El día en que la iban a matar, la palabra se levantó a las 5:30 de la mañana después de un descanso apacible, para esperar el buque en que llegaba el obispo. Ella sabía que los derechos no mueren en la oscuridad: se extinguen a plena luz del día, mientras estamos ocupados en otra cosa.
A esa hora, nadie sospechaba que el silencio ya había iniciado su trabajo y que la extinción conceptual, las purgas normativas y el fracking social estaban en marcha. Las diferencias entre el día anterior y el que corría eran mínimas; la derogación y la ruptura del orden constitucional resultaban imperceptibles, porque la muerte de un derecho siempre es lenta, discreta, casi inaudible, especialmente para la abuela que ajusta el audífono en la oreja derecha.
Navas, que se había negado a incluir la referencia a todas y todos como ordenaba el mandato popular y que, para sacarle el cuerpo, aclaraba que el saludo era para todas las personas y todos los presentes, ahora cambiaba de opinión para defender el lenguaje incluyente e inclusive: el lenguaje de la presencia, ese que obliga a reconocer a quienes históricamente han sido borrados del discurso.
La súbita defensa no era casual. Había comprendido que, en nombre de la normativa lingüística y del ahorro de palabras, terminó replicando las tendencias de la mano negra de la economía social: esa mano que se posa sobre el platillo de la balanza y le quita peso a la justicia histórica.
Iban a dejar de ser nombrados, escuchados y, finalmente, considerados: todos los derechos incómodos que pasarían a ser ruido, estorbos administrativos, disenso convertido en amenaza y diferencias transformadas en exageraciones por corregir en la cartilla.
El riesgo real no es la muerte súbita, es la construcción progresiva de un ecosistema institucional y cultural donde algunos sujetos, conflictos y reivindicaciones quedan al margen de la conversación pública.
En esta serie (Fracking Social), vamos a explorar los silencios, las omisiones y las transformaciones del lenguaje que preceden a los retrocesos democráticos, porque podrá morir un concepto, pero nacerán el iusléxico, la linguaequidad, la lexiprotección y la discursopreservación, contrarrestando el fracking social que ya está en marcha.
No podemos permitir, como sociedad defensora de derechos humanos, que el Fracking Social —esa inyección de silencios y omisiones, de prejuicios, dogmas y discriminación a alta presión en las grietas sociales— extraiga hasta el último gramo de cultura, dignidad, memoria colectiva y legitimidad democrática, porque la democracia muere cuando se vacían sus significados y se borra la memoria.
El día en que la iban a matar, Nombrar, Escuchar y Reconocer se levantaron a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo, sin saber que ese sería el día de su muerte.











