En la vereda Campo 45 del corregimiento El Centro, en Barrancabermeja, estudiantes de primaria cultivan sus propios frutos y los transforman en productos agroindustriales. De este proceso han surgido dos emprendimientos escolares: pepinillos agridulces y vikingos artesanales.

Publicado por: Lesly Adriana Cifuentes
Una licuadora prestada, guanábanas y mangos maduros, además de las pequeñas manos de estudiantes que aprendieron haciendo: así comenzó la historia de los vikingos artesanales y los pepinillos agridulces que hoy producen niños de primaria de la Escuela Campo 45, sede rural de la Institución Educativa Los Laureles, ubicada en el corregimiento El Centro de Barrancabermeja.
La iniciativa no se trata de simples recetas, es un proyecto educativo que ha logrado transformar la tradicional huerta escolar en un espacio de formación en agroindustria, emprendimiento y arraigo al territorio. Le sugerimos: La UBPD estrena sede en Barrancabermeja: estos son los servicios que prestará
Karen Andrea Guarín, docente líder del proyecto, cuenta que todo empezó como un experimento pedagógico, que consistía en aprovechar los productos de la huerta para enseñar desde la práctica. Pero el entusiasmo de docentes y estudiantes llevaron la iniciativa a otro nivel; en la actualidad niñas y niños no solo cultivan los alimentos, sino que los transforman y los venden.

“Toda buena idea empieza desde lo más mínimo, poder garantizar toda esa parte de herramientas. Por ejemplo, aquí para la producción, nosotras traemos lo que tenemos en la casa, que la licuadora, que todas esas cosas. Y la idea es poder contar con el espacio, contar con los implementos que nos lleve a mejorar la productividad, generar mayor calidad y obviamente siempre se haga dentro de los parámetros de saneamiento”, relató la docente. Vea también: ¡Barrancabermeja repite corona! Paula Giovanna González, la nueva Señorita Santander
Los productos elaborados son el resultado de un proceso pedagógico integral, donde cada estudiante participa de diferentes etapas que van desde la siembra y recolección, hasta la transformación de los alimentos, el empaque y la comercialización. En este proceso no solo aprenden técnicas agroindustriales, sino también valores como el trabajo en equipo, la responsabilidad y la creatividad.
“Hace un año nació el fortalecimiento de la huerta, este año quisimos llevarlo a otro nivel, buscando que nuestros 40 niños de la sede Campo 45 vieran en la huerta una posibilidad para emprender”, aseguró la docente. Le recomendamos:Minsalud entregó vehículos médicos para Puerto Wilches, pero urge tener una ambulancia fluvial

La propuesta hace parte de los Centros de Interés, una estrategia del Ministerio de Educación implementada en 17 colegios oficiales de Barrancabermeja, que tiene como objetivo que los estudiantes desarrollen habilidades creativas, de resolución de problemas y pensamiento crítico, así como competencias en ciencia, tecnología e innovación.
“Nos sentimos orgullosos de este trabajo en Campo 45. La huerta escolar ha sido un ejemplo significativo que conecta la educación con el entorno y con la vida”, expresó Rocío Aldana Ahumada, directora de Calidad Educativa de la Secretaría de Educación de Barrancabermeja. Vea también:San Vicente de Chucurí se prepara para celebrar el Festival del Cacao 2025
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El equipo docente también proyecta que esta experiencia vaya más allá de las aulas de clases. Según explicó Karen Guarín, una de las metas es establecer alianzas estratégicas con universidades que trabajen en el campo de la agroindustria, para que el proyecto no solo se fortalezca en la parte técnica, sino que permita dar continuidad a los procesos formativos.

Así se hacen los productos
La huerta escolar de la institución educativa Campo 45 ya tiene dos líneas de productos que están siendo comercializados: los vikingos artesanales y los pepinillos agridulces.
La preparación de los vikingos, por ejemplo, se hace con base en un proceso sencillo que inicia en la tierra: los estudiantes siembran mangos y guanábanas en la huerta escolar. Con la cosecha, aprenden a transformarlos en productos alimenticios con valor agregado.
“Para preparar los vikingos En los vikingos se hacen abriendo las guanábanas, se abren y las despejan, les sacan las pepitas y les sacan la concha y las meten a la licuadora. Luego les echan leche en polvo. Eso lo metemos en bolsitas, lo congelamos y lo vendemos”, explicó Hian Andrés Díaz, estudiante que participa en el proyecto.

En el caso de los pepinillos, luego de la cosecha, el proceso va desde lavarlos, cortarlos, macerarlos y conservarlos en una mezcla agridulce. “Todo esto lo hacemos con amor y aparte de lo que aprendo en mi aula de clase, este proyecto me ayuda a emprender lo que me da la tierra”, contó Sofía Romero, estudiante.
La experiencia también ha comenzado a replicarse fuera del aula. Según cuenta la docente Marta Lizarazo, varios estudiantes han llevado plantas a sus casas y ahora las cultivan junto a sus familias. “La mayoría de los niños tienen buen terreno en sus hogares. Han llevado maticas desde la escuela, las siembran allá, y eso ya es un pensamiento productivo. No solo para ellos, también para las familias de la comunidad”, expresó.

















