Ana María no fue una voz cualquiera. Fue una sembradora de memoria, una articuladora de sentidos, una defensora de derechos desde el cuerpo institucional, pero también desde la calle.

La paz total, el anhelo que procura tomar cuerpo en agendas institucionales y discursos de Estado, que se manifiesta esplendorosamente en lo simbólico, no se limita ni agota en los ceses al fuego ni en mesas de negociación. La paz debe ser estructural y sentirse en la piel, en la sala de urgencias, en la farmacia que debería entregar lo prescrito y en la fila donde se debería recibir atención. La reciente muerte de Ana María Cuesta León nos recuerda crudamente que, sin salud, no hay dignidad; sin dignidad, no hay paz.
Ana María no fue una voz cualquiera. Fue una sembradora de memoria, una articuladora de sentidos, una defensora de derechos desde el cuerpo institucional, pero también desde la calle y la poesía mural. Socióloga de formación, maestra de convicción y gestora de acciones que entretejieron víctimas, arte, niñez y pedagogía, representó esa Colombia que no grita con armas, sino con argumentos, que no impone, sino que escucha. Su dirección del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación (CMPR) transformó ese espacio en un laboratorio de futuro, donde la palabra “reconciliación” dejó de ser abstracta para volverse mural, canción, juego, abrazo.
Como última lección de vida, resalta con su muerte la ironía del sistema, la debilidad de la memoria y lo abstracta y teórica que es la paz. Ana María murió a los 39 años por la desprotección del sistema que decía garantizar su salud. A pesar de un fallo judicial que ordenaba a su EPS suministrar los medicamentos que le permitían vivir con una enfermedad crónica, las trabas administrativas, el desinterés burocrático y la injusticia estructural la dejaron sin protección. No fue una muerte “natural”: fue una consecuencia que en la historia reciente no es excepción. Trágicamente, su historia es reflejo de la realidad total y símbolo de la indolencia.

En este diálogo —que ha recorrido su legado con rigor y afecto— ha quedado clara una verdad incómoda: la paz total requiere salud total. No como eslogan, sino como política viva. El fallecimiento de Ana María es un grito que interpela a todos los niveles del Estado: sin garantías reales de derechos, la memoria es testimonio de abandono y, en su memoria y para la memoria, que su sacrificio también sea semilla.
Ana María alcanza esa paz que no depende de decretos ni presupuestos. Su nombre queda escrito en los lugares donde se siembra esperanza. A quienes seguimos aquí, nos queda la responsabilidad de que su muerte no sea una nota de prensa pasajera o un tema para la columna de opinión, sino una convocatoria ética permanente: que nunca más alguien deba rogar por vivir. Paz, descanso, memoria y no repetición.










