domingo 27 de septiembre de 2020 - 12:00 AM

Una policía honorable (Parte 2)

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Columna de
Cristina Plazas

Llegó la hora de hacer un alto en el camino y de que nuestros gobernantes demuestren grandeza. Llegó la hora de que se despojen de sus intereses particulares, de sus ambiciones y de su ego desmesurado.

Lo que está pasando en el país en materia de seguridad es alarmante y si no se actúa de inmediato, puede ser tarde.

La polarización y la radicalización son enemigos latentes que debemos combatir. La discusión no se puede centrar en una lucha de poder entre la derecha y la izquierda radical. Nos hemos convertido en un país que no analiza y se centra en discusiones superficiales ignorando lo importante. La lucha constante por demostrar quién tiene la razón hace que nos alejemos de espacios de concertación fundamentales para lograr el bien común.

Esto se ve reflejado en el manejo que se da a las situaciones críticas que requieren de la magnanimidad de los gobernantes, como lo que está pasando con la policía y las fuerzas militares.

Los gobernantes tienen la obligación de transmitir seguridad a los ciudadanos y dar parte de tranquilidad del control de la situación, pero desafortunadamente no estamos viendo ni lo uno ni lo otro.

El gobierno, en su afán de congraciarse con el ala radical de su partido, ha demostrado una actitud desafiante y falta de empatía; ignorando que el mayor apoyo que le pueden dar a la policía y las fuerzas militares es exigir la honorabilidad con que deben actuar todos sus miembros para proteger el Estado y reprobar con vehemencia a los que manchen su misión. La legitimidad ante el pueblo es esencial para su servicio y efectividad.

Ya no se pueden seguir excusando con el argumento de las manzanas podridas pues esto conduce a que no se tomen las medidas necesarias para que estos actos no vuelvan a ocurrir.

Por su parte, la alcaldesa, en su defensa acérrima por los espacios de protesta, ha olvidado que ella es la máxima autoridad de policía y debe procurar el orden, la estabilidad y la seguridad de la ciudad. La desarticulación con los altos mandos de la policía y con el gobierno nacional, también son un riesgo, no solo para la ciudad sino para el país, por ser ella una líder de orden nacional. Se requiere determinación, voluntad política, acuerdos con el mando policial y recursos.

Una cosa es proteger el derecho a la protesta y otra cosa es desconocer la infiltración de los grupos al margen de la ley en estas manifestaciones. ¿Cómo puede ser que haya dicho que el gobierno se había sacado de la manga el argumento de la infiltración del ELN en las marchas? ¿Necesitará más pruebas que las declaraciones del terrorista Uriel quien reconoció que las milicias urbanas de este grupo armado estuvieron involucradas en los actos vandálicos?

Lo cierto es que mientras todos pelean y buscan imponer su verdad, estos grupos terroristas están ganando terreno generando desorden, caos y debilitando a las instituciones. No podemos ser ingenuos, hoy están utilizan todas las herramientas y formas de lucha para desarrollar sus negocios criminales y poner en jaque al Estado. No podemos entonces caer en el error de desarmar y debilitar a la Policía. Al contrario necesitamos instituciones fuertes, más entrenadas, más educadas en derechos humanos, mejor seleccionadas, con más tecnología, y más inteligencia. Y sin duda una reforma a la justicia que acabe la impunidad rampante.

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