Del municipio más pequeño al más alto de Colombia, pasando por cascadas imponentes y bosques que parecen de otro planeta, este recorrido revela cinco destinos poco nombrados que destacan por su singularidad geográfica, histórica y cultural.

Publicado por: Juan Diego Miguel Márquez
Cuando se habla de los pueblitos de las tierras bravas y comuneras, siempre —pero siempre— aparecen los mismos nombres: Barichara, Zapatoca, San Gil o Socorro. ¿Y cómo no mencionarlos? Son insignia de la identidad santandereana y referentes obligados de su historia.
Sin embargo, más allá de esos municipios consolidados en el imaginario turístico, Santander guarda otros territorios menos visibles, con características inusuales que los convierten en excepciones dentro del mapa departamental.
En este recorrido ponemos la lupa sobre cinco pueblos “raros” —por llamarlos de alguna manera— que destacan por su tamaño, su altura, su clima o su entorno natural. Lugares distintos, poco convencionales, que terminan siendo, sin exagerar, una aguja en un pajar de municipios. Además: Así se ve Santander desde el espacio: el departamento observado desde satélite

1. Jordán Sube: el pueblo más “pequeño” de Colombia
La lista comienza con Jordán Sube, conocido como “el pueblo fantasma de Colombia”. El apodo nace de una frase repetida por sus habitantes: allí nadie nace y nadie se entierra.
La razón es práctica: su casco urbano apenas ocupa 1,65 kilómetros cuadrados y en él viven alrededor de 70 personas, lo que lo hace rarísimo para ser un municipio. No hay hospital para atender partos ni cementerio porque simplemente no se requieren. Según el DANE, para 2024 el municipio registra cerca de 1.396 habitantes, pero alrededor del 95 % vive en la zona rural.
Jordán también tiene un pasado singular. En el siglo XIX fue escenario del primer puente colgante con peaje del continente, construido por el comerciante alemán Geo von Lengerke. Hoy no cuenta con una vía principal hacia Los Santos, pero conserva el antiguo camino de herradura que aún utilizan campesinos para movilizar sus productos. Y, pese a su apariencia despoblada, históricamente registra una de las participaciones electorales más altas del país, superando el 90 %.

2. Vetas: el pueblo más alto de Colombia
Del municipio más pequeño pasamos al más alto. La ruta asciende hasta Vetas, en la región de Soto Norte, ubicado a 3.350 metros sobre el nivel del mar. Es el casco urbano más elevado del país. Allí las temperaturas pueden descender bajo cero en la madrugada y el granizo cae con frecuencia, cubriendo techos y calles con una capa blanca que simula nieve.
Su historia está ligada a la minería de oro desde la época colonial, actividad que dio origen al municipio y ha marcado su economía durante más de cuatro siglos.
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Vetas forma parte del Páramo de Santurbán y en su territorio se encuentran más de 25 lagunas de origen glaciar, además de múltiples nacimientos de agua que abastecen a Santander y Norte de Santander. Clima extremo, tradición minera y riqueza hídrica lo transforman en un pueblo peculiar.

3. Florián y las Ventanas de Tisquizoque
La ruta desciende hacia el suroccidente del departamento, en la provincia de Vélez. Allí está Florián, municipio que alberga uno de los espectáculos naturales más impactantes de Santander: las Ventanas de Tisquizoque. En este punto se encuentra la cascada más alta de la región, con una caída que supera los 330 metros desde un farallón de roca caliza.
El agua atraviesa una cueva natural antes de precipitarse al vacío, fenómeno geológico que le da su nombre al lugar. Este sistema de cavernas y paisajes kársticos, sumado a su biodiversidad y a los relatos históricos que lo rodean, convierte a Florián en uno de los destinos naturales más singulares del departamento.

4. El Peñón y los Bosques de Pandora
Sin salir de la provincia de Vélez, el recorrido llega a El Peñón, donde se ubican los llamados Bosques de Pandora. El nombre se popularizó por la similitud del paisaje con la película Avatar, una de las producciones más taquilleras de la historia. Formaciones rocosas cubiertas de musgo, neblina persistente y vegetación densa contrastan con la imagen árida que muchos asocian a Santander.
Más allá de la referencia cinematográfica, el valor del lugar está en su ecosistema de bosque húmedo andino y en su geografía montañosa, que supera los 1.800 metros sobre el nivel del mar en algunos sectores. Con poco más de 5.000 habitantes, el municipio ha encontrado en el ecoturismo una alternativa complementaria a la agricultura tradicional.

5. Cabrera: un Barichara en miniatura
La región guanentina vuelve a aparecer con Cabrera, un municipio poco mencionado en rutas turísticas, aunque está a solo siete kilómetros de Barichara. La distancia es corta, pero el acceso implica recorrer antiguos caminos atribuidos a Lengerke o atravesar una trocha en mal estado que evidencia el abandono vial del departamento.
Su singularidad está en la arquitectura. Calles empedradas y casas de tapia pisada le han valido el calificativo de “Barichara en miniatura”. Su nombre, según la tradición, proviene de un apellido de origen español vinculado a lugares donde abundaban las cabras. Frente a la cordillera de los Yariguíes y lejos del radar masivo del turismo, Cabrera cierra esta lista como uno de esos municipios que, por discretos y distintos, terminan siendo los más memorables.


















