En nuestra sección sobre las situaciones positivas que se viven en la ciudad, evocamos la historia del responsable de sembrar muchos árboles en el área metropolitana de Bucaramanga. Veamos:

Hace muchos años, un niño de ocho años llegó a la urbanización Conucos, en Bucaramanga, y descubrió un mundo que cambiaría su entorno y su vida. Rodeado de algunas zonas verdes, el entonces pequeño Claudio Rafael Gómez Ortiz conoció a Elías, un jardinero quien, a pesar de sus años y tristezas, llevaba en su carretilla flores llenas de esperanza. Fue entonces cuando nació en él una pasión por la naturaleza. Junto a sus amigos, comenzó a sembrar árboles en los alrededores, transformando lo que antes era cemento en tonalidades verdes.
A medida que Claudio Rafael crecía, también lo hacían sus sueños. Las calles y avenidas de Bucaramanga empezaron a llenarse de árboles. Como asesor jurídico en la Gobernación, logró articular esfuerzos entre diferentes despachos y utilizó los recursos de un vivero para continuar su misión de arborización.

Durante casi dos décadas, cada amanecer lo encontraba sembrando árboles en separadores viales, parques y barrios como Sotomayor, Ciudadela y Cabecera, entre otros.
Uno de sus mayores logros fue la arborización del separador central de la autopista entre Bucaramanga y Piedecuesta. Convocó a colegios de la región para involucrar a los jóvenes en ese proyecto ecológico.
En Floridablanca, transformó un terreno árido y desolado frente a la clínica Carlos Ardila Lülle en el vibrante Parque de la Vida”, que hoy es uno de los ‘pulmones verdes’ más importantes de la zona.
Su impacto se extendió también a proyectos residenciales. En colaboración con arquitectos y urbanizadores, promovió la siembra de árboles, que ahora brindan sombra y frescura a muchas comunidades. Incluso en su jubilación, Claudio Rafael sigue trabajando junto a la Universidad Industrial de Santander y otros aliados para plantar árboles en avenidas y parques, dejando un legado ecológico imborrable.
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Entre las muchas historias que marcan su relación con la naturaleza, él mismo recuerda con especial cariño la del árbol centenario, frente a la iglesia San Laureano. Este árbol, de la especie coconuma, había sido un refugio para vendedores y transeúntes hasta que colapsó inesperadamente, causando la muerte de una mujer. Sin embargo, Claudio Rafael había recogido semillas de este árbol años atrás y logró que uno de sus retoños fuera plantado en un lugar especial.
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El nuevo árbol, llamado ‘Bienvenido’, fue trasplantado en el lugar exacto donde su progenitor había caído. En una ceremonia solemne, autoridades y ciudadanos marcharon juntos, acompañados por una banda de música, para rendir homenaje a este renacer. Él expresó emotivas palabras al cerrar el acto: “Bienvenido a casa, Bienvenido”.
Hay otro sueño que mantiene vivo a Claudio Rafael: crear un centro de fauna y flora donde los estudiantes protejan a las mascotas y a las zonas verdes. Su historia es la de un auténtico guardián de los árboles, cuyo legado inspira a muchos de nosotros.












