En el Aeropuerto Internacional Palonegro, las familias de Bucaramanga reviven una tradición emocionante. Reunirse para admirar el despegue y aterrizaje de aviones.

Con el sol desplegando sus rayos y los niños corriendo emocionados por los verdes pastos, los adultos se asoman junto al mirador y entre risas y expectativa, alistan sus teléfonos, para capturar el estruendoso despegue del primer avión de la tarde, ese instante que convierte el ruido en asombro y el paisaje en una postal.
Hace unas décadas, se hizo popular un plan familiar muy particular en Bucaramanga y el área metropolitana, ir al mirador del Aeropuerto Internacional Palonegro, que se convirtió en un espacio donde grandes y pequeños iban a contemplar el espectáculo fascinante de los aviones despegando y aterrizando. Hoy, esa tradición parece haber resurgido con un aire renovado, con familias que buscan revivir el encanto de esos tiempos, llenando de risas y alegría los alrededores de este icónico aeropuerto.
Asimismo Elsa Rodríguez, revive con una cálida sonrisa, aquellos días en los que llevaba a sus hijos pequeños al mirador interno del aeropuerto. “Hace como 20 años venía con los niños, uno entraba al aeropuerto y miraba por una ventana grande; había un mirador y ahí vendían café y uno se sentaba a pasar el rato viendo los aviones”.
Y agrega que es muy valioso que se recuperen estos espacios, refiriéndose al conocido restaurante Mirazur, que de un tiempo para acá es muy concurrido, en especial por su vista abierta a la pista del aeropuerto, y sus espacios verdes en donde las familias se suelen sentar a almorzar, departir o celebrar fechas especiales, mientras disfrutan del plan de ver aterrizar y despegar las aeronaves. “Ahora después de tantos años, son mis hijos mayores los que me traen a almorzar y ver los aviones, es muy lindo poder disfrutar de esta vista y recordar viejos tiempos” dice la señora Elsa mientras ve aterrizar un avión y llama a su esposo para que grabe y disfrute del espectáculo con ella.
Hoy, las familias han adoptado esta tradición a los tiempos modernos. En medio de las mesas y los picnics que se ven en el restaurante, los niños corren emocionados, mientras los padres registran en sus teléfonos el ruidoso y emocionante momento en que un avión se eleva al cielo. Este plan, que en el pasado se vivía como un evento especial de muy pocos, sigue despertando emociones, como lo relata Nanci Nosa, quien decidió celebrar el cumpleaños de su mamá en este lugar, no sólo por la vista, los aviones y la brisa, sino porque como ella lo menciona, la naturaleza les hace desconectarse de la contaminación y el estrés de a diario.
“Vinimos con mis hermanos y sobrinas, queríamos pasar un rato agradable, viendo los aviones y rodeados de naturaleza. Este plan nos recarga de energía positiva”, asegura Nanci, con una bonita emoción en sus ojos y agrega: “Es muy bonito, sobre todo porque para muchas familias, que quizás nunca han tenido la oportunidad de estar cerca de un avión, poder verlo desde aquí es algo emocionante, especialmente para los niños. Es una experiencia inolvidable”.

Un legado que trasciende en las generaciones
Armando Martínez habló de la solemnidad especial con la que disfrutaban de este plan las familias hace unos 30 años.
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La tradición de ir a ver aviones no es nueva para los habitantes de Bucaramanga. En la época del aeropuerto Gómez Niño, ubicado en la Ciudadela Real de Minas, este plan no solo consistía en contemplar los despegues, sino también en admirar la elegancia de quienes se disponían a viajar.
“Antes, la gente se vestía muy elegante para viajar en avión. Las mujeres llevaban su neceser y vestidos de ocasión, muy lindas, y los hombres lucían traje con saco y corbata”, todo porque las familias más adineradas de la ciudad eran los pocos que podían disfrutar de los viajes en avión.
Así que los demás partían cada domingo después de almuerzo, a avistar los aviones, las familias elegantes y hasta a tomarse fotos con los pilotos alemanes que dirigen las aeronaves. Mientras disfrutaban de un tinto que se ofrecía la mayoría de las veces gratuitamente en el lugar.
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El vuelo de una vista renovada
Hoy, los alrededores del aeropuerto Palonegro se presentan como un espacio perfecto para revivir estos recuerdos, con cielos azules que se adornan con las nubes y una linda vista de la ciudad. Las familias que llegan al restaurante Mirazur y a lo largo de su trocha, no solo encuentran una conexión con sus raíces, sino también una oportunidad para crear nuevos recuerdos que perdurarán en las futuras generaciones.
Y con la caída del atardecer, también se logra ver en la carretera, el paso lento de los carros y motos que siguen vigilantes a que pase sobre ellos el ave de acero que despedirá el día.

















