En sus caminos, puentes y rutas comerciales siguen latiendo los rasgos que moldearon nuestra identidad santandereana -orgullo, rudeza y autosuficiencia- y, entre esas huellas de piedra y silencio, aún se siente la pulsación de una historia que se resiste a morir.

Publicado por: Especial para Vanguardia
Texto: Juan Diego Miguel Márquez
Especial / VANGUARDIA
Pocos kilómetros después de haber cruzado el río Suárez, en el departamento de Santander, oriente colombiano, la intensidad del sol de las diez de la mañana me tenía al borde de la deshidratación: llevaba seis horas caminando. Habíamos salido antes del amanecer, sobre las 5:00 a.m. Por el cansancio, estaba sentado en un suelo ardiente, pedregoso, con apenas vegetación. Pedí ayuda, pero estaba solo, en realidad nadie podía ayudarme. Pero lo cierto es que necesitaba tomar algo –ya se habían acabado los dos litros de agua que había llevado–. Y pensé entonces que la única manera de calmar la sed era beber un poco de protector solar, el único líquido que tenía a mano. Sin meditarlo mucho, saqué del bolso el pote de bloqueador. Espiché dos veces el espray y me lo regué sobre la mano sucia de tierra. Lo llevé sin pensarlo a la boca y lo tragué. En mi lengua quedó una sensación química, amarga, aceitosa. No tardé en escupir. Y esto solo aumentó mi angustia y mi necesidad de encontrar agua. Con la mirada borrosa, levanté la vista en el cielo y maldije a Geo von Lengerke.

Los caminos de Lengerke, por los que caminaba esa mañana, son una red de senderos empedrados construidos a lo largo de la región de Santander a mediados del siglo XIX que reciben su nombre del explorador y comerciante alemán que llegó a Colombia para escapar de sus pecados. Había asesinado a un hombre en un duelo por una dama en Dohnsen, su pueblo natal, y en Santander encontró un lugar seguro para no ser juzgado y enviado de vuelta a Alemania. Una ley lo protegía: el Congreso de la Nueva Granada, que es como se llamaba entonces Colombia, al momento de la constitución del Estado Soberano Federal de Santander, había declarado: “El que pisa tierra santandereana es santandereano”. Así, en 1852, se estableció un lazo entre este europeo y Colombia. Durante 30 años, Geo von Lengerke encontró en el país un lugar para reconstruir su vida y desarrollar sus ambiciones empresariales, convirtiéndose en el personaje clave del comercio y la inmigración extranjera del país durante el siglo XIX.
El alemán Santandereano

Geo von Lengerke fue un tipo polémico: el guapo del barrio, alto, pelirrojo y de ojos “desesperadamente azules” –como calificó el cielo Pedro Gómez Valderrama en su novela La otra raya del tigre–. Tenía manos de pianista, era cortés, de buenas maneras, el típico gentleman que destacaba en las reuniones por sus apuntes de cultura. En su cara se peinaba un bigote rojizo, del mismo tono que su pelo, tupido de cachete a cachete.
Fue mujeriego hasta su muerte, tanto que existe la leyenda de que dejó más de 500 hijos en la región. Pero la cifra es más mito que realidad. Sólo reconoció a dos de sus descendientes, producto de sus amoríos a lo largo y ancho de Santander. Y ninguno de ellos fue de madre de Zapatoca, lo que significa que el apellido no echó raíces en el pueblo donde se asentó. Lo que sí es cierto es que el gen alemán se esparció por Santander de manera llamativa, si bien Lengerke no fue el único responsable: el alemán, a los pocos meses de instalarse en el departamento, convenció a otros inmigrantes europeos para que llegaran a Bucaramanga en busca de éxito económico. Fue el comienzo de lo que se podría llamar el “Sueño Santanderano”. Y así, entre todos fueron los responsables de tanto pelo rubio, piel blanca y ojos claros en la región.

Pero además de esparcir el fenotipo, Lengerke sentó las bases de un comercio con Europa –de quina, tabaco y sombreros de paja– y junto a los demás europeos emigrados, trajeron los primeros bancos en el nororiente del país, también el teléfono, e instalaron la electricidad en Bucaramanga; convirtiéndola, con Bogotá, en la única ciudad con este servicio en Colombia. Además, abrieron el camino al cine comercial, se dice que la primera función se proyectó en el teatro Peralta de Bucaramanga, y el danés Christian Peter Clausen fundó la “La Clausen”, la primera cervecería industrial de Colombia.
Los inmigrantes europeos, atraídos por Lengerke, llegaron a construir “un Estado dentro de un Estado”, cuya influencia se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. Distintas fuentes coinciden en que fueron más de mil alemanes los que se dedicaron al comercio en la región. Su presencia dinamizó la economía local y nacional, generaron empleo en múltiples campos mercantiles, promovieron la inversión extranjera, y su conocimiento y tecnología, los más avanzados de la época, hicieron que Santander fuera el Estado más competitivo de la Nueva Granada. Lengerke, a su vez, también abrió la ruta que unía el puerto de Barrancabermeja con el centro del país. Trajo el peaje a Latinoamérica –el primer registro de un peaje en el sur del continente fue el que el alemán instaló entre Los Santos y Jordán, ambos en Santander
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Así, el papel de Lengerke fue decisivo como comerciante, agricultor e ingeniero, así como galán y colonizador. “Fue el protagonista de su propia película”. De hecho, la telenovela “La otra raya del tigre”, adaptación de la novela homónima de Pedro Gómez Valderrama, se basa en sus negocios, la vida de excesos en la que abundaban las mujeres, la cerveza alemana, el whisky irlandés y fiestas que duraban varios días en las haciendas que construyó en el departamento.
Y es que las fiestas de Geo von Lengerke eran de lujo. Tardes y noches de extravagancia que atraían a la elite de la región, políticos locales y empresarios de todos los rincones del mundo que habían llegado al departamento. La música alemana resonaba en el aire, mezclándose con los sonidos de las mirlas, los grillos y cigarras que rodeaban la hacienda Montebello.
El vino Europeo y el ron colombiano ayudaban a los invitados a bailar la música que salía de las radiolas hasta el amanecer, a veces también bajo la luz de la luna que iluminaba el jardín de la hacienda. Pero además del lujo y la diversión, se iban tramando negocios y alianzas políticas. Lengerke era un maestro de la diplomacia, y sus fiestas eran oportunidades perfectas para forjar acuerdos y cerrar tratos. Los políticos locales se reunían para hablar de proyectos de infraestructura y concesiones de tierra, mientras que los empresarios extranjeros se reunían para discutir oportunidades de inversión y comercio.
Esta fue una de sus estrategias para conseguir poder político. Se relacionó con los mandatarios de la época, como Solón Wilches –presidente del Estado soberano de Santander, quien junto a Lengerke logró desarrollar varias rutas mercantiles– y esas relaciones le valieron poder firmar los contratos necesarios con el Estado para la construcción de carreteras. Se acercó a la alta sociedad de Bucaramanga, y consiguió ser socio del distinguido Club de Soto (Actual Club del Comercio) donde solo asistían los hombres con mayor influencia y poder adquisitivo de la ciudad. También participó en el negocio de las máquinas vapor: lo que permitió la creación de la ruta por el río magdalena que conectaba con los puertos de Barrancabermeja y Barranquilla, lo que agilizó el transporte de productos locales, su comercialización y exportación. Fundó tabacaleras. Y hasta llegó a tener su propia moneda, una que llevaba su nombre, que acuñó en su Hacienda Montebello, en Betulia, una hacienda grande, tanto así, que manejaba su economía y tenía su propio Cura.

Bajo su poder alcanzó a tener el control de 12.000 hectáreas, lo que representa tres veces más terreno del que tenía Pablo Escobar en su hacienda Nápoles. Montebello fue, de hecho, su hacienda más famosa. Ubicada a 50 kilómetros de Betulia, corregimiento Zapatoca, se convirtió en su centro de operaciones.
Hoy, 200 años después, el alemán es recordado: su apellido lo llevan las calles, hoteles, estaciones de radio, barrios populares y hasta el parque central del pueblo. Casi parece que se le venera como un semidios. Él es una muestra de la pleitesía exagerada que los colombianos suelen rendir a lo extranjero.
Aunque hay quienes dicen que el alemán se lleva más méritos de los que debería: Jéssica Gutiérrez, secretaria de Cultura de Barichara, comenta: “Él solo llegó a empedrar los caminos, ganar dinero en beneficio propio y regar hijos por ahí”. Asimismo, Cesar Ardila, historiador de Zapatoca, asegura que hay otras personas más influyentes en el desarrollo del municipio, como las familias fundadoras, pero que por el hecho de ser zapatocas no se les valora.
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Los caminos del alemán

Pero más allá de lo que digan sus detractores, el verdadero legado del pelirrojo son sus caminos. Antes de la llegada de Lengerke, la región contaba con una red de rutas ancestrales, que utilizaban tanto los indígenas Guanes como los colonizadores españoles y los héroes de la patria –entre ellos el libertador Simón Bolívar, que cruzó varios de ellos en la campaña Libertadora–.
Las condiciones del terreno en Santander siempre han sido difíciles, debido a la topografía montañosa. Las crecidas de los ríos solían arrasar con lo poco que se había construido. Agustín Codazzi, en su viaje a la Provincia de Soto- nororiente de Santander - en 1851, en el que cartografió por primera vez todo el territorio colombiano, solo pudo señalar este territorio de manera superficial señalando la falta de una adecuada exploración del terreno. Estos caminos eran solo trochas de tierra polvorienta, difíciles de transitar.
Allí, las piernas de las bestias se quebraban, o quedaban atrapadas a pocos centímetros de acantilados. No eran aptos para el plan económico de Lengerke. No está claro si lo hizo por ambición, por visionario o por aburrimiento, pero el alemán dedicó su vida a abrir los caminos en Santander: el loco pelirrojo, como me gustaría llamarlo –de tanto escribir sobre él ya me siento su amigo–, fue el primero en conectar el Magdalena Medio con el centro del país, la selva con la montaña, Colombia con el Mundo. Una conexión que permitió que toda la mercancía –especialmente la Quina, el Tabaco y los sombreros de Paja– consiguiera llegar hasta Europa.
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La Sociedad Lengerke y Compañía recibió, en 1864, las licencias para reconstruir o abrir caminos de utilidad pública en el Estado Soberano de Santander. Geo se puso manos a la obra, estableciendo un circuito que abarcó gran parte de las tierras entre las cuencas de los ríos Sogamoso y Lebrija. Lengerke obtuvo beneficios completos sobre estos caminos, incluyendo los peajes. Además, se le concedió un privilegio de 25 años para establecer tambos y posadas a lo largo de los caminos, facilitando el transporte de mercancías y el desarrollo comercial, pero también engrosando sus arcas a manos llenas.
Pero estos territorios eran tierras ancestralmente indígenas, y las tribus nativas, como los Yariguíes, eran agresivas. Casi pierde la vida en varias ocasiones, por culpa de flechas lanzadas por gente de la tribu. Pero eso no le impidió abrir, junto a sus “trabajadores”, a punta de machete y máquinas de vapor, los caminos que comunicaron su hacienda con Barrancabermeja y Zapatoca, facilitando el transporte de mercancías extranjeras y productos agrícolas, hacia diferentes depósitos y almacenes en la región.
Por los caminos de Geo

230 años después de que fueran construidos, una mañana de marzo de 2024, maldije al alemán mientras estaba a punto de deshidratarme en el intento de recorrer estos caminos. Atrás venían mis compañeros, un grupo de estudiantes de periodismo que caminaban conmigo sobre las mismas piedras que puso el alemán para que sus negocios prosperaran. Daniela, Valentina y Miguel me acompañaban en la aventura de ir tras los pasos de Lengerke. Cuatro jóvenes con delirio de aventureros, que a duras penas salíamos a pie en la ciudad, solo para comprar la gaseosa del almuerzo, del domingo, en la tienda de la esquina. Caminabamos desde Guane hasta Zapatoca. Haciamos una ruta de más de 25 kilómetros, a 30 grados de temperatura. El terreno es pedregoso y, aunque seco, resbaloso, con un desnivel negativo de 1.467 metros, lo que según la guía de senderismo Wikiloc significa una ruta difícil.
El plan era salir de Barichara a las 3:30 de la mañana, junto al guía Horacio Castellanos, tan santandereano como un cabro montañero que recorre las cordilleras. Tiene 60 años y lleva 59 años caminando por las rutas ancestrales del departamento. Aprendió a recorrerlos cuando le ayudaba a su padre, trasladando bestias desde Oiba, su pueblo natal, hasta pueblos cercanos como El Socorro y San Gil. No hay camino en Santander que no haya recorrido, asegura. Fue fundamental para nuestra aventura. Ayudó a las mujeres cargándoles la maleta cuando sus espaldas ya no aguantaban, y animó todo el tiempo al grupo con la frase: “Ya solo queda aquella colina”, aunque lo cierto, es que siempre que la dijo, faltaran todavía muchos kilómetros de trayecto.
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Para llegar a Zapatoca, debíamos cruzar el cañón del Río Suárez, antes Saravita, “Donde habita la vida”, en lengua Guane. Pero fue renombrado por la muerte de un caballo ahogado en sus cuencas, que pertenecía al conquistador español Gonzalo Suárez Rendón, fundador de Tunja. Otra muestra de nuestra pleitesía exagerada ante lo extranjero, que mata nuestra cultura.

Para llegar al cañón, el camino empedrado casi desaparece y la naturaleza se convierte en protagonista. Las paredes de piedra se elevan del suelo. Las orillas del río están cubiertas de guijarros. La vegetación se aferra a la vida en medio de la aridez. Hay arbustos espinosos. Los cactus centenarios solitarios salpican el paisaje combinándose con las flores de colores brillantes. Estas montañas, formadas por rocas sedimentarias de millones de años, también guardan miles de fósiles de las amonitas que habitaron estas tierras mucho antes que cualquier indígena, aventurero o alemán. En tiempos prehistóricos, esta montaña fue océano. Vemos ceibas barrigonas. El río refleja la luz del sol, y a lo lejos, el caudal, parece, más bien, un enorme hilo de plata.
Una vez llegamos al río, era hora de cruzar el puente de Ruedas –que en realidad se llama puente de Lengerke–, pero le dicen así para evitar confundirlo con el otro del mismo nombre; el primer puente colgante en Latinoamérica con peaje, en el municipio de Jordán, también departamento Santander.
El alemán, junto a sus “ayudantes”, terminó de construirlo el 2 de febrero de 1872, cuatro años después de haber comenzado. Fue obra suya. El gobierno de la época no tenía el dinero para este tipo de construcciones, por eso, se las encomendaba al alemán. De hecho, la contribución oficial que recibía no era monetaria, sino en presos como trabajadores; hombres privados de la libertad que pagaban parte de su condena en la construcción, trasladando piedras del río y de los cañones a los caminos. Todo para levantar las bases del puente, bajo temperaturas que superaban los 35 grados centígrados.

Hace 152 años, sus arcos se alzaban con elegancia sobre el río, sosteniendo el peso de los viajeros y mercancías. El sonido de los caballos y carruajes resonaba sobre su estructura, mientras el río fluía debajo. Nosotros, mientras miramos lo que queda de él, nos dimos cuenta de que cada piedra y cada viga cuentan la historia de la determinación y el ingenio de Lengerke. El puente no solo unía dos orillas, sino que simbolizaba la unión entre dos mundos –la ingeniería europea y las rutas ancestrales colombianas–, el pasado y el futuro. Del puente sólo quedan las bases. Cayó en 1962 por la falta de mantenimiento. Y tuvo que pasar más de medio siglo para que, en 2016, las alcaldías locales construyeran un puente en paralelo que habilitara el “paso de ruedas”, un camino que por décadas estuvo abandonado. Lengerke no lo hubiera permitido.
La subida a la montaña

Después de cruzar el puente, debíamos cruzar la montaña con dirección a Zapatoca. El camino, empinado y pedregoso, se extendía como una escalera al cielo. Con zapatos más adecuados para la ciudad que para este tipo de camino, sufríamos la punzada constante de las piedras bajo las suelas, y nuestra ropa se rasgaba con las espinas de los cactus de 3 metros que flanquean el camino. Avanzábamos muy lentamente. El calor del sol abrasaba nuestra piel. Sudábamos como alemanes en el trópico. Y a medida que el camino se volvía más escarpado, teníamos que cuidar cada paso para no tropezar con las piedras sueltas.
Bajo el chirrido ensordecedor de las cigarras, mi compañero Miguel aceleró el paso. Daniela y Valentina se quedaron con el guía, atrás. Yo me esforcé por seguir a la delantera, pero me retrasé. Necesitaba descansar cada pocos metros para no desfallecer. Al poco tiempo, perdí de vista a mi compañero, y terminé solo y sin agua.

Empecé a ver borroso. Mi cuerpo ardía por del sol. Cada paso se volvía más pesado, como si mis pies se hundieran en la tierra con cada zancada. Jadeando, intenté mantener el ritmo, pero mis músculos estaban tiesos de dolor. La garganta, seca. La respiración, entrecortada. Las fuerzas me abandonaron. Sentí mi debilidad como una vergüenza para mis antepasados Guanes, y también una vergüenza para Lengerke, mi paisano abridor de caminos, santandereano desde que pisó el departamento. Me mareé. Caí de rodillas sobre las piedras. Un zumbido llenó mis oídos. La cabeza me daba vueltas. Sin poder evitarlo, me desplomé sobre el camino del alemán. Tendido allí, inmóvil, sobre las piedras que un día pisó Lengerke, el susurro del viento entre los árboles y las cabras que pasaban por el camino eran lo único que me hacía saber que seguía vivo.
Una hora más tarde, Daniela, Valentina y el guía me encontraron casi inconsciente. Me había metido a una finca en busca de agua, sin éxito. Horacio me dio bocadillos y agua con sal. Se notaba que no era la primera vez que presenciaba algo similar. Nos contó que días antes, en el mismo camino, una turista francesa ,llamada Florence, le pasó lo mismo. Mis compañeras, de hecho, estaban ofendidas conmigo por haberme adelantado. Afortunadamente ya nos encontrábamos a solo pocos metros de una carretera donde una camioneta nos recogería. Aunque todavía no era el fin del camino.
El tigre se quedó sin rayas

Los caminos que hace años fueron imprescindibles para el desarrollo y el comercio de Santander, hoy están desolados. Sin mantenimiento, las piedras se cubren de hierba alta y maleza. No hay señalización, y tampoco una iniciativa estatal para la recuperación, conservación o potencialización de la obra del alemán. Se trata de un patrimonio cultural, histórico, arqueológico que conecta municipios, veredas y maravillas naturales a lo largo cientos de kilómetros. El potencial turístico es total, pero pocos lo ven.
El único tramo de esta red de caminos que se encuentra en buen estado y que es, de hecho, una realidad en la oferta turística, es el que conecta Barichara con Guane. Representan 1 legua y media –7 kilómetros–, y ha sido declarado monumento nacional. De resto, el camino a Cabrera, a Zapatoca, A los Santos, Jordán, San Vicente, entre tantos otros,han sido olvidados por la gobernación hace más de 50 años. Así lo explica Elizabeth Prada, directora de la asociación de turismo de Zapatoca: “Realmente los únicos preocupados por la conservación de nuestra historia somos los ciudadanos. Nosotros hemos puesto la señalización, hemos fomentado el turismo. El gobierno, de vez en cuando, poda las plantas del camino, pero nada más”.

“Es tan poca la importancia que el gobierno tiene sobre los caminos ancestrales que prefieren mandar carreteras por encima sin importar la historia que están borrando con sus máquinas”, asegura Diana Rojas, directora de “Chicamocha Canyon”. Aunque haya iniciativas locales para la conservación y proyección de estos caminos como “De los Alpes a los andes” o “Destino Chicamocha” se necesita de mucho más apoyo local para generar un impacto significativo.
Curioso es sentarse a pensar que 230 años antes el gobierno no hizo los caminos y se los encargaron a Lengerke; 230 años después el gobierno no conserva los caminos y se los encargan a terceros. No hemos cambiado mucho. El tigre se quedó sin rayas.
El día anterior de la caminata nos encontramos a un compatriota de Lengerke recorriendo su camino de Barichara a Guane. Le pregunté en un inglés medio criollo:
-¿Por qué escogiste estos caminos como destino turístico?
-Por qué es hermoso, no hay más- respondió
Comprendí que no deben existir muchas razones para cuidar algo valioso. Lo que existen son excusas para no hacerlo.

El arquitecto Gilberto Camargo, fundador de la Corporación Rastros de Santander, es el máximo exponente del gremio de caminantes en Colombia. Lleva más de 30 años luchando por la conservación de los caminos ancestrales por todo el país. Camargo junto a su comunidad lograron hacer presión para que la Asamblea de Santander realizara una ordenanza en busca de la protección de este patrimonio cultural (Ordenanza 021 del 7 de septiembre de 2006). El Caminante asegura que por más que sea valiosa la ley escrita, se necesita más acción y compromiso de los actores políticos para preservar los más de 90.000 kilómetros de caminos ancestrales que tiene Colombia.
Con tanto potencial turístico, tantas historias por contar, tanto patrimonio y tantas bellezas naturales, es decepcionante observar el estado de los caminos de Lengerke. Tal vez como colombianos no los valoramos, pero al año llegan cientos de turistas extranjeros con sólo con la intención de disfrutar de la naturaleza, las montañas y los valles. Opinión que comparte Jessica, secretaria de turismo de Barichara. Tampoco es una tarea titánica, basta con destinar más atención a la conservación de los caminos, un sistema óptimo de señalización y una campaña publicitaria mínima. Sería más que interesante que se uniesen esfuerzos para rescatar y potencializar el turismo en los Caminos de Lengerke, convirtiéndolos en un destino de aventura, cultura y naturaleza a nivel mundial.
Muerte de Lengerke
En toda la región de Santander, Lengerke trazó su sendero como un intrépido montañista, escalando las cumbres del éxito nunca vistas por las tierras guanes. Sus pasos resonaban en los valles y sus proyectos comerciales y colonizadores se extendían como carreteras serpenteantes llegando a todas partes del mundo; prometiendo un viaje hacia horizontes ilimitados.
Pero como los caminos tallados en la roca, la fortuna de Lengerke encontró su desvío. La demanda de la quina, su preciada mercancía, disminuyó en todo el mundo. Con el avance de la medicina, el desarrollo de nuevos fármacos y tratamientos para enfermedades como la malaria. La quina fue reemplazada por opciones más efectivas y modernas; llevando consigo los sueños de una tierra fértil. El inicio del fin de su ambicioso proyecto colonizador. Se minaron sus finanzas y lo llevaron a la “quiebra”.
Aunque la información en internet comenta que murió en la pobreza, tampoco es verdad que este hombre cayera en la miseria. Un hombre con tanto poder no pierde su dinero de la noche a la mañana. Dos años antes de morir dejó una escritura en la notaría de Zapatoca, donde le entregaba todos sus bienes a su sobrino, el único pilar de su muy pero muy larga decendencia que sí trato como un hijo. Se incluía una casa en Zapatoca, sus dos haciendas más productivas “Montebello” en Betulia y “El Florito” vía al camino de Barrancabermeja y los impuestos que se recolectaban de los peajes instalados.
“Se fue a Alemania, ya perdonado por su condena, y cuando regresó no volvió igual, volvió triste”, comenta César Ardila: director del centro de historia de Zapatoca y primo de Pedro Gómez Valderrama. El fracaso de sus negocios, la desilusión por su proyecto colonizador, la depresión por no estar con su madre del cual era el hijo consentido, y, el sentirse lejos de sus raíces lo motivó a volverse un alcohólico. Historiadores de la región registran que sus últimos años los pasó solitario frente a las ardientes orillas del río Suárez. Ya sin ambición alguna, perdía su tiempo meditando su fracaso. Su compañía eran unos libros desgastados y algunas botellas de alcohol.
Por más que Geo tuvo casi todo el dinero que circulaba por la región, fuera el semental más deseado por las damas y el caballero más respetado de la zona, el trago le pasó factura como a cualquier borracho.
Desde las alturas del éxito, cayó en la oscuridad de la desgracia. Y así, como un susurro, el 4 de julio de 1882, entre unos tragos de brandis, y sus sirvientes más cercanos, Lengerke cerró sus ojos desesperadamente azules por última vez. Su figura imponente con bigote siempre bien peinado se desvaneció en la penumbra de la indiferencia, terminando de recorrer el camino más importante, el suyo.
En las calles polvorientas de Zapatoca su nombre se convirtió en un eco de tiempos pasados. Recordado por los lugareños como un testamento de los sueños y las luchas de un hombre que desafió los límites de lo posible. Su presencia, aunque efímera, dejó una huella indeleble en la historia de la región, como una piedra lanzada al estanque cuyas ondas se expanden en el tiempo.
Así, la muerte de Geo von Lengerke dejó un vacío insuperable en el corazón de quienes no lo conocieron, pero aun así le recuerdan con respeto. Es un eco doloroso de lo que alguna vez fue y lo que nunca más será. En Zapatoca, en Santander, en Alemania y más allá, su nombre se convirtió en un símbolo de éxito y progreso, al mismo tiempo, que una advertencia silenciosa sobre los peligros del orgullo y la ambición desmedida.
Llegada a Zapatoca

Ya en la carretera de Zapatoca a La Fuente, esperamos más de 1 hora a que nuestro carro guía nos recogiera. Debido al cansancio no queríamos hacer más que acostamos a dormir en la sombra de los árboles mientras llegaba el vehículo.
Zapatoca, pueblo natal de mis abuelos, es un pequeño municipio enclavado en las montañas de Colombia, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido en algunos aspectos, conservando la belleza y la serenidad de épocas pasadas, como la de su imponente iglesia colonial en base de piedra. Sus brisas frescas andinas hacen de este pequeño municipio un rincón acogedor para cualquier foráneo. Como Lengerke en su momento. Aseguran algunos locales que fue el lugar donde se instaló porque le recordaba a Dohnsen.
Pero lo que hace a Zapatoca aún más interesante es la descendencia alemana de nuestro querido Geo y su camada de amigos. Sería abogado del diablo cualquiera que trate de negar las aventuras del alemán años atrás. Aunque Lengerke si enredó algunas locales con sus encantos caucasicos, es desproporcionado llegar a imaginar la cifra de 500 hijos. Pero de sus dos hijos reconocidos ninguno fue de madre Zapatoca. Lo que significa que, el apellidó no quedó en el pueblo, por más que algunos jóvenes en la época intentaron demostrar su parentesco ante la ley, sin éxito. “Eso nos duele como Zapatocas, tantos hijos que dejó por acá y a ninguno le quiso dar el apellido. No se lo perdonamos” presume Elizabeth Prada directora de TuriZAP.
Con el reloj marcando las 5:45 de la tarde, Miguel, Daniela y Valentina no querían saber nada más de ese tal alemán. No los culpo, todos estábamos físicamente destrozados, después de 12 horas de caminata. Se dispusieron a buscar hospedaje e irse a dormir. Pero yo tenía una deuda pendiente; debía subir al camposanto. Más de 100 escalones me separaban de Lengerke. Ya con el ocaso de la tarde subí las escaleras para ir al cementerio del pueblo.

En el Campo Santo tiene su lugar exclusivo, con su reja privada lejos de todo el mundo. La tumba está rodeada de cactus. Una pintura desgastada intenta representar la bandera alemana, sobre la piedra marcada por el paso de los años.
El silencio que reina en este lugar es interrumpido solo por el susurro de las hojas y el canto de los pájaros, que son los únicos que visitan al alemán. En verdad fue excluido de los demás muertos por el hecho de no ser católico; como la iglesia controlaba el cementerio, decidieron penarlo por sus creencias. Lo enterraron cual bandido. Pero prefiero imaginar que le dieron un sitio único y solitario que por santidad no merece, pero que por meritocracia tal vez sí.
Lo miré. Sentí que me miraba. Lo cuestioné. Sentí que me cuestionaba. Lo juzgué y estoy seguro de que me juzgaba. Sin saber muy bien que hacer, entendí que mi aventura había terminado y le dije a su tumba :
-Geo von Lengerke, supongo.

















