Vanguardia Liberal acompañó a familiares, amigos y allegados a Luis Enrique Figueroa Rey, quienes se dieron cita para traer al presente algunas de las mejores anécdotas y episodios protagonizados por este polifacético personaje piedecuestano, que fue amigo de presidentes, políticos, empresarios, militares, personajes destacados de la región y de todo aquel que seguía su talante e irreverencia.

Publicado por: XIOMARA MONTAÑEZ MONSALVE
El hombre rollizo y rozagante, al que mal apodaban ‘Tuerto’, para muchos presidentes, políticos y plumas del periodismo nacional desplazó en fama a las hormigas culonas.
El abogado irreverente, el eterno relacionista público de la Gobernación de Santander, el defensor a muerte del Partido Liberal y también amigo de los Conservadores, el seminarista de acento arrastrado y de corazón enamorado, Luis Enrique Figueroa Rey, regresó al presente de la mano de dos de sus amigos más cercanos, Alfonso Gómez Gómez y Eduardo Durán Gómez, así como su hijo menor, Jorge Figueroa Clausen.
El punto de encuentro fue el auditorio del Centro Colombo Americano. Allí, durante una tertulia, se hizo un recorrido por algunos de los mejores momentos de las siete décadas de vida protagonizadas por el ‘bromista incorregible’, hijo de Piedecuesta.
Se trajeron al presente aquellos instantes que él inmortalizó en los clubes más selectos de la ciudad, en las ferias de su natal Piedecuesta –donde buscaba presentes baratos para sorprender a los amigos que lo invitaban a sus casas–; incluso, las “metidas de pata” frente a embajadores, prelados y militares.
Algunos quisieron alardear con las experiencias vividas junto a este personaje y otros gritaron “yo estuve a su lado”. Los más tímidos y serios, la mayoría de cabellos canosos y rostros marcados por los años, que aún conservan el garbo de las viejas generaciones, se limitaron a escuchar.
Fueron 120 minutos que marcaron sonrisas de oreja a oreja, que devolvieron a la vida al hombre de la boina, las bufandas y los trajes de terlenca, y que dejaron grabada en la mente y el corazón de sus admiradores, una vez más, su huella indisoluble.
Saltos en la historia
En los tiempos en que para las familias tener un hijo seminarista o una hija monja era todo un orgullo, Luis Enrique Figueroa Rey fue expulsado del seminario de Pamplona. Las causas de la expulsión, según Alfonso Gómez Gómez, fueron: por ser torpe, por tener bajo rendimiento, por ser frondio y lascivo, por picarle el ojo a una doméstica en la catedral y por quitarse la sotana cuando quería jugar fútbol.
Bastó que el exministro y diplomático santandereano recordara la época en la que Luis Enrique se llamó Constantino y que estuvo en un circo –cautivado por el corpiño de lentejuelas rojas de Yolandita, trapecista y contorsionista del espectáculo– para comenzar la maratón de carcajadas.
“El Tuerto viajó hasta Mogotes y cuando la autoridad de la época vio que era el hijo del señor Enrique Figueroa y de Rosalía Rey de Figueroa, lo devolvieron para Piedecuesta con la cara larga”, recordó uno de los asistentes.
Gómez Gómez terminó de contar otra parte de esta historia. “En una de las funciones tenía que hacer una maroma peligrosa y no lo hizo; salió corriendo hacia los camerinos. La gente lo aplaudió, porque pensaba que eso era parte de la presentación”.
Los relatos se entrelazaban. Por un momento, uno de los espectadores acotó a su compañera que la sala tenía la apariencia de un tradicional velorio de los pueblos apartados de la Costa Atlántica, a los que acuden los allegados del finado a revelar, por medio del humor, todas las intimidades del que yace en un ataúd y espera sepultura.
Llegó así la hora de darle paso a la época en que Figueroa Rey, de la mano del también exalcalde de Bucaramanga, se metió en toda clase de situaciones. La aprobación de la cremación de cadáveres fue una de ellas.
“El Arzobispo Héctor Rueda Hernández nos dijo que no había problema alguno, pero el comunista Juan Campos se opuso y demandó ante el Tribunal Contencioso el acuerdo. Yo apelé y mientras se resolvía el asunto, se abrió un registro en la Alcaldía para que fuera firmado por los que estaban a favor. Cuando le llegó la hora a Luis Enrique de firmar, dijo: “No apruebo la cremación porque cuando muera, ¿qué tal me dejen ‘sorocho’ (a medio azar)?”.
La anécdota, tal vez la más aplaudida y celebrada por los asistentes, fue la relacionada con la visita a Bucaramanga del embajador de Francia y su esposa, y su recorrido por la casa Luis Perú de la Croix.
Figueroa Rey los acompañó y después de contar que Simón Bolívar entregó el inmueble a de la Croix, su edecán, éste tuvo que resolver lo que llamaba un ‘entuerto’. “Resulta que una mujer llamada Lilia Álvarez”, narra Gómez Gómez, “dijo que ahí en la casa había estudiado una tal Sofía Archila. Luis Enrique molesto por el comentario inoportuno, siguió con su relato, pero el embajador le insistió a Figueroa, “¿quién fue esa mujer?”. Entonces él, para no dañar su historia sobre Bolívar, le respondió: “Esa fue una de las amantes del Libertador”.
Más para recordar
El relato de Alfonso Gómez Gómez se mezcló con el de Eduardo Durán Gómez, otro de los amigos de Figueroa, quien hizo énfasis en la relación del santandereano con los pontífices y prelados. A partir de ese momento, sin querer, los narradores le subieron el tono al encuentro.
“Todo comenzó cuando llegó la noticia de que el Papa Juan Pablo II había nombrado a monseñor Mario Rebollo Bravo como cardenal para Colombia”, recuerda Durán Gómez. “Nos encontrábamos en ese momento atendiendo la visita del general Farouk Yanine Díaz, quien dijo ser muy amigo de Rebollo, y lo describió como una persona muy brava. “A Rebollo le tiemblan los curas, los empleados, los feligreses y todo el mundo”, acotó el militar. Entonces Luis Enrique lo miró y le dijo: “Entonces no es Rebollo sino “remierda”.
Al ver que Durán Gómez no podía seguir con el relato por la risa que le causó contarlo, Gómez Gómez intervino y recordó la visita que hizo en compañía de Luis Enrique al Hospital del Socorro.
“Él no quiso acompañarme a hacer el recorrido y se quedó sentado en las gradas del Hospital. Cuando salí y le dije que nos fuéramos, me dijo: “Ole, muy generosa la gente aquí. Pasó una señora y me dijo: “¿cómo, lo dejaron salir del hospital así de hinchado?” Yo le respondí: “Es que voy para Contratación, tranquila”, recordó Gómez Gómez.
“Y otras más, antes de que se me olviden”, acotó Gómez Gómez. “Un día que salíamos de la Gobernación, pasó una señora que vendía manzanas y nos las ofreció. “¿A cuánto las manzanas?”, le preguntó Luis Enrique. Ella respondió: “A tanto señor”. A él le pareció alto el precio y le refutó: “¡Así de caras! Ni en el paraíso… Y eso que allá la llaman ‘cucas’”.
Una vez más el auditorio estalló en risas y aplausos. Su hijo, Jorge Figueroa Clausen, quien asegura haberse separado de su padre porque éste solía pegarle con su bastón a sus compañeros del Colegio San Pedro y a todo aquel que le gritara “Tuerto”, dio paso para cerrar la noche.
El ‘Google’ de aquella época
“No había semana en que no me ‘cascaran’ en el colegio o que alguien me diera en la mula, porque a mi papá le gritaban “Tuerto” desde una ventana. Él se entraba a ‘cascarles’ con un bastón”, asegura Jorge Figueroa Clausen, hijo menor de Figueroa Rey, durante la tertulia.
“Me fui a estudiar al Colegio Panamericano y decidí cambiar de identidad. Me preguntaban: “¿Usted es Figueroa el del ‘Tuerto’?” Y yo siempre lo negaba. Decía: “Yo soy de otros Figueroa”, recuerda.
Jorge Figueroa agrega que tras la muerte de su papá se encontró con muchos documentos y carnés viejos, que su progenitor conservaba en una chuspa de plástico.
“Encontré una carta donde se narraba un accidente laboral en Vanguardia Liberal, a los 64 años, el 13 de mayor de 1986, y decía: “Traía los escritos y columnas para ser publicados en el periódico”, narró Plinio Silva, testigo del accidente. “Cuando se disponía a salir, tropezó en la gradas y cayó de forma aparatosa”, añadió Silva. El funcionario del Seguro Social cuestionó otra vez al testigo: “¿Qué medidas preventivas habían tomado en la empresa para evitar este tipo de accidentes?”. Éste respondió: “Ninguna. Nunca se habían presentado en el periódico esta clase de accidentes”.
El público no dejaba de reír, hasta que Jorge Figueroa añadió: “Mi papá fue el antecesor del Google, estoy seguro. No había persona que no lo llamara todos los días a preguntarle por alguna tarea. Desde las 4:00 de la tarde empezaba a atender los llamados. Fue entonces cuando le compramos una línea telefónica propia”.
Tras leer otras cartas escritas por su padre, dirigidas a Alejandro Galvis Galvis –en las que expresaba que le sobraban glóbulos liberales y afectos para Vanguardia Liberal –, y otras a Gilda Azuero Paillié, secretaria de Planeación Departamental para 1989 –en las que detallaba las funciones como encargado de protocolo de la Gobernación, que el describió como un “cargo modesto y sencillo”, que nació de las “preocupaciones de quien se hizo viejo tratando de amar, colaborar y servir a las funciones del Gobierno–, su descendiente añadió en medio de risas y aplausos, que se sentía orgullos de haber heredado el humor de Figueroa Rey y no su ropa.
“Debo reconocer que abandoné a mi padre y que emigré al exterior por muchos años, pero lo hice por defender mi integridad…”
¿QUIÉN FUE LUIS ENRIQUE FIGUEROA REY?
Oriundo de Piedecuesta, Figueroa Rey nació el 5 de octubre de 1922. Se graduó como abogado de la Universidad Externado de Colombia, pero nunca ejerció el litigo. Se dedicó al oficio de la escritura, de las relaciones públicas en las entidades gubernamentales de la región y el comercio.
Algunos lo recuerdan como el “reportero estrella”, pues siempre era el primero que llegaba al lugar de un accidente y se quedaba con la ‘chiva’, para luego multiplicarla durante sus encuentros con todo tipo de personalidades.
El 31 de octubre de 1995 murió víctima de la diabetes, a los 73 años. Su cuerpo fue velado en el salón Augusto Espinosa Valderrama de la Gobernación de Santander.
* 8 mil columnas escribió Luis Enrique Figueroa Rey para Vanguardia Liberal.












