Hace dos años, Edithnelda Ortega Mejía fue enviada a prisión, acusada de asesinar a sus padres en una finca de San Rafael de Lebrija, en Rionegro. Hoy, tras probar su inocencia, regresó al lugar para sacarlo adelante. Asegura que no guarda resentimientos y que la experiencia en prisión le dejó una gran enseñanza: lo importante que puede ser la amistad ante la adversidad.

Publicado por: XIOMARA K. MONTAÑEZ MONSALVE
Edithnelda Ortega Mejía llegó al Centro de Resocialización de Mujeres de Bucaramanga con el corazón quebrado por la tristeza y la impotencia.
Antes de su arribo al penal, ubicado en la vía a Chimitá, el 28 de noviembre de 2010, se despidió de su hija de un mes de nacida. Estaba en Sabana de Torres, cuando los investigadores del CTI de la Fiscalía la capturaron. A su otra hija, de cinco años en aquel entonces, no alcanzó a decirle adiós.
Los que conocen a esta mujer dicen que siempre fue trabajadora, fuerte, de mirada fija y decidida, pero el día en el que cayó en manos de las autoridades y le dijeron que debía responder por el asesinato de sus padres, Joaquín Ortega Barraza y Eva Mejía Mercado, el 21 de febrero de 2010, el mundo se le vino encima.
Su rostro pálido, las lágrimas y las súplicas a los investigadores no valieron de nada. Nada pudo hacer.
Atrás quedó su vida como campesina en la hacienda ‘El Paraíso’, ubicada en la Muzada, en el sector de Chigugua, en San Rafael de Lebrija, Rionegro, Santander.
Salió con su nombre manchado por las acusaciones del verdadero responsable de esta tragedia, Heider Meléndez Centeno, un empleado de la hacienda, quien la vinculó al caso y aseguró a la Fiscalía que esta mujer le había pagado para que asesinara a sus padres, pues quería quedarse con la finca. Meléndez sigue en prisión. Otro vinculado al homicidio, conocido con el alias de ‘Flaco’, huye de la justicia desde hace cuatro años.
Edithnelda recobró su libertad hace ocho meses, el 13 de noviembre de 2013. Pese a que volvió a las labores del campo, que está a cargo de sus hijas y que muchos la acompañan en esta nueva etapa de su vida, asegura que aún la miran como a una homicida.
“Logré superar la cárcel, pero quedé marcada para siempre. Eso no lo cambia nadie, menos la justicia de este país”, comenta Edithnelda.
Lo que eran y lo que queda
A sus 25 años, ella recuerda que su papá era un hombre consentidor, tierno y cariñoso, que con su mamá no era muy cercana, pero con el paso del tiempo la relación mejoró.
Creció en la finca donde asesinaron a sus padres. De allí partió cuando encontró el amor y quiso formar una familia. Se mudó a una finca en el sector de La Gorgona.
Cada 15 días, Edithnelda visita a sus papás. En una de esas visitas, ella se despidió de Joaquín y Eva, ambos de 65 y 60 años, respectivamente, luego de compartir un rato en una reunión. “Mi papá se quedó tomando con unos amigos. Traje a mi mamá a la casa y me despedí. Al día siguiente fue que me dieron la mala noticia”, cuenta la protagonista de esta historia.
A las 5:00 de la mañana del 21 de febrero de 2010, Edithnelda recibió la llamada de un compadre. Le dijo que su papá había tenido un accidente, porque el campero Toyota se había estrellado cerca a la finca.
“Lo extraño es que la cojinería del carro estaba manchada de sangre y no había rastro de mi papá. Estábamos a cinco kilómetros de la finca, así que nos fuimos para la casa a mirar si estaba herido en el lugar”, narra Edithnelda.
Ella solo pensaba cómo tomaría la noticia del accidente su mamá, pues Eva tenía afecciones cardiacas. “Me armé de valor y entré a la casa. Encontré las puertas abiertas, las colchonetas tiradas; la única habitación que estaba cerrada era la mía. Pensé que los habían secuestrado. No había nadie, ni los obreros. Fue un amigo el que vio que mi mamá estaba en la habitación”, dice esta mujer.
El cuerpo de Eva estaba en una mecedora. Tenía señales de tortura, estaba amordazada y la habían degollado. Joaquín también estaba en la casa. Tenía un disparo de escopeta en la cabeza. No se había estrellado en el vehículo como creyeron. Los que se estrellaron fueron los homicidas, al querer huir.
“Mi papá era todo para mí. Vivía atenta a lo que les pasara. Fue un golpe muy duro. Han pasado cuatro años. Ahora que estoy de regreso a la finca siento que no he superado su muerte”, comenta Edithnelda.
Señalamientos
Dos años después de la muerte de sus padres, esta mujer se entera de que está acusada de homicidio. Pese a que se conocía que Heider Meléndez Centeno estaba en prisión y que su cómplice no había sido capturado, la Fiscalía la vinculó en el proceso.
“Luego de la muerte de mis padres salí de la finca, porque tuve problemas con la esposa de mi hermano. Dos años después regresé y estaba embarazada de mi segundo hijo. Tuve que buscar un abogado, porque las acusaciones y señalamientos cada día eran más fuertes”, relata.
Finalmente, fue capturada en Sabana de Torres. “Tenía a mi bebé conmigo. No me quedó más remedio que dejarla con mi pareja. No pensaba entregársela al Icbf; no era una mala madre”, recuerda esta mujer.
Meléndez se retractó de lo que dijo, lo que permitió que Edithnelda recobrara la libertad. Lo que el abogado y su representada han conocido hasta ahora es que, al parecer, Meléndez Centeno fue amenazado para que hablara en contra de la hija de las víctimas. ¿Por qué? “No lo sabemos. Quiero entenderlo. No sé si fue algún enemigo de la familia o alguien que me quería hacer daño”, añadió Edithnelda.
En la cárcel: la amistad
Esta mujer asegura que la prisión la liberó de la muerte. Siempre ha pensado que alguien le ha querido hacer daño. “Algo me iba a pasar. Por eso creo que Dios y el destino me llevaron a prisión”, asegura.
Durante el tiempo que estuvo privada de su libertad, Edithnelda vio a sus hijas dos veces. La falta de dinero para los viajes desde San Rafael de Lebrija a Bucaramanga y la tristeza que le producía que sus hijas la vieran en prisión la llevaron a sacrificar las visitas de su familia.
Cuenta que se conformaba con llamarlos y escucharlos. “Las dos veces que las vi fue de muerte. La mayor lloraba, me preguntaba por los abuelos, me decía “mami usted no le ha hecho nada a mi papá (abuelo), dígales que la saquen, que la dejen ir conmigo”, recuerda.
Edithnelda asegura que muchas mujeres están en la situación en la que ella estuvo, pero no cuentan con la ayuda legal necesaria para salir adelante y abandonar la prisión.
Asevera que muchas mujeres padecen depresión, por el tema de los hijos, pero siempre hay esperanza, ya que como asegura la protagonista, “se encuentran amistades que en la libertad no se consiguen”.
“Muchas mujeres me ayudaron a luchar por mis hijas. Recuerdo a Zorayda Téllez, quien también está injustamente en prisión. Fue doloroso partir y dejarla. Creo que algún día recobrará su libertad y nos volveremos a ver”, expresa.
El regreso a la finca ‘El Paraiso’ no fue el mejor. Se enteró de que su hermano está en prisión, por porte ilegal de armas y que el lugar estaba a cargo de un viviente.
Enfrentar a los vecinos y a la gente que la señaló como homicida no ha sido fácil, pero su abogado, César Montero, le dio muchos motivos para luchar.
“Seguimos trabajando por demostrar mi inocencia, que me acusaron injustamente. Llegar a la casa, recordar a mis padres, recordar todo el drama que viví… Eso no es fácil. Me he ido acostumbrando y adaptando. Salí de prisión, pero aún siento que me ronda la muerte”, concluye Edithnelda.
¿Qué tan frecuentes son las acondenas de inocentes en Colombia?
Según Alejandro Ortiz, director del Proyecto Inocencia de la Universidad Manuela Beltrán, inicitiva que busca demostrar la inocencia de personas que han sido injustamente condenadas, privadas de su libertad, con una sentencia condenatoria y que estén purgando una pena de prisión, en Colombia no existen cifras oficiales de cuántas personas han sido condenadas injustamente.
“Sólo se puede hablar de una condena en contra de un inocente cuando se ejerció alguna acción judicial (acción de revisión, acción de tutela en contra de providencias judiciales entre otras) que así lo demuestre, situación que no es nada fácil, ya que, debido a la técnica que debe ser utilizada y a su rigurosidad jurídica, la probabilidad de éxito es baja”, asegura Ortiz.
Sobre los errores que se cometen desde el aparato judicial para que una persona inocente termine condenada, Ortiz expresa que la legislación penal Colombiana permite que una persona sea condenada en ausencia, es decir, que sea juzgada sin que esté presente en su propio juicio.
Además existen falencias en la identificación e individualización de las personas que están siendo procesadas. “El Estado debe procurar por realizar todos los esfuerzos institucionales para lograr identificar al verdadero autor de un hecho punible”, comenta Ortiz.
















