lunes 16 de diciembre de 2019 - 12:00 AM

Cuando no leemos ni una estampilla

Así es fácil preguntarse, en-tonces, cómo puede existir lec-tura en un país que tiene como referente filosófico a Coelho, Londoño o Arjona; cultural a Marbelle, Maluma, Silvestre, el Charrito Negro o Amparo Grisales.
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Columna de
Puno Ardila

¿Por qué Colombia ocupó nuevamente un lugar tan bajo —y peor— en las pruebas Pisa?, le pregunté al profesor Gregorio Montebell.

Es la lógica —me respondió—, y cada vez el nivel de los estudiantes colombianos estará más bajo, hasta que se toque fondo.

¿Pero cuál es la lógica del asunto?, insistí.

Preste atención —me explicó—: una nación como la nuestra debe mantenerse en bajos niveles de comprensión de lectura para que los propósitos de los gobernantes puedan llegar a conseguirse. Así, como todos sabemos, cuando se llama a elecciones, puede decirse casi con certeza quiénes serán los elegidos, porque cada voto tiene detrás ignorancia y necesidad, y las maquinarias funcionan de esta manera. Si nuestra democracia estuviera fundamentada en un pueblo con capacidad de lectura, otro gallo nos cantara; si cada voto tuviera detrás un cerebro activo y lector, otros serían los escogidos.

Pero la gente ni lee..., repliqué.

¡Claro!, la gente no lee libros, ni periódicos, ni revistas, ni nada que tenga texto escrito, excepto las cadenas en las redes sociales (siempre que el texto sea de un par de cientos de palabras, como máximo). Pero la lectura no solo se hace de textos escritos: el bombardeo de mensajes, de memes, de imágenes que llegan por las redes sociales conlleva una lectura; los mensajes de los “influenciadores” conllevan una lectura; la publicidad, la televisión con su terrible programación, los noticieros, el cine, la música... todo conlleva una lectura.

Entonces, fíjese usted que el pueblo colombiano está guiado por quienes manejan las cosas aquí, a partir de “símbolos” creados por ellos mismos, y apoyados por los mismos medios, para que la lectura sea no-lectura.

Así es fácil preguntarse, entonces, cómo puede existir lectura en un país que tiene como referente filosófico a Coelho, Londoño o Arjona; cultural a Marbelle, Maluma, Silvestre, el Charrito Negro o Amparo Grisales; de la moda a James, Norberto, De la Espriella o la primera dama (por cierto, ¿cómo se llama?); periodístico a Morales o Nassar; político a Mejía, Cabal, Uribe o Valencia; o como presidente a este que tenemos (por cierto, ¿cómo se llama?).

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