domingo 02 de febrero de 2020 - 12:00 AM

Juan Gabriel ‘Laucha’, el hombre que compite en la oscuridad

El campeón nacional en paratriatlón en los Juegos Nacionales 2019 es sangileño. Luego de un accidente que por poco acaba con su vida, se ha convertido en ejemplo para muchos. Dice que en él no hay espacio para la tristeza, que no mira para atrás y además que aún le falta mucho por dar.
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Juan Gabriel Espinel asegura que la vida le ha dado más de lo que él imaginó. Pese a su ceguera total, este hijo adoptivo de San Gil es un apasionado por el deporte, hace mandados, es guía turístico y dice tener un mapa mental del municipio que le permite hacer diligencias solo con la ayuda de su bastón. Le dijo a Vanguardia que los momentos duros en su niñez lo hicieron el hombre que es hoy y que no ha necesitado más que de su fuerza mental para salir adelante.

A Juan Gabriel, ‘Laucha’ como lo conocen los sangileños, su madre lo abandonó cuando apenas estaba empezando a caminar. No sabe exactamente dónde nació, ni en qué fecha, pues una mañana despertó en una finca en tierra guanentina y su mamá ya no estaba. Quedó solo, abandonado en medio de una familia donde, según dijo, lo maltrataban.

“Dicen que nací en el año 1985 en Bucaramanga. Pero no tengo registro civil para comprobarlo. Ahí cerca de donde mi mamá me dejó vivía un matrimonio de campesinos muy humildes. La señora María Isabel Gómez se dio cuenta de mi situación y me reclamó. Me prometió que nunca me faltaría un techo o un plato de comida y así ha sido hasta hoy”.

Allí creció y aprendió a trabajar en el pesado oficio del campo. Sembró café, taló espesas hierbas, tuvo ampollas por el azadón, cocinaba e incluso cuidó de una abuela durante varios años, hasta que a sus 11 quiso empezar a estudiar. Le daba curiosidad saber leer y escribir, pero su intento se interrumpió en tercero de primaria porque no tenía ningún tipo de documento que lo identificara.

“Como no pude estudiar me fui a un lugar de donde sacan arena para construcción. Me dieron trabajo, pero también me regañaban... y me la ganaba. Es que cerca había una zona plana y para mí era como una cancha de fútbol. Varias veces me pillaron allá. Ahí empezó ese gusto por el deporte”.

Gusto que se convirtió en una pasión. Con su 1,84 metros de estatura y contextura atlética, ‘Laucha’ tenía todo para competir: habilidad, destreza, resistencia y convicción.

La inscripción para su primera carrera se la regaló un amigo. Él llegó con una pantaloneta desteñida por el sol y el trabajo, y unos tenis blancos, de esos que parecen botas y son fabricados en tela. “Eran los más cómodos que tenía... y los únicos”, cuenta mientras se ríe.

El calor de las 9 de la mañana le hacía despegar del pavimento los zapatos. Estaba rodeado de gente que había entrenado durante mucho tiempo para este tipo de carreras y él apenas había corrido a orillas del Fonce.

“Mi entrenamiento fue la vida. Ese día quedé en tercero y me gané 50 mil pesos. Me pareció muy bueno porque era casi lo que me ganaba en 15 días de trabajo. En 25 minutos toda esa plata... un regalo”.

El estallido

A Juan Gabriel el recordar no lo lastima. Sigue igual de sereno, desenvuelto en su discurso y lo hace sin titubear.

Rememora ese miércoles como si fuera ayer. No había una sola nube ese día. Extrañó nadar en el río. Era bueno y por eso sus conocidos le decían así, porque “nadaba como una laucha”.

Un amigo cercano le pidió el favor que le ayudara a reventar piedras. Lo hacían con dinamita y electricidad para despejar el terreno en donde se construiría un barrio. Juan se encargaba de instalar el artefacto bajo las piedras y un operador a unos metros de distancia activaba la corriente. Recuerda que alguien gritó un saludo y en seguida se escuchó la fuerte detonación.

Sus quemaduras de tercer grado le dejaron varias cicatrices y una ceguera de por vida. “Desde el momento que abrí los ojos y hacía un esfuerzo por ver, entendí que todo había cambiado. Me preocupaba el hecho de que no podría trabajar. ¿Cómo iba a vivir? Mis nonos estuvieron ahí y una vez más me dijeron: mientras estemos vivos no le va a faltar un plato de comida, ni un techo donde vivir”.

Trabajo mental

Reconoce que nunca tuvo que pedir ayuda en sus oficios: ni para ir al baño, escoger su ropa e incluso calentar un agua de panela. Iba a la tienda del barrio, compraba algo para beber y escuchaba a los niños jugar, los carros cruzar e incluso los televisores de sus vecinos. También las ollas a presión terminando de cocinar algún sudado.

Dos adolescentes montaban bicicleta. Él movía una pierna impaciente; necesitaba moverse. Terminó su agua y con la botella vacía pidió a uno de ellos que la amarrara entre la llanta y el freno, lo que producía un ruido constante cuando estaba en movimiento. Al otro joven le dijo que por favor le prestara su cicla. “Pues me monté y al principio debí parecer un borracho. Pero me guie por el sonido del otro y le di una vuelta al barrio. Poco a poco me fui soltando y ahora ya hago ciclomontañismo y rutas por vía nacional, siempre acompañado por alguien”.

Adaptarse a su nueva vida le llevó menos de un par de meses. Dice que solo es trabajo mental, que las capacidades del ser humano son infinitas y las ganas de salir adelante aún más. Aunque parezca increíble, “Laucha” sigue trabajando como guía turístico, hace mandados, paga recibos y ha ahorrado dinero. Compró su propio apartamento en donde vive y arrienda a turistas los fines de semana y en temporada alta.

Se ha golpeado con ventanas abiertas, postes, espejos de vehículos parqueados; siente que “el mundo se le va” cuando no localiza una grada y da un paso en falso. Es enemigo de los bolardos y se siente más seguro cuando va solo que acompañado.

“Sí, porque si voy con alguien uno se confía en que uno va seguro. Pero a la otra persona se le olvida que no veo y siempre termino con un morado en un brazo”, agrega con una sonrisa.

Hay quienes dicen que el mejor vicio es el deporte. Él nunca perdió su visión. Viajó en bicicleta durante más de 13 horas en la vía que conduce a San Gil, Barichara, Encino y Belén, Boyacá. La pesada montaña y el frío no fueron obstáculo, como tampoco el sostenerse solo de un remo al hacer canotaje o la altura cuando va en parapente. En la vida, para él no caben las palabras tristeza, inseguridad o melancolía.

En 2019 terminó campeón en los Juegos Paranacionales en Cartagena de Indias. Nadó 750 metros, compitió en bicicleta y corrió sin parar, siempre sujeto a su entrenador. Sueña con ir a unos Paralímpicos y tener una familia.

“Tuve una novia. Pero para formar un hogar quiero estar preparado. Que estemos en buenas condiciones”.

Así pasa los días ‘Laucha’: entre entrenamiento, trabajos y algunos momentos para explorar redes sociales como Whatsapp, Facebook e Instagram. Así es. La tecnología le permite escuchar las publicaciones, dar “like” o incluso comentar. “Cuando el lector de pantalla me lee los comentarios, yo respondo dictándole lo que quiero. Si hay una foto de una chica y la mayoría de gente dice que es bonita, yo también le comento que se ve muy bien” (ríe).

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