
Publicado por: Editorial
Nuevamente la noche de las velitas se convirtió en tragedia para cinco familias, en las que alguno de sus miembros terminó quemado por la pólvora, un elemento en extremo peligroso y nocivo en varios sentidos, que ha resultado imposible de controlar, y tanto menos erradicar, en las festividades navideñas especialmente. El alcalde de Bucaramanga, nuevamente este noviembre, como tantas veces desde hace décadas, emitió un decreto prohibiendo su “uso, distribución, fabricación, almacenamiento y comercialización”, pero, también como hace décadas, la norma se convirtió en rey de burlas tan pronto comenzó diciembre. Ni un solo día se ha respetado lo ordenado y, por el contrario, este parece ser un año en el que la gente en muchos sentidos quiere desquitarse del confinamiento parcial en que pasó la Navidad y el fin de año anterior.
La noche de las velitas, que por su origen y tradición católica, corresponde a la concepción inmaculada de la vírgen María y debería ser, por su sentido, una celebración más orientada al recogimiento, se ha trastocado hasta ser una noche de reunión familiar, sí, pero acompañada de fiesta, trago y pólvora. Pues la última de estas ruidosas celebraciones dejó en el departamento cinco personas quemadas, cuatro de ellas en el área metropolitana, y entre estos heridos uno fue un menor de edad que terminó con heridas en sus manos y sus ojos.
Es importante entonces que las administraciones municipales, especialmente de Bucaramanga y el área reconozcan su incapacidad en controlar el uso de la pólvora, ya que en estos primeros días del mes lo que estamos viendo y oyendo es quema de pólvora y, como lo registramos ya, el balance doloroso de los primeros heridos por esta causa. La sensación que está quedando es la de que los decretos prohibitivos de esta peligrosa costumbre están haciéndose más para el registro de los medios que para realmente proteger a la comunidad: es lo que indican los resultados hasta el momento.
Una vez más, en este caso como en tantos otros, los gobiernos actúan automáticamente, con medidas fracasadas sobre coyunturas recurrentes. No se advierte una intención real de combatir el “uso, distribución, fabricación, almacenamiento y comercialización” de pólvora pues esta se oye estallar en los cuatro puntos cardinales del área metropolitana, sin que se produzcan las incautaciones, las sanciones, los sellamientos, etc, que deberían derivarse de la conducta de los ciudadanos que contravienen la norma por lo que, de no cambiar la actitud oficial, deberíamos prepararnos para afrontar un diciembre trágico, además de estruendoso.











