ejerce con acciones y que la hospitalidad consiste en acoger sin distinción alguna. Esquilo lo presentó en un teatro, mi Mamá Pina lo encarnó en el corazón de nuestra propia guerra: dos expresiones de una misma humanidad.












