El problema es que Trump, en su segundo mandato, no se puede comparar con otros presidentes democráticos, sino con autócratas que han convertido la violencia estatal en un espectáculo calculado.
“Aterrizó de un golpe seco en el suelo polvoriento. Todavía llevaba puesta la camisa de su uniforme de trabajo y en la billetera, la tarjeta del metro de la ciudad donde había vivido por más de quince años. Detrás de él, otros bajaban del avión con la misma expresión desorientada…”. Esta podría ser la estrofa de una poesía, pero no, es el espectáculo de las deportaciones de Donald Trump, que no solo deben medirse en cifras, sino en vidas rotas, en familias separadas y en un mensaje cruel que resuena con fuerza: “Aquí no eres bienvenido”.
Pareciera que tales expulsiones no buscaran controlar la migración, sino escenificar el poder. Están diseñadas para satisfacer a quienes lo eligieron, aunque algunos de ellos –víctimas de su propio invento– ya estén arrepentidos; para infundir miedo entre los migrantes, regulares o irregulares; y para proyectar una imagen autoritaria que desafía las leyes. Es una estrategia calculada, no una sorpresa.
El problema es que Trump, en su segundo mandato, no se puede comparar con otros presidentes democráticos, sino con autócratas que han convertido la violencia estatal en un espectáculo calculado. Un enfoque reflejado en sus políticas y en la forma en que construye su entorno.
Basta oír a Kristi Noem, funcionaria del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), apodada “Barbie ICE”, un sobrenombre que encapsula cómo el poder se estétiza y trivializa, desviando la atención de las implicaciones reales de sus acciones.
Rodeado de aduladores que refuerzan su visión sin cuestionarla, Trump perpetúa un liderazgo que prioriza la imagen sobre la sustancia, el espectáculo sobre la responsabilidad.
Noem, una de las figuras leales a Trump de visita en Bogotá como parte de su gira latinoamericana, deja un mensaje claro: Estados Unidos endurecerá su política migratoria y colaborará con gobiernos como el de Bukele para “controlar el crimen”.
Ya no hablan solo de migrantes, sino de delincuentes y terroristas. Es la misma narrativa que permitió el uso de la desempolvada “Ley de Enemigos Extranjeros” de 1798, para deportar venezolanos sin juicio, la misma que justifica expulsar a residentes legales sin antecedentes y la misma que ahora predica como advertencia en toda Latinoamérica.
Dos peligros destacan: la brutalidad de las deportaciones y el mensaje implícito al mundo. Cuando la democracia más poderosa niega derechos fundamentales a ciertos grupos, abre la puerta para que otros gobiernos sigan su ejemplo.
La historia de Estados Unidos está marcada por episodios donde la deshumanización, como en la esclavitud y la segregación racial, resultó en tragedias profundas. Hoy, el hombre que regresó al poder contra todo pronóstico repite el patrón: rodeado de adoradores, ignora las normas judiciales y convierte la persecución estatal en un espectáculo electoral.
No hay nada nuevo bajo el sol. Pero esta vez la amenaza ha tomado forma: subida de aranceles, deportaciones, invasiones, guerras y un interminable etcétera. Los límites parecen difusos. ¿Quién lo pondrá?












