No cabe duda de que Colombia, durante los últimos cuatro años, atravesó la peor etapa de su historia republicana debido al pésimo manejo que se le dio durante el anterior periodo presidencial, que hizo que la gente prefiriera reservarse a la expectativa de lo que fuera a suceder.
Esto generó una sensación de pesimismo que hizo que muchas personas dejaran de invertir ante las amenazas que planteaba la situación del país y que podrían empeorar debido a las decisiones equivocadas que se tomaron y al auge de los grupos criminales protegidos por el gobierno a través de los mecanismos de los gestores de paz, que no fue otra cosa que darles una patente de corso a muchos hampones, so pretexto de una paz que nunca llegó.
Lo anterior hizo que la criminalidad se fortaleciera, lo cual implicó una ocupación de nuevos territorios, la pérdida de gobernabilidad nacional y un auge del narcotráfico como nunca se había visto en la historia del país.
Como consecuencia de ello, se paralizó la actividad de las gentes que dejaron de invertir y la sensación de pesimismo marcó la pauta de ese nefasto cuatrienio.
Por fortuna, primó la sensatez y, muy a pesar del voto fusil, se logró cambiar el modelo político y el país empezó a vislumbrar un nuevo y diferente futuro.
No han pasado dos meses y comenzamos a ver un nuevo panorama; hoy existe un marcado optimismo; ello implica la reactivación de la economía; muy rápidamente se empezaron a sentir los cambios y, aunque es temprano, ya se nota una euforia social que ha llevado a que se vuelva a creer en una Colombia donde se puede invertir y ya observamos, por ejemplo, un movimiento en la negociación de finca raíz, lo cual pone de manifiesto que se empieza a tener fe en el futuro.

Hoy los ciudadanos estamos tranquilos con el cambio, pues se entiende que la política a aplicar es más sensata y es preferible una posición conservadora en lugar de una verdadera amenaza izquierdista.
La posibilidad de un mañana razonable genera una tranquilidad que, desde luego, se percibe en el ambiente; además, el manejo que se le está dando a los hampones que nos agobiaban sin control está muy alejado del modelo que imperó en los últimos años, que era de protección absoluta a los entes violentos, dejando a las gentes de bien en una verdadera interinidad manifiesta, lo cual implicaba una precaución, por no llamarla temor, que impedía un desarrollo normal de la economía por efecto de la desfachatez de los delincuentes.
Hoy hay una nueva perspectiva y eso que apenas empezamos a ver una luz en el camino.











