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Editorial
Lunes 30 de marzo de 2026 - 01:00 AM

Santander debe atender su problema de desnutrición

Publicado por: Editorial

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La desnutrición infantil en Santander no es otra cosa que la expresión de fallas estructurales antiguas y profundas que hacen que, por insólito que parezca, que en pleno siglo XXI los niños sigan viendo comprometido su desarrollo físico y cognitivo por causas que, en esencia, son prevenibles, pero que se mantienen tercamente en nuestra realidad por causas múltiples, pero que básicamente apuntan a la inequidad histórica que hemos experimentado.

Lo ocurrido recientemente en el departamento, con casos que incluso han terminado en muerte, es una manifestación más de un problema que ha echado raíces durante décadas, pues la desnutrición no aparece de la noche a la mañana, sino que se gesta en hogares donde la pobreza y la falta de oportunidades se convierten en rutina. Es allí donde el Estado ha llegado tarde o, peor aún, donde nunca ha llegado con la contundencia necesaria.

Reducir la explicación de esta tragedia a la simple falta de alimentos es un error que ha costado demasiado caro, porque en realidad, la desnutrición infantil responde a múltiples factores que incluyen el acceso limitado a servicios de salud, la carencia de agua potable, las deficiencias en educación y la inestabilidad económica de miles de familias.

En Santander, los registros recientes sobre desnutrición aguda en menores de cinco años son alarmantes y aunque se han reportado avances en algunos indicadores, estos resultan insuficientes frente a la magnitud del desafío. La persistencia de cientos de casos anuales evidencia que las medidas adoptadas hasta ahora carecen de la eficacia, la profundidad y la sostenibilidad requeridas, pues no se trata de alcanzar reducciones parciales, sino de erradicar una realidad que nunca debió darse.

Miles de hogares en el departamento enfrentan inseguridad alimentaria, lo que, como se dijo, implica no solo la falta de comida, sino la ausencia de una alimentación adecuada y nutritiva, condición que, sumada a la carencia de ingresos estables y a las limitaciones en el acceso a servicios básicos, perpetúa las circunstancias que condenan a las nuevas generaciones a repetir la misma historia.

Es un hecho también que las brechas sociales aumentan el riesgo de desnutrición en los niños, evidenciando una desigualdad estructural que sigue sin ser atendida con la urgencia que amerita. Ignorar este factor es cerrar los ojos ante una de las raíces más profundas del problema.

Está claro también que un niño mal nutrido tiene mayores dificultades para aprender, para desarrollarse plenamente y, eventualmente, para aportar al crecimiento social y económico de su entorno. Se trata, en consecuencia, de un problema que trasciende lo individual y se convierte en una debilidad colectiva.

Ante esto, es urgente que los programas oficiales sean ampliados y fortalecidos, ya que no basta con intervenciones puntuales ni programas temporales. Se requiere una política pública fundamentada, sostenida en el tiempo, que articule a todos los actores y ataque las causas estructurales de la desnutrición. La infancia en Santander exige acciones decididas, coordinadas y eficaces, pues cada día que pasa sin soluciones de fondo es una oportunidad que se pierde para garantizar el derecho básico de crecer con dignidad.

Publicado por: Editorial

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