Publicado por: José Manuel Acevedo
Esta semana con motivo de una repudiable amenaza que recibió la excongresista Piedad Córdoba, surgió en el país el debate de quiénes son las tales Águilas Negras que le enviaron un ramo mortuorio a la líder política.
Mientras el Ministro del Interior sostuvo al mejor estilo santista que las tales Águilas Negras no existen, el Vicefiscal General Jorge Perdomo, advirtió en una entrevista radial que el ente investigador no podría afirmar con la contundencia del doctor Cristo que no hubiese un grupo al margen de la ley organizado bajo esa denominación.
Otros, como el analista Jorge Restrepo de la mesa de trabajo de RCN La Radio, aseguran que es muy difícil hablar de unas estructuras coordinadas y que más bien el rótulo de Águilas Negras se asimila a una franquicia que usan muchos para amedrentar a sus víctimas o cometer ilícitos relacionados con la extorsión, sobre todo.
Como sea, la amenaza de las supuestas Águilas Negras simboliza en todo su esplendor el nuevo reto que, en materia de seguridad, afrontan la policía y el Ejército y que será todavía más evidente si se concreta un acuerdo de paz con las Farc.
Se trata de grupos indeterminados sin ninguna justificación política, que dan golpes y se repliegan estratégicamente y que no están interesados en meterse en combates tradicionales con las fuerzas legítimas del Estado pero sí en el uso de métodos terroristas para hacerse notar.
No son ni serán lo que los organismos de seguridad acostumbran a llamar delincuencia común porque sus formas de crimen son mucho más sofisticadas que eso.
La pregunta entonces es si el Estado ha tomado conciencia de este viraje en materia de seguridad y está listo para enfrentar esos nuevos desafíos.
Las tales Águilas Negras, coordinadas o no, unificadas o dispersas, son una realidad que el Gobierno tendrá que ir entendiendo en su justa dimensión para que el posconflicto no se les salga de las manos y terminemos con un papel firmado pero sin una paz real.
Las tales ‘Águilas Negras’ o lo que ellas en el fondo representan, sí existen, señor Ministro. Negarlo no es precisamente la mejor solución.











