La educación universitaria se está afectando en forma aguda. El conocimiento que se transmite en las aulas pierde cada día más calidad por la presencia de un enemigo silencioso que los estudiantes llevan a las aulas en sus manos, que se convirtió en un elemento de distracción constante e impide la concentración y atención debida, que dificulta la comprensión de los temas tratados en clase y reduce la capacidad cognitiva del educando, que produce ansiedad y hace que el estudiante pierda el hilo conductor de explicaciones y argumentos transmitidos en clase. Ese obstáculo nefasto de la enseñanza universitaria, que reina en las aulas en el siglo XXI, es el teléfono celular.
El universitario equivocadamente cree que puede simultáneamente atender, tomar apuntes y revisar redes sociales en la pantalla de su celular; la ciencia cognitiva ha demostrado que el cerebro no es capaz de procesar debidamente dos o más fuentes distintas de información compleja a la vez. La atención dividida impide aprender debidamente.
El teléfono celular, que surgió hace algunas décadas como una herramienta de conectividad, se ha convertido en un dispositivo de distracción masiva que es adictivo, fragmenta la atención en las aulas y día tras día copa más espacio en la vida del estudiante pues por él recibe y envía mensajes de WhatsApp, ve eventos deportivos en vivo, hace vida social, etc.
La neurociencia manifiesta que el cerebro humano no puede realizar a cabalidad, paralelamente, varias tareas complejas. Ese constante “salto” digital que exige impide que el muchacho logre a cabalidad crear una vía simultánea apta entre varios emisores y un receptor, su cerebro. El educando, al atender simultáneamente a varios emisores de información, pierde el hilo conductor de la idea, reduce su capacidad de retención de conocimiento y de procesamiento de la información.
El asunto tiene otra arista complicada: afecta la calidad y profundidad del conocimiento que se transmite, logra que en las aulas universitarias del siglo XXI haya cuerpos presentes pero muchas mentes ausentes.
En varios países se oye ya que las “aulas deben estar libres de pantallas”. No busca ello satanizar la tecnología, trata de proteger el proceso de aprendizaje que es frágil ante la arremetida de las pantallas en los salones de clase.
Hoy, desafortunadamente, las universidades gradúan profesionales que silentemente tienen dificultades para sostener la atención. El asunto será cada vez más preocupante si quienes acuden a las aulas a aprender llevan en sus manos los celulares, cual hacían los pueblos antiguos que trasladaban consigo a sus ídolos. Los llamados en inglés smartphone, obstruyen adquirir conocimiento en debida forma en el siglo XXI.











