Este domingo 5 de octubre, el Barrio La Joya (Bucaramanga) celebra el VIII Festival Encuentro de la Chicha y la Hoja: caminata ecológica, juegos tradicionales, cocina ancestral, teatro con chocolatada y rifa de bicicleta desde las 8:00 a. m.

Publicado por: Redacción Cultural
A las ocho en punto, el atrio de la parroquia en La Joya empieza a llenarse de voces y de manos que traen fotos viejas, canastas con hojas de plátano y bijao, trompos heredados y un termito con chicha de maíz. Así arranca, a ras de barrio, el VIII Festival de Expresiones Rurales y Urbanas – Encuentro de la Chicha y la Hoja: una jornada hecha de memoria y oficio, de montaña y vereda, de juegos y teatro, pensada para familias y jóvenes. A media mañana, como estímulo para llegar en combo, habrá rifa de una bicicleta para quienes asistan con acudiente.
El primer acto es íntimo y comunitario. Vecinas y vecinos comparten objetos y relatos que cuentan la vida del barrio: una foto en blanco y negro donde asoma la escarpa occidental, un bordado con flores de guayacán, una caneca de barro con la que se guardaba el guarapo. La memoria aquí no se archiva: se conversa y se reconoce, para tejer identidad y pertenencia.
Desde las 9:00 a. m., arranca la caminata ecológica hacia la escarpa occidental. No es un trekking deportivo, es una lectura del paisaje: observar nacederos, hablar de su cuidado, identificar riesgos y posibilidades. La recomendación es sencilla y sensata: calzado cómodo, agua y sombrero. Subir y bajar con ojos abiertos es una manera de defender el territorio.

En paralelo, el fogón llama. Un ensayo culinario convoca a jóvenes y adultos a preparar envueltos en hoja de plátano o de bijao. Entre consejos y risas, se afinan manos para tamales y ayacos. La técnica no viene en un manual: se aprende mirando, oliendo, tocando, amarrando. Y al final, se comparte.
La tradición también se bebe. A la clásica chicha de maíz se suman versiones de corozo, apio, cebada y chachafruto. Cada vaso es una historia de migraciones internas, de patios con frutales, de abuelas que cuidaron la fermentación como quien cuida un secreto. Degustar es, aquí, un acto de memoria.
Para niñas, niños y jóvenes, la propuesta es sencilla: dejar el celular un rato y jugar en grupo. Habrá bolirana, trompo, golosa y canicas, además de un taller de dibujo de flora y fauna. Volver a los clásicos no es nostalgia: es recuperar reglas comunes, paciencia, risa compartida.
El componente ambiental se hace obra. Con dibujos, bordados, piedras, telas e ideas escritas, la comunidad “pinta” un río que nace en los páramos, cruza el bosque andino, atraviesa la ciudad y desemboca en el Magdalena. La pieza colectiva habla de transición ecosocial y derechos de la naturaleza, pero lo hace en el idioma cercano de las manos.

A las 3:30 p. m., el telón simbólico sube con “Los Deseos de Lisístrata”. La sátira cuestiona la guerra y el liderazgo irresponsable, y pone en el centro la acción colectiva de las mujeres y la solidaridad como fuerza transformadora. La función viene con chocolatada: un gesto cálido para cerrar el día con conversación y azúcar.
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El festival no es un evento suelto: es la expresión de una trama de
colectivos y procesos: Las Chicas Madrugadoras, La Joya Somos Todos, Corphus, Huellas de Santander, Ecoemprender, FSSS, Colectivo de Reservas Campesinas de Santander, Teatro Tierra y Fundaexpresión, entre otros, que han encontrado en la cocina, el juego, el caminar y el arte una forma de hacer convivencia y cuidado del territorio.













