domingo 13 de octubre de 2019 - 12:00 AM

Conozca al santandereano que lleva más de 20 años tejiendo la vida con sus manos

Las sillas de mimbre son apetecidas por este artesano de 65 años. Lleva más de dos décadas trabajando en más que un oficio, su pasión. Alfonso Correa contó su historia a Vanguardia.
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Alfonso Correa Porras solo estudió hasta quinto de primaria; por eso cada cosa en su vida la ha aprendido empíricamente: a tejer sillas con mimbre y a entrenar equipos de futbol. Así formó un hogar, crió a dos hijos y hoy vive tranquilamente en un barrio de Socorro que lleva el nombre de la canción más famosa del desaparecido cantautor José A. Morales, Pueblito Viejo.

No se equivoquen. Alfonso puede parecer serio y hasta malhumorado, pero se desarma saludando cariñosamente, invitando a conocer su casa y presentando orgulloso a Luz Villarreal, su esposa.

La historia de este hombre la conocen pocos en las provincias Comunera y Guanentina, aunque muchos reconocen su trabajo.

Hace 20 de sus 65 años de edad teje sillas de hierro y madera con mimbre: “mi mayor escuela ha sido la vida que me lo ha dado todo. He aprendido a hacer arte incluso desde antes que fuera considerado como tal. Hoy en día las sillas con mimbre son muy apetecidas para uso en restaurantes, hoteles, bares y casas. Hace varias décadas era el único material con el que se trabajaban los muebles. Luego vinieron distintos tipos de telas y cueros, pero una vez más están a la vanguardia de la moda en decoración”.

Correa Porras hace su trabajo desde cuando las sillas eran casi inmovibles por el peso del hierro y aquel momento en que el mimbre era natural y lo llamaban “paja italiana”.

Hoy en día el mimbre es plástico, aunque tiene la misma apariencia y color del original. “Se trata de un trabajo de 5 ó 6 horas que uno debe dedicar con mucha paciencia y sabiduría. Primero para lograr la figura deseada y el tamaño de los huecos, todos perfectos. Pero uno garantiza que es un elemento que le va a durar a la persona unos 30 años”, explica.

El mimbre es un tanto rígido y complejo de manejar. Por eso las manos de Alfonso tienen algunas marcas que los crueles bordes de este material le han dejado. Él ya no necesita un bosquejo; basta con que se imagine el resultado y fácilmente lo consigue.

No tiene horario, pero cumple como si lo tuviera. Dijo a Vanguardia que gracias a Dios nunca ha pasado un solo día sin que lo contacten y necesiten de sus servicios. Todos los días se levanta a las 5:00 de la mañana y termina su jornada a las 6:00 de la tarde. Para él es sagrado compartir la mesa con su esposa y llamar a sus hijos al menos una o dos veces al día: Marleidys vive en Puerto Rico y es contadora pública. Jorman Fredy, es docente y reside en Venezuela hace varios años. “Me lo ha dado todo. Este trabajo no es un sacrificio para mí. Todo lo contrario. Para descansar me distraído con el deporte. Juego futbol y tengo dos equipos: uno de hombres de los 50 a 60 años y otro de 60 años en adelante”, comenta.

No se queja, tiene todo lo que ha querido y hasta lo que no imaginó. Vive viajando para un lado y para otro porque lo buscan en Barichara, Villanueva, Mogotes, Guadalupe, Chima, Contratación, San Gil, Curtití, Socorro, entre otros.

“A mí la vida nunca me permitió planear nada. Todo se fue dando como el destino lo dispuso y que así sea hasta el día en que Dios diga ya no más. Estoy agradecido y me da gusto el hecho de que mi trabajo hoy en día es muy valorado como un arte, como una tradición”, expresa.

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