domingo 13 de octubre de 2019 - 12:00 AM

Un dolor para siempre

Siempre se afirmó por parte de las autoridades que habían muerto 4 personas, una cifra si se quiere mentirosa y por salir del paso, ante semejante masacre ocurrida frente a nosotros
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Columna de
Felipe Zarruk

Hace dos días se cumplieron 38 años de la tragedia del estadio Alfonso López durante el partido de fútbol entre Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla, cuyo marcador final fue 2 goles por uno a favor del onceno “tiburón” y el saldo de víctimas superó las 30 personas, incluyendo varios desaparecidos y cientos de heridos.

Siempre se afirmó por parte de las autoridades que habían muerto cuatro personas, una cifra si se quiere mentirosa y por salir del paso, ante semejante masacre ocurrida frente a nosotros, en la tarde más sangrienta en la historia de nuestro balompié y por cuyo crimen nadie respondió durante el cuestionado gobierno de Julio César Turbay Ayala.

Durante años nos dedicamos a entrevistar personas que asistieron ese fatídico 11 de octubre de 1981 al máximo escenario de los santandereanos y todos sin excepción señalaron al piquete de soldados de los batallones cercanos al estadio, quienes se acababan de bajar de unos camiones y los cuales venían de patrullar las zonas del Carare Opón.

Es cierto que el partido se descontroló por un arbitraje bastante desajustado del juez bogotano Eduardo Peña y por un gol de Tutino que la gente creía había sido en fuera de juego. Como me lo dijo Juan Carlos “Nene” Díaz, “¡la pasión se desbordó ese día y la gente estaba en su límite por la campaña tan linda que había hecho el equipo!”.

Los hinchas que habían colmado el estadio habían ingerido licor desde la noche anterior y la hecatombe se armó cuando no le pitaron un penal a Frascuelli, a quien derriban en el área y el loco Saturno toma la pelota con la mano y la pone en el punto blanco. Peña sancionó mano del atacante búcaro y allí ardió Roma. La gente rompió las mallas, ingresó al terreno de juego, perseguían a Eduardo Peña, a los jugadores del cuadro barranquillero y hace un par de meses el volante Fernando Fiorillo me confesó que él y unos compañeros, estando en el centro del terreno de juego protegidos por el Ejército, escucharon a un capitán dar la orden de abrir fuego contra la turba enardecida.

Y ni qué decir de lo que me narró el entrenador y periodista Alberto ‘Coco’ Forero, quien manifestó haber salido del estadio a los empujones por parte de varios militares integrantes de ese pelotón de reacción quienes inclusive les taparon el rostro a algunos integrantes de la prensa deportiva y los sacaron del estadio.

Dice Alberto que “¡Si no me encontré 15, 20 muertos, no me encontré nada!”. La Dimayor en cabeza de Jaime Castro, la fuerza pública y el Gobierno Nacional siempre culparon a los hinchas del Bucaramanga y todo el mundo evadió la responsabilidad de aquella masacre.

El inmolado líder Luis Carlos Galán, por aquella época senador de la República, citó a debate al ministro de Defensa, general Luis Carlos Camacho Leyva y él no asistió. Los dejó plantados, nadie dio la cara, nunca hubo condenados. La nación pagó un dinero a familiares de 3 o 4 víctimas pero hasta ahí.

Sería bueno que 38 años después alguien pida perdón a los familiares de las personas asesinadas y se intente cerrar una herida que causa dolor cada vez que recordamos ese macabro episodio. Y para que le laven el honor a un hincha del Bucaramanga como Germán Martínez, el hijo de doña Rosita y hermano del ‘Ciego’ Alejandro, gente buena del barrio La Victoria a quien tildaron de terrorista, el cual terminó con su pecho destrozado por dos balas de fusil G-3. Sería bueno que lo hicieran. Nostálgico abrazo.

Chao y hasta la próxima.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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