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Martes 25 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Los balones del Presidente

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Los sábados en la tarde —como ir a misa los domingos en la mañana— eran la cita infaltable con los amigos de la infancia. La magia no estaba en un computador, una tablet o el último celular; esa felicidad era indescriptible, aquella, la de ver al balón de fútbol con todos nosotros, cerca, uniéndonos y listo para hacer el dueño de una feliz tarde en una calle cualquiera. Todos éramos importantes, al margen del equipo o el marcador final, pero había alguien que lo era más: el dueño del balón. Sobre él recaía, si la tradición se hacía presente o debíamos pensar en otra opción para compartir, la cual siempre sería frustrante. Es que volver a la casa, sin el sudor del juego tatuado en todos, era una tragedia.

Hace apenas unos días, el mundo entero se paralizó frente a un televisor o un estadio. Esta vez, no eran unos amigos de barrio los que se rendían ante los pies del balón, eran millones y millones de hombres y mujeres, de todas las edades y condiciones sociales, poderosos y singulares, princesas y damas de compañía. Su majestad el balón la había hecho otra vez, le enseñaba al mundo que siempre será mejor jugar que matar, reír que lamentar. En la cancha, en cada partido, en cada jugador, una historia de vida también jugaba en silencio. Las historias de una niñez y una infancia rodeada de necesidades enormes que pasaban al límite de la pobreza y a la violencia intrafamiliar. Existen cientos de testimonios de jugadores de “élite” que enseñan la manera sencilla como un balón de fútbol los pasó al otro lado de la calle. Nunca nadie imaginó, en sus hogares, el poder transformador del juego, el bálsamo en la autoestima, en prolongar la amistad y el abrazo al final, sin mirar colores.

Cuando el Presidente de la República, Abelardo de la Espriella, toma en su mano un balón de fútbol y lo entrega a un niño en medio de ruina, escombros, casas destruidas, etc., por el pasado terremoto, los amigos del vandalismo, del caos, de la mentira institucional, los vendedores de humo, los cómplices del nefasto gobierno de Gustavo Petro salen de sus madrigueras, de sus antros para censurar la invitación histórica de un gobernante a cambiar las armas por un balón de fútbol; a entender que, aun en los peores momentos de la vida, siempre será mejor el encuentro para el juego que la cita para un funeral.

Nota: Señor alcalde de Bucaramanga, señora directora del Instituto Municipal de Cultura y Turismo: no olviden que el Teatro Peralta sigue en cuidados intensivos.

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