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Miércoles 02 de septiembre de 2015 - 06:15 PM

En la mente de una joven con anorexia

María Fernanda tiene 17 años, pesa 38 kilos y mide 1.75. Tiene anorexia. Sin recursos, su mamá lucha con su EPS para que su hija sea traslada a una fundación especializada, para vencer la batalla de su mente contra su cuerpo. María Fernanda cuenta su historia.

En la mente de una joven con anorexia
En la mente de una joven con anorexia

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Las horas pasan demasiado lento. Necesita comer, pero no puede. Si come de más, morirá. La dextrosa, el suero, las trasfusiones de sangre la mantienen con vida. Una parte de sí misma le dice que tiene que hacer un esfuerzo para recuperarse. Su mente le dice que si come engordará. Pesa 38 kilos, mide 1.75. Tiene 17 años. Se llama María Fernanda y sus pensamientos solo giran en torno a la comida. La pregunta desde afuera es por qué no come. La respuesta desde adentro de su cabeza es “no puedo”.

El primer pensamiento de María Fernanda al despertar es que quiere vivir. Y que su cuerpo le permitió hacerlo un día más. El segundo es que tiene que convencerse de que la comida es rica, de que comer no le va impedir ser como ella quiere. Lo siguiente que sabe es que necesita ayuda y que corre contra el reloj para que no se le haga tarde.

Y luego, el hambre. Cada hora de comer es un enfrentamiento entre su mente contra la naturaleza del cuerpo.

Mente contra cuerpo

Se pensaría que basta con que María Fernanda consuma un buen plato de comida, pero eso pondría en peligro su vida: sus bajos niveles de azúcar y potasio harían colapsar a su cuerpo. Y comer un poco más pondría al borde del abismo a su mente. Las jóvenes con anorexia y bulimia tienen atracones: incapaces de controlar su ansiedad, se llenan de comida hasta hartarse. Y después, por la culpa, vomitan o se purgan con laxantes. María Fernanda dice que no llegó allí. Simplemente no recibía bocado, escondía el almuerzo en bolsas, con su inteligencia se saltaba la vigilancia de una mamá que trabajaba en casa.

María Fernanda la escucha al teléfono en su habitación en la Clínica Bucaramanga. Esperanza le insiste a la EPS Salud Vida que autorice el traslado de su hija a la Fundación Colombiana contra la anorexia y bulimia, especializada en rehabilitar jóvenes con estos trastornos. Su vida depende de ello. Hay que hacerlo antes de que sus pensamientos vuelvan a encerrar a María Fernanda en su prisión. Una cárcel cuyas llaves mantiene de manera férrea un sistema de salud que no comprende la gravedad de su enfermedad.

En febrero de 2013, María Fernanda acudió al médico por problemas digestivos. En mayo se le diagnosticó hiporexia (disminución del apetito), pérdida de peso e “irregularidades mentales”: esas “irregularidades” son ese patrón restrictivo de pensamiento, esa relación malsana con la comida.

“Yo quise seguir un modelo de televisión que vi, quería cuidar mi figura, pero abusé de eso. Y después ya no quería parar. Quería mantenerme así más y más. Me consideraba gorda”, dice María Fernanda.

Su voz es suave, de niña. Habla con candidez. Su mamá le pregunta si dejó de comer por algo que le pasó en el colegio, si le hicieron daño en algún sitio. “No”, responde María Fernanda, “solamente me decían que había bajado mucho de peso, pero no les hacía caso. Quería seguir bajando más”.

Ya no recuerda cómo se llamaba aquella modelo en la televisión. Relata la escena como un episodio casi abstracto de su vida. Sin nutrientes, las conexiones neuronales se debilitan y las jóvenes se desligan casi sin querer de los temas de la vida cotidiana. A veces, eso es lo que quieren.

¿Qué fue lo qué le pasó a María Fernanda? “Esas son cosas que yo no sé. No tengo la menor idea. Nunca me dijo que se veía gorda. No sé qué piensa, no sé el motivo. No permanecía sola, yo era la que cocinaba”, contesta Esperanza Miranda. Y llora de impotencia.

Un día de febrero de ese 2013, Esperanza le preguntó a su hija si ya había almorzado. “Sí mamá, ya almorcé”. Insistió. La respuesta: “almuerzo más tarde, mamá”. Al día siguiente le ofreció ya preocupada la comida. María Fernanda tomó el plato y se lo llevó. Esperanza encontró luego la comida en una bolsa. Se puso furiosa. La llevó a médicos que le diagnosticaban la enfermedad: “anorexia nerviosa”, pero que no la remitían a tratamiento especializado.

Mientras tanto, en la cabeza de María Fernanda la obsesión que le impedía comer latía a cada minuto de su vida, escondida entre las horas de ejercicio que hacía encerrada en el baño, tras las tareas del colegio y el oficio de la casa que ella se empeñaba en hacer hasta agotarse. Las jóvenes con anorexia y bulimia, en las primeras etapas de su enfermedad,  mantenerse ocupadas para retrasar la llegada de la hora de comer. Tan pronto ven la comida, sus ideas lacerantes regresan: “si como, no seré bonita”, “la comida es mala, no puede entrar a mi cuerpo”. La Organización Mundial de la Salud publicó un manual en el que advierte que estas ideas son una bola de nieve que termina por aplastar sus vidas. Y llega el riesgo de morir.

Solo tomaba agua. No podía dormir. El hambre produce ansiedad, irritación. En el colegio, compañeros y profesores le decían a María Fernanda que estaba muy delgada, que se quedara quieta en clase de educación física, que estudiara desde la casa. Era la mejor alumna de su escuela en la vereda Altos del Encinal, en San Gil.

En septiembre de 2013, el médico ordenó valoración por psiquiatría y le recetó suplementos alimenticios. “Ella se tomaba un poquito, el resto lo botaba”, comenta Esperanza. Octubre de 2013. María Fernanda, de nuevo, fue valorada por medicina general. La remitieron al nutricionista. El diagnóstico: “desnutrición proteica-calórica severa”. Aconsejó valoración psiquiátrica. Otra vez. En febrero de 2014, regresó al médico general, porque se le caía el cabello, no dormía, la gastritis derruía su estómago. El diagnóstico: “desnutrición proteico-calórica severa y anorexia nerviosa atípica”. Una vez más. El deterioro de María Fernanda era evidente para todos, menos para ella.

¿Cómo es posible?

“Pongámonos en sus zapatos. Sintámonos a toda hora con una sensación de estar obesos a pesar de que las personas afirman que estamos cerca de la muerte por desnutrición y nosotros no seamos capaces de entenderlo y aceptarlo, pero a la vez, sí vemos la delgadez y riesgo para la vida de otros. Parece una paradoja, pero así funciona el cerebro de una persona con anorexia”, explica el psiquiatra Camilo Umaña. Como sociedad, hay que entender que cánones de belleza y comentarios crueles ponen en riesgo al 30% de las jóvenes entre 14 y 19, según un estudio de la Universidad Nacional en Bucaramanga. En abril de 2014, María Fernanda fue remitida al hospital psiquiátrico San Camilo. Pesaba 25 kilos. Estuvo internada cerca de un mes. Le dijo a su familia que no quería estar allí, que no quería permanecer dopada.

Desesperada, Esperanza buscó orientación en la Fundación Kardios. Su hija se estaba muriendo y no podía quedarse a mirar.

CÓMO SALVAR SU VIDA

Este año, la defensoría del pueblo instauró una acción de tutela a favor de María Fernanda y en contra de la EPS Salud Vida por la vulneración de los derechos legales a la vida, seguridad social y dignidad humana de la joven, por no autorizarle un tratamiento especial. Ganó. El Juzgado primero penal del circuito de San Gil le dio 48 horas a Salud Vida para facilitarle un tratamiento integral. Nada. Ganaron también en segunda instancia. Siguen esperando. El caso ya está en la fiscalía por desacato.

Desde afuera, la pregunta es por qué no acepta regresar a un hospital psiquiátrico, por qué no toma antidepresivos. Desde adentro, los expertos afirman que este tratamiento no es el adecuado. 

Estela Luz Pretelt Villadiego, directora de la Fundación Colombiana contra la anorexia y la Bulimia, en Medellín, y quien también estuvo a punto de morir a los quince años por estos padecimientos, explica que la medicina no cambia el patrón de pensamiento que las obliga a matarse de hambre, a purgarse hasta destruir su cuerpo. Por el contrario, las confunde hasta el punto de utilizar las pastillas para suicidarse. En 2014, en Medellín, dos lo intentaron. Una tuvo éxito.

“Ellas no tienen el control de sus ideas. En la fundación se les trabaja del pensamiento a la conducta y las empoderamos para que puedan vivir su vida sin medicina psiquiátrica”.

Entre marzo y agosto de 2014, la fundación atendió de manera virtual a María Fernanda. Con 62 kilos, volvió al colegio. “Alguien me dijo que me veía ahora más gordita”, dice tímida, sin fijar la vista. En diciembre acudió a consulta porque no le llegaba la menstruación. Le diagnosticaron gastritis no especificada, mareo, desvanecimiento y cerumen impactado en el oído. Un solo comentario la había regresado a su cárcel. En marzo de 2015 fue atendida por sangrados en deposición, dolor abdominal y gastritis crónica no especificada. Se le diagnosticó anorexia nerviosa. Otra vez.

El 14 de agosto fue internada de urgencias en la Clínica Bucaramanga. Pesaba 38 kilos. Estuvo dos días en la UCI por falla renal e hipoglicemia. Aún está en riesgo. La EPS espera.

Desde afuera solo quedan interrogantes.

A Esperanza le preguntan por qué no obligó a su hija a comer. “Yo como mamá no puedo hacer eso, ella lo que necesita es comprensión, amor”. A los expertos, ¿es vanidad? qué hace que una joven se mate de hambre? “No es vanidad”, aclara Estela Pretelt,“es una amalgama de cosas. No es solo el pensamiento restrictivo, es la historia familiar que a veces esconde un abuso sexual, violencia intrafamiliar, padres autoritarios, rechazo a la sexualidad, el temor a crecer. La anorexia rechaza crecer”.

La pregunta persiste: ¿por qué María Fernanda se lastima de esta forma? “Si estuviéramos en su lugar, nos sentiríamos ansiosos, rabiosos y tristes por estar enfrentando una realidad en la cual nadie nos comprende, nos regañan, nos llevan a psicólogos, psiquiatras, endocrinólogos, nutricionistas, ayudas espirituales donde nos dicen que estamos desnutridas, nos anuncian que estamos al borde de la muerte, pero nos seguimos sintiendo obesas, gordas, feas, temerosas de subir de peso y nos obligan a ganarlo a través de una hospitalización, nos dicen que nos están salvando la vida”, explica Camilo Umaña. Muchas de ellas sólo quieren morir. Pero no María Fernanda. Ella quiere recuperarse. Sus ojos se fijan por única vez para afirmar que está lista para hacerlo.

“Antes todo era bonito, feliz. Y luego me fui apartando de mis amigos y fui perdiendo fuerzas. En el colegio me mandaban trabajos con mi hermana, pero a lo último ya no pude más y me pidieron que me recuperara”, dice. Y sabe que tendrá que comer poquito. Por fin, su cuerpo y su mente están de acuerdo. Está cansada. Tiene frío. Las jóvenes con anorexia siempre tienen frío. Quiere salir de la habitación y caminar, apoyada en Esperanza, hacia la luz del sol que adivina caliente y que se filtra por entre las hojas verdes de un árbol, visibles a través de la ventana de la clínica. 

RESPONDE LA EPS

La EPS Salud Vida respondió a Vanguardia Liberal sobre el caso de María Fernanda. El gerente regional de la entidad, Hernando Triana, envió una comunicación escrita a este diario donde asegura que la Fundación Colombiana contra la anorexia y bulimia, a la cual la tutela le ordena trasladar a María Fernanda, no está adscrita a la red de la EPS y sus tratamientos no son convencionales. Señalan que se le ha dado a la joven tratamiento interdisciplinario. Señala que al estar internada por el riesgo de morir, no es conveniente trasladarla aún a la Fundación que ordena la tutela hasta que María Fernanda esté más recuperada.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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