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Viernes 14 de agosto de 2026 - 04:52 PM

Despedida a un amigo: a propósito de la partida de Juan José Ortiz Sepúlveda

Compañero de aulas, ingeniero comprometido con Santander, dirigente gremial y aliado de la cultura y de la UIS, Juan José dejó una huella de rectitud, lealtad y amor por su familia. Este es el homenaje de quien compartió con él una amistad que, con los años, se convirtió en hermandad.

Despedida a un amigo: a propósito de la partida de Juan José Ortiz Sepúlveda. Foto suministrada/VANGUARDIA
Despedida a un amigo: a propósito de la partida de Juan José Ortiz Sepúlveda. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Álvaro Beltrán Pinzón

Conocí a Juan José el mismo día en que ingresamos a la Universidad Industrial de Santander. Desde entonces se fue construyendo entre nosotros una amistad muy especial, sustentada en algo que ―con los años― aprendemos a valorar cada vez más: la certeza de saber que podíamos contar el uno con el otro.

Él había ingresado a Ingeniería Mecánica y yo a Ingeniería Industrial, pero al terminar el ciclo básico coincidimos al integrar la primera cohorte de estudiantes de la naciente Ingeniería Civil. Allí comenzó también nuestro amor por una profesión de la que siempre nos sentimos profundamente orgullosos.

Cómo no recordar a aquellos profesores que fueron mucho más que maestros. Eduardo Moreno Blanco, Luis Enrique Aramburo Bolaños, Alfredo Carrizosa Gómez, Jaime Niño Infante, Pedro García Arenas, Álvaro Rueda Gómez, Jaime García Schotborgh, Arturo León García y tantos otros que nos entregaron con generosidad sus conocimientos y la impronta de ejercer la ingeniería con rectitud. Condición esta que la práctica profesional y también la naturaleza se encargan de recordárnosla con frecuencia.

Muy pronto Juan José me abrió las puertas de su casa y pude conocer de cerca a su familia. Me emocionó profundamente la vivencia que había detrás de aquel hogar. Su padre, José Ortiz Larrota, había fallecido prematuramente cuando Juan José apenas tenía doce años. Él era el mayor de seis hermanos y Beatriz Eugenia, la menor, tenía apenas un año.

Nunca he olvidado la entereza con la que doña Elva sacó adelante a su familia y tampoco el papel que Juan José asumió, desde temprana edad, como cabeza de hogar. En él había ya un profundo sentido de compromiso con los suyos. Martha Elva, Álvaro, Rafael, Néstor y Beatriz Eugenia formaban con él una familia cálida que siempre me acogió con afecto. Con el tiempo conocí también a sus tíos Roberto, Gonzalo y Rubén, y pude comprender mejor aquel ambiente en el que la honestidad, el trabajo bien hecho y la responsabilidad ocupaban un lugar tan importante.

Durante nuestra vida estudiantil compartimos años de una deliciosa camaradería que hoy regresa a mi memoria llena de episodios entrañables. Fuimos también lanzas en el servicio militar, y son innumerables los recuerdos de aquellos días que vivimos en el Batallón Galán del Socorro.

Hubo, sin embargo, un momento de nuestra vida universitaria que me permitió conocer todavía mejor la dimensión humana de Juan José. Estábamos próximos a terminar la carrera y una huelga amenazaba con prolongar de manera indefinida nuestro grado. Su posición favorable a terminar la huelga no fue comprendida por todos. Yo mismo estaba en una orilla diferente. Pero en lugar de alejarnos, aquella circunstancia terminó por estrechar nuestra amistad, porque pude comprender la razón profunda que orientaba su conducta. Detrás de aquella firmeza estaba el hermano mayor que había aprendido muy temprano a asumir sus deberes.

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Después hicimos juntos nuestro proyecto de grado: un trazado alterno para la vía Puente Nacional–Barbosa que permitiera superar las dificultades geológicas de la zona. De la mano del ingeniero Luis Aurelio Díaz Orejarena, jefe del Distrito 15 de Carreteras, trabajamos durante varios meses y aquella experiencia volvió a acercarnos aún más.

También comenzamos juntos nuestra vida profesional en ETA Limitada, gracias a la acogida de Alfredo Carrizosa Gómez. Juan José trabajaba como ingeniero de diseño y yo como interventor. En ese equipo estaba también Elenita, cuyos delicados trazos iban dando vida sobre el papel a las obras que nosotros apenas empezábamos a imaginar. Éramos jóvenes, estábamos comenzando y cada proyecto nos parecía una posibilidad maravillosa e increíble de hacer realidad aquello para lo cual nos habíamos preparado.

Con el tiempo formamos nuestras propias compañías y seguimos encontrándonos en la vida profesional y social. Nuestra relación estuvo siempre marcada por el respeto. Podíamos tener criterios distintos y temperamentos fuertes, como me lo recordaba anoche la misma Elenita, pero sabíamos escucharnos y reconocernos desde una convicción compartida sobre la manera correcta de ejercer nuestra profesión y confiábamos en nuestra mutua lealtad.

Juan José tuvo una destacada participación gremial. Fue presidente regional de la Cámara Colombiana de la Construcción y socio vitalicio de la Sociedad Santandereana de Ingenieros, entidades gremiales desde las cuales desarrolló importantes labores en beneficio de la profesión que tanto amaba. También presidió la Junta Directiva del Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, instancia desde la cual dio aliento a las manifestaciones artísticas de nuestro departamento, así como también del Club del Comercio, en donde tuvo una importante presencia social.

Durante varios años, tal vez una docena, representó al sector productivo de Santander en el Consejo Superior de la UIS, nuestra querida casa de estudios, donde la vida quiso que volviéramos a reencontrarnos. Desde el Consejo Superior, junto con Álvaro Zarama, compartimos momentos complejos para la Universidad. Juan José fue allí el hombre que yo conocía desde siempre: respetuoso en el diálogo, serio cuando debía fijar una posición y profundamente comprometido con la institución. Muchas de las dificultades que la Universidad tuvo que sortear durante varios años pudieron enfrentarse gracias a ese espíritu propositivo que él sabía imprimir a las relaciones humanas, así como a su participación conjunta en la construcción de respuestas adecuadas.

Recuerdo con especial gratitud cuando, durante mi paso por la Rectoría, decidimos materializar la obra que el maestro Eduardo Ramírez Villamizar había donado a la UIS con motivo de los 45 años de vida institucional. La concepción de los griegos, según la cual la geometría es la puerta de ingreso a la sabiduría, encontró, entonces, una expresión tangible en la plazoleta de ingreso a la Ciudad Universitaria.

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Juan José ofreció todo su concurso y acompañó con entusiasmo el proceso de construcción de aquella escultura monumental. Sus conocimientos, pero sobre todo su sensibilidad por el arte, fueron de gran ayuda para hacer realidad una obra que hoy forma parte del paisaje y de la memoria de nuestra Universidad. En ese empeño volvieron a encontrarse dos dimensiones que estuvieron muy presentes en su vida: su formación como ingeniero y su genuino aprecio por las expresiones artísticas. Comprendía el valor de incorporar el arte al espacio público y de hacer de la ciudad un lugar en el que sus habitantes pudieran encontrarse también con la belleza.

Despedida a un amigo: a propósito de la partida de Juan José Ortiz Sepúlveda. Foto suministrada/VANGUARDIA
Despedida a un amigo: a propósito de la partida de Juan José Ortiz Sepúlveda. Foto suministrada/VANGUARDIA

Fue también un entusiasta amigo del Festival Internacional de Piano, y acompañó con especial afecto sus actividades.

Pero si algo ocupó un lugar esencial en su vida fue su familia.

Con Elenita formó una pareja hermosa. En ellos había afinidades que se reconocían con naturalidad. Las artes plásticas, la música y la literatura hicieron parte de ese universo compartido, y quienes tuvimos el privilegio de estar cerca pudimos apreciar un amor sereno, construido con admiración mutua.

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Juan Manuel recibió de sus padres una herencia mucho más valiosa que cualquier bien material. En él reconozco, además de su don de gentes, muchos de los rasgos de Juan José: su amor por la profesión, su compromiso ciudadano y, sobre todo, una manera decente de estar en el mundo.

Hoy quiero abrazar especialmente a Elenita y a Juan Manuel. También a Martha Elva, Álvaro, Rafael, Néstor y Beatriz Eugenia; a sus sobrinos, a sus cuñados, y a toda esa gran familia que Juan José quiso tanto. Sé que ninguna palabra alcanza para aliviar una ausencia como esta, pero quisiera que sintieran el afecto y la solidaridad de quienes también tuvimos la fortuna de quererlo.

A sus socios, a quienes trabajaron a su lado, a sus colegas y a los amigos que hizo a lo largo de la vida, nos queda el recuerdo de un hombre franco, de principios firmes, que supo cultivar sus relaciones desde el respeto y la caballerosidad.

Y a mí me queda, sobre todo, la memoria del amigo cómplice.

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Del joven con quien entré a la UIS, del compañero de aulas y de servicio militar; del ingeniero con quien compartí proyectos y preocupaciones; del amigo con quien pude reencontrarme, muchos años después, para trabajar nuevamente por nuestra Universidad, conforme al sueño que nos invadía por devolverle al alma mater algo de lo mucho que nos aportó a nuestras vidas.

Como le expresé a Elenita cuando me transmitió la noticia de su partida, Juan José fue para mí mucho más que un amigo. ¡Fue un hermano!

Y así lo voy a recordar. Con gratitud por tantos años compartidos y con el afecto intacto de siempre…

Con el legado de honestidad, de amor por la familia, de querencia por su profesión y de respeto por el otro ―que Juan Manuel no duda en señalar como los más caros valores que hoy hereda―, le decimos: adiós, ¡amigo querido!

Publicado por: Álvaro Beltrán Pinzón

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