La reciente carta de la médica Paola Andrea Kafury dirigida al presidente Gustavo Petro no es, como ella misma advierte, una súplica ni una queja. Es una denuncia frontal; un pronunciamiento que recoge el malestar de un sector del cuerpo médico frente a lo que considera un discurso estigmatizante y una gestión fallida del sistema de salud. El detonante fueron las declaraciones del mandatario en Medellín, en las que cuestionó la calidad de la medicina en Colombia, atribuyéndola a un supuesto sesgo de clase en la formación profesional. Para Kafury, estas palabras no son un desliz retórico, sino la manifestación de una visión ideológica que desprecia el mérito, la formación académica y la excelencia científica.
La carta plantea un contraste entre la narrativa presidencial y la realidad cotidiana de los médicos: jornadas extenuantes, escasez de recursos y la carga emocional de enfrentar pérdidas evitables. En ese escenario, la autora reivindica el ejercicio médico como un acto de resistencia ética, sostenido más por vocación que por respaldo institucional.
Kafury sostiene que, bajo la actual administración, se ha acelerado el cierre de hospitales y la desaparición de servicios esenciales como obstetricia, cuidados intensivos y atención neonatal. Advierte que estas decisiones estarían restringiendo el acceso a la atención médica, especialmente en poblaciones vulnerables, y rechaza que la responsabilidad recaiga sobre los profesionales de la salud.
Plantea que no se trata de errores administrativos ni de desconocimiento técnico, sino de un “desmantelamiento deliberado” impulsado por una agenda ideológica. Existe una creciente desconexión entre el poder ejecutivo y distintos sectores sociales —incluidos médicos, académicos y profesionales— a quienes se les resta legitimidad, lo cual viene acompañado de una crítica al tono confrontacional del discurso político, percibido como una tendencia a sustituir el conocimiento técnico por consignas. La pérdida de confianza no ha sido impuesta desde la oposición, sino que responde a las propias decisiones, declaraciones y actitudes del mandatario.
El documento, en suma, articula tres críticas centrales: un discurso presidencial que deslegitima al profesional de la salud, una gestión que —según la autora— debilita la estructura del sistema sanitario, y un estilo de liderazgo percibido como confrontacional y excluyente. Más allá de la postura política, la carta evidencia una fractura entre el Gobierno y sectores clave del talento humano en salud, en un contexto donde las tensiones acumuladas ya no se expresan en silencio, sino en denuncias abiertas.
Porque, en última instancia, lo que está en juego no es solo el tono del debate público ni la narrativa del poder, sino la capacidad real del sistema de salud para responder a quienes dependen de él. Y en ese terreno, las consecuencias siempre terminan siendo profundamente concretas. Recomiendo su lectura; es de exquisita prosa y, aunque es un poco larga —lo cual le resta practicidad—, bien vale la pena intentarlo.












