El verdadero compromiso de quien escribe está, ante todo, en el esmero, ese cuidado riguroso que intenta honrar cada palabra, cada idea compartida, y es en ese maravilloso diálogo invisible entre quien escribe y quien lee donde germina el respeto mutuo, no la semejanza.

Inmensos agradecimientos a la dirección de esta casa por la generosa hospitalidad que siempre me brindó.
Por cerca de diez años, gracias a su acogida cálida y constante, sostuve ininterrumpidamente esta columna semanal que hoy declaro en receso.
Han sido años intensos, colmados de acontecimientos nacionales e internacionales que marcaron la agenda y dieron vida a reflexiones urgentes, necesarias, a veces incómodas, pero siempre honestas.
He procurado ofrecer una mirada independiente, a la altura de mi audiencia. Creo, de corazón, que quien lee merece encontrar en cada columna la autenticidad de quien la escribe, incluso cuando esa visión difiera de la suya o de la del medio que la publica.
Durante estos años, nunca recibí insinuación alguna que pretendiera modificar el rumbo de mis ideas. Ni en la forma, ni en el fondo. Y eso, en tiempos ruidosos y cambiantes, es un regalo invaluable. Por ello, reitero mi profundo agradecimiento a la dirección de este medio por respetar el libre ejercicio de opinión que defendí desde esta trinchera.
Gracias también a ustedes, mis lectores. Sin su mirada, esta columna no tendría sentido. El verdadero compromiso de quien escribe está, ante todo, en el esmero, ese cuidado riguroso que intenta honrar cada palabra, cada idea compartida, y es en ese maravilloso diálogo invisible entre quien escribe y quien lee donde germina el respeto mutuo, no la semejanza. Y siento, con sinceridad, que ese pacto se cumplió a cabalidad.
Actualmente concentro mi tiempo y energía en dos proyectos de gran exigencia: por un lado, la presidencia de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de España (AMMPESPAIN), que requiere dedicación constante; por otro, una obra editorial que honra una memoria viva, fruto de años de investigación y trabajo sostenido. El abuelo Wenceslao, novela histórica basada en hechos reales, verá la luz en las librerías españolas a finales de noviembre.
Esta obra reconstruye, desde una mirada íntima y crítica, los días sombríos que envolvieron a Colombia entre 1899 y 1902, durante la Guerra de los Mil Días. Ambientada en un pueblo de pescadores, revive, a través de personajes reales, la vida cotidiana de una población empobrecida, familias desgarradas y la confusión de quienes servían a una causa que apenas comprendían.
No es una crónica más del conflicto: es un testimonio narrativo que busca comprender sin justificar, recordar sin repetir y dar voz a quienes vivieron en la sombra del enfrentamiento armado. Intrigas, odios larvados, zancadillas y el oportunismo advenedizo siguen reapareciendo en nuevos rostros. Porque, aunque el calendario cambie, los ecos de aquel conflicto persisten; como si, en el fondo, nada hubiera cambiado.
Por eso, esta pausa no es un hasta luego. Es una decisión guiada por nuevas responsabilidades y fiel a los principios que siempre he perseguido. Cierro esta etapa con gratitud y respeto, confiando en que lo compartido seguirá resonando más allá de estas líneas. Gracias por acompañarme en este tránsito.












