El arte de enrollar tabaco se mantiene vivo en Santander. Conozca cómo se hacen los tabacos de exportación en Barichara. Manos expertas, tradición familiar y trabajo femenino sostienen un oficio que resiste al paso del tiempo.

Publicado por: Giselle Yuliana Jejen Herrera
Doña Leonor Ortiz Ardila empieza antes de que el calor y el sol brillante se contemple del todo. A las 7:30 de la mañana ya está abriendo las puertas de la empresa, lugar donde trabaja, acomodando el silencio del lugar y repartiendo, una a una, su material de hojas de tabaco en las manos de las demás trabajadoras, como quien repite un ritual aprendido hace años.
El aire, a esa hora, ya viene repleto de ese aroma particular del tabaco que lo caracteriza; algo complejo y cálido, con una profundidad que se logra percibir entre lo dulce con lo terroso. Es como si en cada hoja seca convivieran notas de madera, heno, miel o hasta frutos guardados en el tiempo. Es ese olor que se convirtió en algo casi íntimo que envuelve el taller de trabajo, marcando el ritmo del día.
Desde ahí, entre hojas y aromas, cumple jornadas de más de nueve horas entre semana y medias jornadas los sábados. En ese tiempo, las manos no descansan: conocen el oficio desde antes de tener memoria y empiezan por escoger la hoja, sin medirla por su tamaño, pero sí por su integridad, completas y sin quiebres.

De esas hojas, que vienen de la tierra de los Montes de María, Villanueva y Barichara, entre otros, y recorren manos que heredan las costumbres, se sostiene una tradición que ha atravesado generaciones y que, desde la época de la Colonia, cuando comenzó la producción comercial de tabaco en el país, ha logrado impulsar la economía de amplias zonas del departamento, donde el tabaco sostuvo a familias.
Durante años, no fueron pocas; miles de hogares campesinos crecieron dependiendo del tabaco que secaban al sol, familias enteras que medían el tiempo entre cosechas y que encontraban en el tabaco no solo trabajo, sino la certeza de ingresos en medio del campo.
Y en Santander hubo épocas en que decenas de miles de familias vivían directa o indirectamente de este cultivo, como si cada surco fuera también una forma de resistencia. Sin embargo, desde 2019, ese pulso empezó a debilitarse: la reducción de contratos por parte de multinacionales, la caída del consumo y la falta de apoyo al sector provocaron un declive que obligó a muchas familias a dejar el tabaco por otros cultivos.

Lo que durante décadas sostuvo al campo y que en municipios como Girón, por ejemplo, al menos tres mil familias llegaron a depender directamente de su siembra. Hoy este oficio se resiste en menor escala, sostenido por pequeños productores y procesos artesanales.
Otra historia ocurre en Barichara. Entre calles de piedra, muros de tapia pisada y fachadas de un amarillo que la caracteriza, las casas blancas sostienen una calma que parece eterna. Pero a pocos pasos de esa quietud, hay un lugar donde ocurre lo contrario. Dentro de una pequeña fábrica, las manos no paran. Ahí, el tiempo no alcanza.
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”Yo nací entre los surcos”, dice Leonor. Con una sonrisa tranquila y ese orgullo patiamarillo que no necesita explicación. Quien alcanzó a inculcarle a sus tres hijos lo que fue vivir entre hojas secas, verdes y semillas de tabaco.
No por nada, en Santander se llegaron a producir cerca de siete mil toneladas al año, cifra que convertía cada hoja en parte esencial de la economía regional. Aunque para muchos dejó de ser una realidad y se convirtió en recuerdo, no fue así para Leonor, quien creció en medio de ese auge. Sus padres y abuelos cultivaban tabaco y desde niña se apropió de un oficio que no se enseña en las aulas. Hoy en día, aún con 42 años de edad, revive en su entorno.

“En la noche nos sentábamos todos a ensartar, de seis hasta las diez, once de la noche. Esa era la vida y uno no veía la hora para crecer e ir a venderlo”, recuerda Leonor. En la actualidad, esos saberes encuentran una nueva forma de mantenerse vigente en una fábrica que, aunque pequeña y joven, trabaja con una idea clara: rescatar el valor del tabaco santandereano desde la calidad pura y la tradición.
Leonor llegó el 22 de mayo del 2024 a esta empresa y es la mujer más antigua de las siete que trabajan en este lugar. Asegura que ve su labor de torcedora como un recuerdo ancestral. “Es como revivir el trabajo de mis abuelos y mis padres”, afirma.
A pocos metros está su hija, Jennifer, de 23 años. Quien confirma lo trabajadora que es su madre: “Siempre ha luchado por darnos un buen ejemplo”. Mientras sus manos giran el tabaco con precisión, puede hacer entre 200 y 300 puros al día. Al mismo tiempo, también construye otro camino: estudia mercadeo y proyecta su futuro más allá del oficio. Ambas sostienen dos tiempos distintos: el de la tradición y el de las nuevas oportunidades.

Proceso de la elaboración de un puro con fuerza de mujer
El proceso que ocurre en la fábrica es apenas la etapa final de un trabajo que puede tardar meses e incluso años. Desde la siembra, el secado y la fermentación, hasta el armado manual, cada paso exige precisión.
Y en ese último momento, todo depende de las manos. Manos como las de Jazmín, firmes y a la vez cuidadosas, con una destreza continua que hipnotiza, pero que solo se logra dominar a través de años de experiencia. Tenía sus uñas cortas, limpias y sus dedos ligeramente marcados por el contacto repetido con las hojas. Aunque el ritmo sea constante, de su pulso depende que el puro quede parejo.
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Al tomar varias de las hojas secas y completas, se arma el bonche, explica. Mientras agrupa el tabaco y luego lo lleva a la máquina, de ahí empieza a salir el rollo compacto, definido. “Después se sella”, agrega Jazmín, mostrando una goma que no tiene sabor ni olor. Es un exudado natural, de origen vegetal, que se seca al aire, convirtiéndose en una masa cristalina, como el color de la silicona líquida. Lo más importante es que no es tóxica, ni altera el sabor de la hoja.

Los puros pasan entonces al prensado. Permanecen allí durante horas, alrededor de tres. Aún así, en ese aparente descanso, requieren de su cuidado: cada cierto tiempo hay que girarlos. Arianna los revisa, los retira y pone otros nuevos. En este oficio, la precisión y el detalle marcan la diferencia. “Nosotras somos más delicadas”, ese toque se nota en cada puro, afirma.
En esta continuidad pasa a manos de la torcedora, “la capa es lo más importante”, añade Karina, quien tiene 23 años de edad y se siente orgullosa de ser parte de un equipo de trabajo de solo mujeres. En este paso se escoge la hoja más fina, la más limpia. Se le quitan las venas y la hoja, casi perfecta, se extiende para ser humedecida. Luego se envuelve el puro ya prensado y de la destreza y el pulso de la trabajadora depende que el puro quede parejo. “Este proceso exige delicadeza”, dice ella.
Ya con el toque preciso se le da su forma final, siendo la presentación definitiva para ser empacados y llevados a otra mesa. Allí, con papel celofán son enrollados en una cantidad de 50 unidades cada paquete. Con esto ya están listos para ser exportados.
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Y en esas precisas mesas se ve una escena que habla por sí sola: ellas son mujeres de distintas edades trabajando juntas. Madres cabeza de hogar, hijas, hermanas y compañeras que aprenden mirando y haciendo. Como Zaira y Mayra, que comparten el oficio de enrollar, o Ariana de veinte años, una de las más jóvenes, quien resume el ambiente laboral en una frase: “Aquí me siento segura y como en una familia”. Un hogar que no solo ha acogido a mujeres santandereanas, sino a personas de otras regiones. Ariana y Jazmín, por ejemplo, son hermanas migrantes de Venezuela, quienes se apropiaron y aprendieron el arte de enrollar tabaco.

A pasos, estaba Francis, uno de los socios sosteniendo un puro entre sus manos. Lo gira con cuidado, lo observa a contraluz y lo palpa como si buscara cualquier mínima imperfección. Posteriormente, se lo lleva a la boca, no lo aspira y más bien lo sostiene, dejándolo reposar antes de expulsarlo lentamente. “El puro le avisa a uno hasta dónde llegar”, dice.
Y es cierto, no se trata de terminarlo pronto, sino de ‘escucharlo’, porque cuando el sabor cambia, el color aprieta o el humo se vuelve más fuerte, en ese momento es el mismo tabaco el que marca un pare.
La escena es breve, pero suficiente para entender que aquí no hay margen de error y aquella dedicación ha permitido que los productos trasciendan fronteras. Desde este pequeño espacio en Barichara, los puros han llegado a países como Suiza, Alemania y Turquía, e incluso han sido reconocidos por publicaciones especializadas como Cigars Lover Magazine, una revista europea que reúne cada año a expertos que evalúan puros mediante catas a ciegas, donde no importa el nombre o país, sino el sabor diferencial.
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Es en ese escenario donde Bribón Cigars logró abrirse paso en el año 2025. Uno de sus puros alcanzó el quinto lugar dentro de la categoría “resto del mundo”, compitiendo con países como México, Brasil o Costa Rica, en una industria donde los grandes nombres suelen venir de otros territorios.
Sin embargo, el reconocimiento local aún es limitado. Muchos de los productos artesanales del departamento enfrentan el mismo desafío: son valorados afuera antes que en su propio territorio. A esto se suma que, en Colombia, cada vez son menos las personas que continúan con esta labor.

¿Qué tanto se está haciendo para preservar la tradición de enrollar tabaco?
Esa pregunta no se responde en cifras, sino en historias como la de Leonor. La suya también está atravesada por momentos de incertidumbre. Durante la pandemia, un viaje a Villavicencio se convirtió en una estancia obligada. Lejos de su tierra, tuvo que resistir hasta poder regresar.
Volver a Barichara a su tierra santandereana fue, en muchos sentidos, volver a empezar.
Hoy, el movimiento que se empieza a notar alrededor del tabaco en la región abre una posibilidad. Afuera de la fábrica, algunos patiamarillos pasan, se detienen, preguntan sin mucha vuelta si el tabaco está volviendo, si otra vez se puede sembrar, si hay forma de retomar lo que un día sostuvo al pueblo. “Sería una oportunidad muy grande para el pueblo y para Santander”, dice Jennifer. Puesto que muchos campesinos agricultores cultivan por cultura, aunque no tengan compradores.
Lo que ocurre en Bribón Cigars parte de un proceso amplio: el intento de recuperar una tradición que nunca desapareció del todo, pero que ahora busca un nuevo lugar en el presente. Para Leonor, el significado es más sencillo, pero también más profundo: “Para mí, esto es como un hogar más donde se aprecian mis presaberes”
Una casa donde el pasado y el presente se encuentran bajo la cultura y trabajo inculcado como pati amarillo y donde aquello que aprendió en la infancia cobra sentido, que como madre le muestra a su hija de dónde viene y lo que, aunque sea poco han logrado preservar.
Después de escucharla, queda claro que el tabaco en Santander no desapareció.
Y hoy, entre hojas, mesas y manos que no se detienen, empieza a tomar forma nuevamente, desde quienes nunca lo soltaron. Pero más allá de las cifras, el oficio sigue vivo como parte de lo que es el departamento: un saber que no solo se trabaja, sino que se hereda e intenta mantenerse como parte de su memoria. Pero que en medio de todo, son ellas, que sin decirlo mucho, las que siguen manteniendo vivo el oficio.
















