Columna de opinión de Felipe Antonio Zarruk

Esta frase la soltó Jefferson Mena, el capitán del Atlético Bucaramanga, en pleno partido cuando la lluvia no se detenía y estaban bajo un intenso aguacero de goles que destapó el Santa Fe en menos de cinco minutos. Los dirigidos por Pablo Peirano perdían dos a uno el encuentro ese 15 de junio, era tarde, les había cogido la noche.
Pero tan pronto empató Millán, el público bogotano reanimó al onceno cardenal, que inmediatamente se encontró con una pena máxima bien sancionada por el vallecaucano Carlos Betancur.
Luego de la ejecución de Rodríguez, el capitán de los ‘Dudaboys’ miró al cielo y le hizo una petición a Dios.
“Ya se me habían escapado varias estrellas con el Medellín, pero una vez le pedí eso, sentí una tranquilidad impresionante. El pecho se me infló, algo me cayó del cielo, algo que nunca sentí en mi vida”, dijo Mena.
La lluvia mojó su rostro de ébano curtido por el sol de Apartadó, la tierra que lo vio nacer junto a sus seis hermanos. Todos los hijos varones de don Edgar y doña Cándida Rosa jugaron fútbol profesional. Yorleys, Jhonny, Yaison, Yair y él. Las únicas que no jugaron fueron sus hermanas mayores Yarlenis y Yoleida.
Jefferson empezó a recordar su infancia llena de felicidad en una de las canchas de la Capital Bananera de Colombia. Practicaban fútbol con 32 grados de temperatura “y mientras mis papás trabajaban, nosotros éramos felices. Pipe, no nos sobró nada, tampoco nos faltó algo”.
Don Edgar laboraba en una empresa de metalmecánica y sus hijos eran de hierro, de acero, como los nervios del capitán del Atlético, quien cuando tuvo que ir a cobrar, recorrió esos 45 metros que lo separaban del punto blanco del penal y antes de patear pensó en Dudamel, ese noble yaracuyano quien le dijo a Jaime Elías Quintero: “No dejes que se vaya Mena, ¡lo necesito! Eso fue después del partido que le ganamos al América en Cali”.
El zaguero central veía de frente el rostro del amor de su vida, Jennifer Agudelo y a su lado estaban Nicolás y Valeria, sus hijos. Es por ellos que juega y se rompe el alma en cada rechazo, en cada cierre; Mena se convirtió en el ángel guardián de Quintana, de sus compañeros, de sus hermanos, esos que la vida le regaló dentro de un vestuario y de una concentración. Escuchó los gritos de los hinchas del Bucaramanga; sus oídos se cerraron ante los silbidos de la fanaticada rival. Ejecutó el penal con maestría, cruzó la pelota arriba, el balón fue a dormir en donde las arañas toman chocolate caliente.
El exjugador del DIM, Águilas, Barcelona de Ecuador, Aldosivi de Argentina y del New York City, miró a Quintana y éste tenía el rostro brillante, no sonreía, estaba concentrado. “Cuando Aldair desvió el cobro, me sentí liviano, corrí como loco, miré al cielo, le di las gracias a Dios”.
Llegué a la cancha y me lo encontré, estaba solo, lo felicité por su cumpleaños, por el título, nos abrazamos y mis zapatos se hundieron en la cancha del Campín, mis medias quedaron empapadas.
Estaba abrazando al capitán, qué importaba. En el avión de regreso, Nicolás Tarazona me hizo hablar en pleno vuelo, me dirigí hasta donde estaba su esposa Jennifer y le dije lo que pensábamos de Jefferson.
Nos pagó con unas lágrimas que causaron turbulencia sentimental. Cuando el avión se empezó a mover pensé: “¡Señor, otra vez no!” Me senté, ya habíamos aterrizado, éramos campeones del fútbol colombiano.












