Publicado por: Editorial
El fenómeno de El Niño ya está presente en Colombia y el Ideam ha confirmado, con una probabilidad superior al 95 %, que este evento no solo persistirá, sino que se fortalecerá a medida que avance el segundo semestre del año, con proyecciones de emergencia nacional hacia los meses de octubre a diciembre y una probabilidad del 81 % de que alcance una intensidad desproporcionada, lo cual constituye una advertencia concluyente que las autoridades municipales, departamentales y nacionales, así como la ciudadanía, deben asumir con absoluta seriedad.
Los expertos han dicho que se esperan precipitaciones por debajo de lo normal en gran parte del territorio colombiano, con déficits particularmente críticos en las regiones Andina y Caribe, lo que implica una disminución sustancial del agua disponible, como resultado de un aumento considerable de las temperaturas que se prolongará hasta el primer trimestre de 2027 y una presión inédita sobre los sistemas que sostienen la vida de todas las especies.
Departamentos como La Guajira, Córdoba y Antioquia, junto con vastas zonas urbanas y rurales de las regiones Caribe y Andina, donde nos encontramos, se perfilan como los focos de mayor vulnerabilidad ante el desabastecimiento hídrico, aunque, en realidad, el riesgo no se limita a esas regiones, porque todo el sistema nacional se ve amenazado. La presión sobre los embalses y la generación de energía hidroeléctrica es inminente, y los posibles impactos en la seguridad alimentaria y en el suministro de agua potable deben ser atendidos con la previsión y la urgencia que requiere una crisis de esta magnitud.
Esta indeseable y angustiante situación es nada menos que un reflejo de la relación depredadora que la humanidad ha mantenido con el planeta, con la emisión incesante de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono y el metano, que retienen el calor en la atmósfera y calientan los océanos, lo que se hace más crítico en el Pacífico.
Asimismo, la deforestación masiva también ha reducido drásticamente la capacidad de la Tierra para absorber el carbono, alterando la humedad local y los ciclos de lluvia. La contaminación generalizada y la dinámica de las ciudades, por otra parte, contribuyen a modificar la atmósfera y la nubosidad, a lo cual se suma la explotación desmedida de los recursos naturales, que ha degradado el suelo y la resiliencia de los ecosistemas. Somos, sin duda, parte activa de la situación que ahora nos amenaza.
En el ámbito local, la alerta es igualmente severa. En Bucaramanga ya se ha activado el principio de precaución ante los pronósticos para este segundo semestre, aunque el riesgo se extiende a toda la región, con aumentos extremos de temperatura, disminución del caudal de ríos y quebradas y un peligro latente de incendios forestales en la meseta y en múltiples zonas del departamento, lo que hace necesario que se mantengan las regulaciones extraordinarias y los planes de contingencia en todos los municipios.
Es determinante que la sociedad colombiana entienda que el cambio climático no es un asunto ajeno a su realidad, sino un hecho científico que ya está incidiendo en nuestra calidad de vida, en nuestra economía y en nuestra seguridad. La ocurrencia de fenómenos como El Niño, potenciados por nuestra propia actividad contaminante, exige que los asumamos como parte de una nueva realidad que debemos enfrentar.
El desafío para el gobierno nacional que está por comenzar es colosal y debe enfrentarlo desde el primer minuto, pues las acciones que se tomen ahora son las que tendrán mejores resultados cuando, en el último trimestre de este año, tengamos el pico más crítico. Pero también es necesario que cada ciudadano, en la comunidad, en el aparato productivo o en el hogar, asuma la responsabilidad de conservar el agua, reducir su huella de carbono y entender que tenemos que empezar cuanto antes a ser responsables con el planeta.










