Esta semana, diarios como The New York Times, The Wall Street Journal, El País de España y France 24 abrieron con titulares sobre el apocalipsis que podría generar la inteligencia artificial si se le permite que siga desarrollándose de forma descontrolada. La misma tecnología que no se va a detener hasta quitarnos todo el trabajo y nos condenará al arte, la contemplación de la naturaleza o, peor aún, a las preguntas existenciales sobre el sentido del ser o por qué hay ente y no más bien la nada, lo que algunos llaman filosofía.
En pocos días pasamos de solucionar – con IA – uno de los problemas matemáticos del milenio sobre cómo se mueven los fluidos mediante las ecuaciones Navier-Stokes a la posibilidad de manipular gobiernos, diseñar armas biológicas letales o tomar el control absoluto del internet en una especie de fin del mundo parecido a la apuesta de Skynet en las películas de Terminator.
Los apocalipsis venden porque ofrecen una narrativa sumamente atractiva. Una creación humana despierta, supera a su creador y se rebela. Frankenstein crea su monstruo hecho de procesadores que nos destripará sin contemplación alguna. Para el ser humano, resulta infinitamente más fácil abrazar catástrofes imaginadas de origen fantástico que mirar de frente las amenazas globales mucho más reales.
Nos aterra profundamente la rebelión de las máquinas, pero al mismo tiempo nos resulta cómoda la indiferencia absoluta ante la posibilidad de que ya estemos viviendo en los inicios de una tercera guerra mundial. Sin cuidado nos tiene la escalada de conflictos geopolíticos actuales, representada en el choque entre Irán e Israel, la tensión entre las potencias globales o la guerra entre Rusia, Ucrania y la OTAN, con un riesgo latente y aterrador de uso de armamento nuclear que podría arrasar con la civilización entera.
No se trata de restar importancia o dejar de tomar en serio las amenazas de extinción planteadas por el desarrollo de la tecnología. El problema radica en el profundo y peligroso desequilibrio de nuestra atención colectiva. Quizá ya estemos metidos de lleno en una guerra de proporciones inimaginables que la historia, si es que queda alguien con vida para escribirla y leerla, terminará contando completamente hacia atrás.
Se le atribuye a Esquilo –dramaturgo griego– la sentencia de que la primera víctima de la guerra es la verdad. Hoy por hoy podríamos afirmar que antes ya hemos enterrado la diplomacia. Nuestra época se caracteriza por un particular colapso de las herramientas políticas e institucionales de contención. Al contrario, cada comunicado o intervención oficial parece diseñada únicamente para avivar el fuego, haciendo exactamente lo opuesto al propósito fundamental para el cual fue inventada la diplomacia en los momentos más oscuros de la humanidad.












