Una catástrofe como la vivida en nuestro país el pasado diez de agosto nos deja escenas conmovedoras y enseñanzas que debemos aprender, con el propósito de prevenir y reconstruir después de la tragedia. Es una oportunidad de oro para unirnos alrededor de un propósito, dejar de lado nuestras diferencias, eliminar distracciones y redefinir decisiones colectivas, evitando una parálisis que nos lleve a repetir los mismos errores que cobraron cientos de vidas y ocasionaron pérdidas económicas difíciles de recuperar. Porque reconstruir no significa simplemente volver a levantar lo que se cayó.
Si el terremoto es un antes y un después en la historia de Colombia y en nuestro imaginario colectivo, tenemos que partir de una premisa: no podemos pretender que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo, una frase atribuida a Albert Einstein que he citado en varias columnas frente a la costumbre nacional de repetir acciones más por comodidad que porque funcionen. La verdadera pregunta, entonces, es qué estamos dispuestos a hacer diferente.
Para el neurólogo y psiquiatra Boris Cyrulnik, después de una catástrofe pueden abrirse distintos caminos: seguir como antes y no cambiar nada; en sociedades desorganizadas y sin rumbo, entregar el poder a un caudillo para que decida por todos; o emprender un proceso de renacimiento, al que denomina “resiliencia”. Según el pensador francés, en la historia de la humanidad, la evolución de los seres vivos surge después de una catástrofe.
Si bien el origen del término resiliencia se encuentra en el área de la física, Cyrulnik lo adapta al campo de la psicología como la capacidad de atravesar un trauma y construir un nuevo desarrollo. No significa olvidar el dolor ni superarlo por voluntad propia, sino encontrar condiciones personales, sociales y afectivas que permitan comenzar nuevamente después de la adversidad.
La resiliencia no es el eslogan vacío que nos han vendido en redes sociales mediante una popularización excesiva que distorsiona un concepto científico. No consiste en soportarlo todo ni en responsabilizar a la víctima por no resistir lo suficiente. No romantiza la injusticia. Nadie es resiliente solo y mucho menos una sociedad. Se necesita un tejido social, comunitario e institucional que sostenga a las personas y permita transformar el trauma en aprendizaje, prevención y acción colectiva.
Hay esperanza. El país ha respondido a la tragedia con solidaridad y apoyo a los afectados; sin embargo, la verdadera prueba comenzará cuando pase la emergencia y regresen las rutinas. Nuestra resiliencia no puede medirse únicamente por la capacidad de levantarnos después del desastre, sino por nuestra decisión de prevenirlo, de planificar mejor y de no reconstruir las mismas condiciones que hicieron posible la tragedia. Esa es la verdadera resiliencia.











