¿Por qué tomamos decisiones en automático? Alida M. Acosta Ortíz, experta en psicología y comportamiento humano, explora cómo la curiosidad, las emociones y la cultura influyen en nuestros hábitos y liderazgo.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
A Alida M. Acosta Ortíz le gusta llamar “retos bonitos” a cada giro que ha dado en su vida. No importa cuántas veces se reinvente, su brújula apunta siempre al mismo lugar: entender cómo decidimos. Más que cambiar de carrera o de enfoque, ha ido avanzando, dando vueltas, acercándose desde distintos ángulos a la misma pregunta: ¿cómo nos comportamos los seres humanos?
“Me interesa entender cómo tomamos decisiones los seres humanos, especialmente cuando estamos en grupo, cómo nos movemos en esas dinámicas. Básicamente, todo gira en torno a cómo decidimos. Por eso, este reto ha sido maravilloso: me ha llevado a varios comienzos y también a cerrar ciclos. He empezado de nuevo muchas veces y, en ocasiones, renunciar a cosas que sentía debía continuar, pero también hay que saber ponerles un final”.
Por Una de sus reinvenciones, se dio veinte años, cuando Alida salió del país convencida de que iba tras el inglés y el francés. Ese era el plan, o al menos eso creía. Con el tiempo, ese plan se transformó en “una curiosidad por cómo construimos unidad en medio de la interculturalidad, ¿no? En el fondo, lo que me llevó a viajar fue la curiosidad”, confiesa.
Con el tiempo, Alida entendió que el idioma había sido más un canal que un destino; casi una excusa para explorar algo mucho más grande: la curiosidad por ella misma y por el mundo. Eligió Inglaterra no solo por el idioma, sino por el magnetismo que le provocaban las ONGs, ese universo de organizaciones que siguen siendo clave en la organización socioeconómica del Reino Unido. “Es curioso: el nivel de formalización y organización institucional permite abiertamente la participación de todos, y eso no compite necesariamente con la clara organización jerárquica” dice. Esta curiosidad seguía alimentando su gran interés por el comportamiento humano.

“Siempre he tenido un interés general en los seres humanos: cómo nos comportamos, cómo respondemos a las normas sociales, cómo habitamos las instituciones. Eso fue el inicio”, confiesa.
Vivir afuera fue, y sigue siendo, una experiencia transformadora para Alida, tanto que siente esa vida extranjera alojada en el alma, como un aprendizaje que se quedó en su ADN. Al principio, estuvo desconectada del idioma español, pero nunca de su cultura. Con el tiempo, especialmente desde 2010, su vínculo con Colombia y el Reino Unido se hizo más fuerte: buscó tender puentes, convencida de que la ciencia puede ser ese canal para que las sociedades conversen y se entiendan. “La ciencia es un puente entre instituciones y formas de organización distintas. Nos permite conversar desde diferentes perspectivas”, dice.
Así, fue canalizando ese interés y organizando junto con otros colegas encuentros interdisciplinarios, con Colciencias, con la embajada. Siempre hubo un ingrediente fundamental en esos espacios: el arte. “Para mí el arte es una forma de interpretar el mundo, de darle sentido al entorno y por lo tanto fundamental en la actividad científica”, explica. Por eso, en cada encuentro, el arte siempre fue parte esencial de la agenda.
Su regreso a Colombia no fue una decisión, sino una consecuencia inesperada y bienvenida de la pandemia. Alida había venido solo por una investigación, pero terminó quedándose. Desde entonces, los pequeños gestos cotidianos empezaron a revelar con más fuerza esos “automáticos” humanos que tanto le interesan.
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Son esas pequeñas cosas, que allá y aquí pasan desapercibidas, las que para ella guardan la clave de su investigación: los hábitos automáticos que nos mueven sin que los pensemos. “Eso es lo que me interesa: cuáles son esos hábitos que nos ponen a funcionar en automático”, dice, mientras sonríe ante el reto cotidiano de reaprender su propio país.

El liderazgo como disposición y sensibilidad
Alida dice que lo valioso ha sido lo vivido. “He hecho muchos cursos en la vida, incluso de liderazgo, pero hay algo bellísimo en Lideremos: la camaradería que se siente en el grupo, las dinámicas que se generan en las clases. El programa tiene un estilo y una personalidad muy particular que permite la apertura para dar y recibir”.
Reconoce que su paso por Inglaterra consolidó una visión independiente frente a la vida. Allá, explica, es fácil defender un punto de vista propio porque, aunque las ideas se discuten, la persona no se pone en tela de juicio: “eso es un elemento valiosísimo para una vida de liderazgo”.
También resalta otro aprendizaje fundamental de su vida intercultural: la sensibilidad ante la vulnerabilidad humana. “Y en esa vulnerabilidad también estoy yo”, reconoce. Cree que esa sensibilidad es clave en cualquier rol de liderazgo, porque permite mirar al otro con humildad y transparencia, dejarlo ser y no comprometerlo desde una relación de poder.

Hay una pregunta que atraviesa toda la vida de Alida, desde la lingüística y la semiótica hasta su doctorado en psicología: ¿qué lugar ocupan las emociones cuando decidimos? Llegó al doctorado motivada por una inquietud académica y vital: la discusión sobre las emociones como elementos disruptivos de la toma de decisiones. “A mí eso me parecía terriblemente ilógico”, admite.
En ese momento, venía de estudiar semiótica y lingüística, y sentía que el debate social iba por un lado mientras su intuición decía otra cosa. Quiso contrastar todo eso en la práctica y encontró el escenario perfecto trabajando con población autista en el Reino Unido. Allí realizó sus primeros experimentos y descubrió que, lejos de ser algo accesorio, las emociones son esenciales en el proceso de decidir.
“Más que excluir las emociones, las incluyamos en la toma de decisiones”, afirma. La curiosidad, dice, era entender cómo algo tan importante y natural podía quedar fuera de lo que llamamos racionalidad.
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Para Alida, el doctorado fue y sigue siendo, una fuente de sorpresa. “La belleza de investigar está en que requiere de un juego entre poner límites y darle cuerda a la curiosidad, el resultado es un asombro que te mantiene activo. Desarrollar el espíritu científico debería ser parte de cualquier modelo de educación, para tener una relación más profunda con la vida y con lo que nos conecta a ella”.
Al final, Alida parece vivir con un pie en el laboratorio y otro en la calle, midiendo hábitos, observando cómo la emoción no estorba, sino que orienta.

















