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Lunes 21 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

¿Quién responde por la criatura?

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En 1818, Mary Shelley publicó Frankenstein, la historia de un científico ficticio que da vida a un ser y termina horrorizado ante su obra. El error de Victor Frankenstein no consistió únicamente en adentrarse en los secretos de la existencia. También estuvo en abandonar al monstruo, como si el mérito del descubrimiento pudiera separarse de la responsabilidad por sus consecuencias. Dos siglos después, esa pregunta vuelve a adquirir sentido.

La inteligencia artificial avanza a una velocidad que comienza a inquietar a quienes mejor conocen su evolución. The Economist acaba de llamar la atención sobre un hecho diciente. Dario Amodei, director de Anthropic, pidió moderar el ritmo de los desarrollos de frontera y su llamado fue respaldado por Sam Altman y Elon Musk. El temor es que sistemas cada vez más robustos puedan escapar al control humano o ser utilizados con propósitos destructivos.

Pero pedir que la carrera se detenga resulta mucho más sencillo que conseguirlo. Estados Unidos teme cederle a China el liderazgo de una tecnología que tendrá enormes implicaciones económicas y militares. La guerra de Ucrania demuestra, además, cuánto puede significar una pequeña ventaja tecnológica cuando se traslada al campo de batalla. Ninguna potencia parece dispuesta a frenar mientras sospeche que su competidor continuará avanzando.

La discusión no puede limitarse a preguntarnos si algún día la inteligencia artificial será capaz de destruirnos. Lo que importa es establecer si tendremos la capacidad de gobernarla antes de que decisiones trascendentales comiencen a depender de sistemas que comprendemos cada vez menos.

La educación ocupa un lugar decisivo en esa tarea. Un comité creado por el MIT acaba de advertir que la inteligencia artificial ya puede resolver buena parte de los trabajos de sus programas de pregrado y que su uso está modificando la manera como los estudiantes aprenden. El informe registra menor asistencia a espacios de acompañamiento y una reducción del estudio compartido. Al mismo tiempo, reconoce que esta herramienta abre posibilidades extraordinarias para la investigación y la formación.

La respuesta del MIT no consiste en prohibir la inteligencia artificial ni en incorporarla indiscriminadamente. Corresponde establecer qué necesitan los estudiantes y preservar experiencias en las que el esfuerzo intelectual siga siendo indispensable. A su vez, aprender a utilizarla sin renunciar a la verificación de sus respuestas ni al juicio propio.

Mary Shelley jamás imaginó algoritmos capaces de escribir y razonar por nosotros. Sin embargo, dejó planteada una advertencia que conserva toda su vigencia. Crear algo poderoso no nos libera de responder por aquello a lo que le hemos dado vida. El desafío no consiste en intentar dominar a la criatura cuando sea demasiado tarde, sino en no abandonar la responsabilidad de gobernarla.

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